El pozo

Alfonso llegó al plató como cada mañana, pero no había nadie. Retrocedió hacia el pasillo por el que había venido y también estaba vacío. Decidió volver a su camerino, no pensaba quedarse como un presentador novato en la mitad del plató esperando a que su niñera fuera a buscarle. Cuando estaba a punto de trapasar la puerta de su camerino escuchó unos leves quejidos que provenían del pasillo que había a su derecha.

Sin poder evitarlo, se dirigió hacia el oscuro pasillo, fue avanzando entre las puertas de los camerinos de las estrellas invitadas al programa del día, hasta que se detuvo delante de una de las puertas en la que los quejidos se oían con mayor intensidad. Abrió la puerta y se quedó fascinado y a la vez horrorizado por lo que había allí dentro.

En el centro de la habitación había un gran pozo del que provenían todos los quejidos, pensaba que eran quejidos animales, pero eran humanos. Al acercarse vio a tres mujeres y a dos hombres. Todos estaban cubiertos de sangre y ninguno parecía estar respirando. Alfonso se alejó unos metros del siniestro pozo invadido por el miedo y sin saber que hacer.

Un hombre, con las manos cubiertas de un par de guantes ensangrentados, salió de una especie de cuarto cuya puerta era una cortina. Alfonso se quedó totalmente bloqueado, el hombre le vio y colocó en su rostro una sonrisa siniestra. Con un cuchillo oxidado en la mano, se acercó a Alfonso. Éste se suplicó y rogó para que le perdonara la vida, pero no sirvió de nada porque le clavó el cuchillo en el cuello.

El hombre empezó a reírse y, agarrándolo de la camisa, lo echó al pozo como si fuera el contenido de un cubo de basura. Entonces susurró con una gran carcajada: “un asesino menos en la calle”.

Hay alguien que quiere verte, Arturo

Llegué al hospital como cada mañana y no noté nada fuera de lugar, parecía que iba a ser una mañana tranquila, aunque no exenta de trabajo. Me dirigí al mostrador para saludar a la nueva recepcionista y me fui a la zona de descanso a esperar a que me asignan un paciente, lo que no tardaría demasiado, según mi experiencia. Allí me encontré a mi compañero Carlos que acababa de llegar, nos saludamos charlamos un rato y se dirigió a la puerta para marcharse a su consulta.

-Dile a Mónica que estoy aquí, si me busca. – le dije antes de verle desparecer por la puerta.

Carlos era fisioterapeuta como yo y ambos eramos los únicos que nos encargabamos del departamento de fisioterapia. Eran Mónica y Eva las doctoras que se encargaban de asignarnos los pacientes a los que teníamos que atender. Aproveché el momento de tranquilidad para desayunar cuando, al pasar unos quince minutos, entró una de mis compañeras enfermeras apresurada.

-¿Qué ocurre?

-Hay alguien que quiere verte, Arturo.

Salí de la sala y llegué en cuestión de segundos a la entrada del hospital. En una de las sillas de la sala de espera había una mujer sentada con la mirada clavada en el suelo, como si le diera miedo pensar siquiera en levantarla. Me fijé en que tenía un brazo escayolado y la típica tripa hinchada de embarazada. Empezaba a pensar que mi compañera se había equivocado hasta que vi la marca de una gran mancha oscura en su rostro y tuve claro quien era: mi hermana mayor. Me acerqué rápidamente hacia ella rebosante de emoción, al sentir mi presencia levantó el rostro con los ojos brillantes, se incorporó y me dio un abrazo lo más fuerte que pudo.

-¿Qué haces aquí? – dije con una sonrisa mezclada con ganas de echarme a llorar.

-He tenido un accidente, pero eso da igual. Sabía que estabas aquí y quería verte. Necesito tu ayuda.

-¿Qué te ha pasado? – pregunté con el ceño fruncido.

-No sé cómo decírtelo Arturo. Víctor lleva maltratándome varios meses, no sólo psicologicamente, sino también físicamente. Hoy me ha tirado por las escaleras y mira cómo he acabado – dijo señalando su brazo en cabestrillo. – Tienes que ayudarme, no puedo volver a casa.

Mi cabeza estaba a punto de estallar sólo de pensar en todo lo que me acababa de contar en apenas cinco minutos, pero mi hermana necesitaba que le echara una mano y no pensaba dejarla en la estacada después de todo lo que ella había hecho por mí a lo largo de mi vida. Cogí el teléfono, llamé a un taxi  y tras colgar, fui a la recepción para avisar de que me iba a casa por una emergencia.

Al llegar el taxi, no subimos y le di la dirección de mi casa. Una vez llegamos a ella, preparé la habitación de invitados y dejé que se echara un rato en la cama a descansar.

Al día siguiente, fuimos a la comisaría a presentar una denuncia contra el marido de mi hermana y yo pedí unos días en el hospital para poder estar con ella, me daba miedo dejarla sola y que ese lunático le hiciera algo de lo que me culparía seguro. Unos días después detuvieron a Víctor y ambos pudimos respirar tranquilos durante un tiempo.

¿Te lo esperabas?

Te voy a contar una breve historia en la que los personajes buenos no existen, pero los malos tampoco. No existe distinción entre el cielo y el infierno, todo el trabajo lo tendrás que hacer tú, querido lector, así que allá va.

Erase una vez un cura que un día al levantarse como de costumbre notó que no le apetecía preparar el sermón para la misa del domingo, tampoco quería escuchar los pecados de los fieles que buscaban consuelo en el perdón del señor, decidió que lo que realmente quería era ganar dinero, mucho dinero, tanto que no le cupiera en los bolsillos. Con esto en mente, se vistió cogió todo el dinero que encontró en la iglesia de las donaciones y salió de la misma. Le llevó un poco de tiempo, pero con paciencia logró montar una empresa cuya actividad consistía en ayudar a personas que no disponían de medios para sobrevivir. Sin embargo, lo que en realidad hacía era convencer a los que acudían a él para que le dejaran el dinero que tenían y no volvían a ver al cura, quedándose a dos velas.

Un día llegó a su despacho una mujer con el cuerpo lleno de moratones, pidiéndole protección ya que su marido la buscaba. Como de costumbre le volvió a pedir dinero y le ofreció un hotel para pasar un tiempo del que era dueño. Al atardecer, justo antes de irse a casa, sonó el teléfono.

– ¿Diga?

– ¿Es el padre Rafael?

– Lo era. ¿Quién llama?

– Soy el marido de la mujer que ha ido esta mañana a su despacho. Quiero saber dónde está. – dijo el hombre con un tono imperativo y amenazador. Sin embargo, el cura no temía a nadie.

– Disculpe, pero su mujer ha venido a mi para pedirme ayuda, así que no pienso decirle dónde se encuentra. Aunque, podría hacer una excepción si llegáramos a un acuerdo.

– ¿Cuánto quiere?

– Treinta de los grandes – dijo haciéndosele la boca agua.

– En una hora los tendrá.

– A esa hora tendrá la dirección

Al día siguiente había una noticia que recorría todos los periódicos y las cadenas de televisión: una mujer había muerto de un disparo en la cabeza en la habitación de un hotel.