El hombre afortunado

Lisa se encontraba caminando con tal alegría entre la tarde nevada de aquel frío diciembre que parecía que fuera saltando. Al fin había encontrado trabajo después de tantas entrevistas y era su época favorita del año: Navidad. Adoraba recorrer las calles iluminadas por las luces de brillantes colores y el olor a castañas asadas que le hacía salivar.

De repente, su alegría se paralizó unos instantes. Sentado en un banco había un hombre sucio y harapiento que sostenía en la mano un plato con unas pocas monedas. Lisa no pudo evitar acercarse a él cuando la observó con una apenada mirada. El hombre pensaba que le daría algo de dinero, como hacía el resto de personas invadidas por la generosidad navideña. Sin embargo, Lisa le cogió de la mano y le pidió que la acompañara a su casa. Pensaba darle un techo y toda la comida que le apeteciera. El hombre la obedeció y se encaminaron juntos mientras le daba las gracias por su hospitalidad.

Pero, Lisa no quería que se las diera. Sabía lo que era pasar hambre y frío en la calle. En su día, a ella le hubiera gustado que alguien hubiera hecho lo mismo por ella.