Desconfianza

Se preguntó qué hacía aquella llave debajo de la mesa. Se levantó lentamente del suelo donde la había encontrado y se la guardó en el bolsillo. Se dirigió hacia la cocina y empezó a lavar los platos hasta que llegó su marido. Le saludó con un leve beso, pero apenas se miraron. Ella se dio cuenta de que él estaba muy inquieto, parecía que buscaba algo, pero ella hizo como si no se hubiera dado cuenta y siguió con sus tareas.

– Cariño, tengo que irme dentro de una hora a una reunión. No me esperes, llegaré tarde.

– De acuerdo

A los pocos minutos abrió la puerta  y se fue, esperó unos segundos y ella se fue tras él. Le siguió en taxi hasta un andrajoso edificio, entró tras él en el edificio a una distancia prudencial. Al llegar a una habitación vio cómo llamaba a alguien y le decía algo de que había perdido la llave pero que la encontraría pronto. Dio un par de toques en la puerta y un flacucho hombre trajeado le abrió la puerta mirándolo de arriba abajo y tras entrar cerró la puerta.

Se acercó y mirando de un lado a otro pegó su oído a la superficie. Empezó a oír trozos de la conversación pero apenas conseguía distinguir nada. Cogió la llave y abrió la puerta. Pegó un brinco al oír un grito, se colocó la mano sobre el pecho e intentó calmarse. Fue hasta el origen del grito y se encontró con una escena macabra: un hombre atado a una silla esta siendo torturado por tres hombres, uno de ellos su marido. Le hacían preguntas mientras le clavaban un cuchillo y todo el suelo se llenaba de sangre.

Comenzó a hiperventilar cuando vio que el hombre escupía sangre y su marido se reía a carcajadas. Como pudo, cogió su móvil y llamó a la policía. Nada más cortar la llamada se fue corriendo hacia el exterior hasta que sus músculos ya no lo soportaron, llamó a un taxi y se fue a su casa. Al llegar, se hizo una tila e hizo lo posible por calmarse. Continuó lo que había dejado de hacer cuando se fue a seguir a su marido, hasta que llamaron al teléfono.

– Dígame – contestó aún sabiendo quién era

– Tienes que sacarme de aquí

– Creo que se ha equivocado – dijo con voz baja

– Sabía que habías sido tú, zorra

– Tienes lo que te mereces, no sé que habrás hecho pero cuando cuente lo que me has hecho todos estos años tendrás que despedirte de la luz del sol – dijo con voz quebrada y colgó pegándole un golpe al teléfono.

Aunque no lo pareciera, se quedó mucho más tranquila

Liberación

Los rayos del sol alumbran los cristales de mi única ventana. Esta es redonda y sus bordes están hechos de metal, es la primera vez que veo el sol desde que me metieron en este antro. Apenas recuerdo la última vez que no tenía las muñecas y los tobillos atados. Estaba paseando a Canica, mi dulce gato de manchas marrones y blancas, cuando una mujer mayor se acercó a mi para preguntarme donde se encontraba una calle que ahora no recuerdo, entonces, al girarme para señalarle la calle, me puso un pañuelo en la boca y cuando me quedé dormida me arrastró hasta una furgoneta. Cuando me desperté estaba atada a una cama, pocos instantes más tarde se abrió la puerta de la habitación y entró una mujer que se parecía mucho a la anciana a la que había intentado ayudar. Tenía un cuchillo en la mano, estaba negro, parecía que no lo habían lavado nunca. Se acercó a mí, y clavando el cuchillo en mi muñeca, me rajó el brazo entero. Al hacerlo, vi como su rostro se cubría de satisfacción. Hizo lo mismo con el otro brazo y con mis piernas, después con hilo y aguja me cosió las heridas, y esto lo ha hecho todos los días. Llevo aquí cinco meses, el dolor ha sido cada vez más insoportable, mis lágrimas ya no alivian este dolor infernal. Sin embargo, han sido estos tenues rayos de sol lo que me han hecho ver que tengo que salir de aquí, si sigo metida en esta cárcel de tortura, moriré.

Se abre la puerta, me acurruco como siempre contra la pared, la mujer se acerca y cuando mira por la ventana un instante, me levanto rápidamente, le quito el cuchillo y se lo clavo en el corazón y, seguidamente, en el estómago. No dejo de vigilarla hasta que estoy segura de que está muerta. Corto las cuerdas de mis manos y mis pies, abro la puerta de la habitación, busco un teléfono y llamo a la policía. Cuando llegan me llevan al hospital, le explico todo cuanto mi mente puede recordar y es entonces cuando dejo que me venza el sueño.