Fue la lluvia

Entré en la primera tienda que encontré para resguardarme de la lluvia. Al salir del taller me esperaba una gran manta de lluvia, así que corrí lo más rápido que pude, pero me empapé de la cabeza hasta los pies, así que me metí en aquella tienda de discos.

Al levantar la vista lo primero que vi fueron las estanterías repletas de discos de bandas sonoras del cine español. Con los pies encharcados comencé a caminar entre las estanterías. Mis zapatos sonaban igual que los maullidos que un pequeño gato recién nacido. Noté que alguien me observaba a mis espaldas, así que me giré rápidamente y, al hacerlo, me di de bruces con un hombre que me sujetó las muñecas al chocarme contra él:

– Parece que fuera llueve – dijo con sorna en la mirada.

– Si, un poco

Al decir esto, ambos rompimos a reír exageradamente.

– Espero que no te ofendas, pero te ríes como las brujas – le dije pendiente de su reacción mientras me seguía rienda pero esta vez de él.

– Al menos yo no estoy hecho una sopa. Vas a coger una pulmonía

Tal vez fue la lluvia, o quizás el cansancio que me hizo delirar, pero empecé a quitarme toda la ropa hasta quedarme desnuda, y entonces coloqué uno de mis brazos en mi cadera y me quedé mirándolo fijamente. Se acercó a mi, puso su mano sobre mi hombro izquierdo, acariciándolo y se aproximó a mis labios. Cuando su boca rozó la mía, me aparté y fui corriendo entre las estanterías hasta despistarle. Me llamó para que volviera con él, me dirigí hacia donde estaba, le hice una seña para que se acercara a mi y cuando estaba a un metro de mi cuerpo, abrí la puerta que estaba a mi derecha y desaparecí. Resultó que la bruja era yo.