Una aburrida vida.

Me llamo Marcos y no sé qué soy. Estudié para ser enfermero, pero no me gustaba ni tenía vocación para ello. Desde hace algunos años, empecé a practicar la cocina, y cada día me encanta más, pero como no puedo ejercerla porque no tengo ninguna licenciatura.

Por eso, lo único que me queda es leer mis libros y cuidar de mis gemelos. Los gemelos han sido fruto de mi breve matrimonio que, tras la muerte de su madre en un accidente, han hecho de mi vida un dulce caos. 

Un día, caminando por la calle, veo en el suelo un anuncio pisoteado en el que se solicita un camarero para una cafetería. Tengo dos pequeños a los que mantener, así que no me lo pienso dos veces y entro en el local para entregar mi currículum. Al salir de él, no tengo trabajo, pero sí la esperanza de poder darles algo a mis hijos que llevarse a la boca.

Lo admito, no tengo una vida emocionante, sólo una vida normal y corriente carente de novedad. Pero toda vida merece ser contada, ¿no? Por muy aburrida que sea una historia debe ser escuchada, todos tenemos derecho a ser escuchados y todos tenemos derecho a vivir una vida aburrida carente de emoción.