Es lo que te mereces

Mientras camino sobre las rocas encojo mis pies por el frío del agua. El viento invernal ondea mi cabello, lo que no permite enfocar la vista en el paisaje. Me bajo de las rocas, para caminar por la tierra húmeda, sintiendo como el agua cristalina me alcanza las rodillas. De pronto, oigo a alguien que me llama, me giró rápidamente y veo a Damián, que se queda parado con la mirada fija en mi. Me dirijo a él, pero sin prisa, moviendo lentamente los pies, disfrutando de la sensación de sentir los pies helados mientras los muevo. Llego a la orilla, donde se encuentra Damián mirándome fijamente con los brazos cruzados. Me coloco en frente de él, nos miramos fijamente a los ojos y rápidamente nos pegamos para besarnos como si nos faltara el aire. Tiro a Damián al suelo y me coloco encima de él. Sigo besándole y cuando empieza a sonreír viene una ola y le ahogo en ella. Empieza a patalear, pero no le suelto hasta que no deja de moverse. Es entonces cuando me levanto y con una sonrisa de oreja a oreja me dirijo hasta la cabaña para quemarla. No me gusta dar explicaciones sobre mis acciones pero creo que en esta ocasión voy a disfrutar dándolas. Mi historia con Damián fue como cualquier película ñoña de amor, sin embargo terminó el día en el que no respetó mi decisión de no tener relaciones sexuales cuando tenía la menstruación, para ser más explícita, ME VIOLÓ, y fue en ese momento cuándo decidí vengarme.

Puede que no sea lo más ético, pero ha sido mi decisión porque no pensaba dejar que un hombre me mancillara y me humillara sin reaccionar.

Reencuentro

Me dirijo a la puerta cuando oigo el timbre. Al abrir veo a Raúl con cara de enfado:

– ¿Qué haces aquí? – le increpo cruzándome de brazos

Me da un empujón y entra en mi casa

– ¿Quién te crees que eres para dejarme en ridículo delante de mi empresa?

– Sal de mi casa

– No pienso irme – dice agarrándome de los brazos me coloca de espaldas a la pared y me arrincona con sus brazos a ambos lados de mi cabeza

– No te tengo miedo – susurro mirándole a los ojos.

– Deberías – dice roncamente. Atrapa mis labios entre los suyos, intento separarme pero me agarra de las muñecas para que no me mueva. Su boca devora la mía con pasión, casi sin dejarme respirar.

Me agarra del culo y enrosco mis piernas en sus caderas. Vamos hacia mi habitación, nos desnudamos sin dejar de besarnos y antes de llegar a la cama ya me está penetrando. Ya en el colchón deja de besarme para bombear con furia dentro de mí. Es como si su pene quisiera matarme. Me hace un poco de daño, pero placentero. Cuando lo hace más despacio, me pongo encima de él y empiezo a cabalgar suavemente hasta que me corro y lo saco de mí antes de que se corra él. Le doy la ropa y le empujo hasta echarle de mi casa.

 

 

La venganza del taxista

El taxista se levantó como cualquier otra mañana, fue al baño, se duchó, desayunó y le dio un beso a su gata antes de salir a toda prisa. El día fue transcurriendo con normalidad, muchos clientes a los que llevar, algunos más simpáticos y otros menos, pero no era algo a lo que no estaba acostumbrado. Justo cuando había terminado su jornada, un hombre le pidió llevarlo al hospital ya que su padre estaba allí muy grave. El taxista se compadeció y decidió llevarlo, pero a los pocos minutos de subirse al coche el hombre le colocó una pistola en la cabeza.

– ¡Para el coche y dame todo el dinero que tengas!

El taxista, paralizado y con la manos temblorosas, intentó darle el dinero, pero apenas atinaba de lo nervioso que estaba.

– ¡Rápido, o te juro que te mato! – le gritó el hombre muy furioso.

Cuando le dio el dinero le disparó en el hombro y se fue. Malherido, llamó a una ambulancia como pudo pero se desmayó instantes después.

Al despertar se encontró en una camilla del hospital. Allí había una enfermera que se dispuso a mirar tubos y los papeles que llevaba en la mano en lugar de responder a las preguntas que el taxista le hacía. La enfermera se fue y empezó a observar qué era lo que le había pasado. Podía mover el brazo izquierdo pero el derecho ni siquiera lo sentía, aunque el resto de su cuerpo parecía intacto. Momentos después, entró el médico en la habitación:

– ¿Cómo se encuentra, señor Martínez? – le preguntó el médico mirando unas hojas.

– Bien, excepto por el brazo derecho, no lo siento en absoluto.

– Nadie se lo ha dicho – dijo el médico con angustia en la mirada.

– ¿Decirme qué? – preguntó con el corazón a mil por hora y sin poder respirar

– Ha perdido por completo la movilidad del brazo, al dispararle ese hombre le dio en el tendón y se lo rompió no pudimos hacer nada para salvarlo, aunque podría haber sido peor.

 

Después de esto, el taxista no volvió a ser el mismo. Perdió su trabajo, ya que no podía conducir con un solo brazo, no le daban desempleo, ni ayuda por discapacidad. Empezó a tener depresión, el dinero que le quedaba ahorrado, tras haber pagado las facturas del hospital, lo gastó en emborracharse cada noche hasta que no le quedó nada. El banco le echó de su casa y se marchó con su gata a vivir en la calle, refugiado como podía bajo los cartones. Lo único que le quedaba era su dulce gata, hasta que una noche en la que hizo una gran ola de frío, la gata no pudo aguantar y murió.

Un día, estando bajo su nuevo cartón, oyó una voz que nunca había olvidado: la del hombre que le disparó. Estaba delante de él, trajeado y hablando por teléfono. Se levantó como pudo y lo siguió hasta una calle en la que apenas pasaba gente.

– ¡Oiga, se le ha caído algo!

Al darse la vuelta, el taxista sacó una piedra, se a lanzó a la cabeza. Lo arrastró hasta una esquina, le quitó el traje y se lo puso. Cogió todas sus cosas, su cartera, su móvil y se fue en dirección a su casa. Hizo todo lo posible por parecerse a él físicamente, miró su agenda y fue a sus reuniones. Allí destrozó todos sus contratos e hizo que quebrara su empresa. Él tampoco tenía nada ya. Le robó el dinero que tenía en su casa y su venganza ya estaba cumplida.