El reloj de arena

Miró el reloj de arena observando como el tiempo se le acababa. La arena caía hacia abajo sin detenerse, sin esperar a qué Diana le alcanzara el ritmo. Hace algunos años no le importaba que le tiempo se le escurriera entre los dedos, ni siquiera se paraba a pensar en la hora que era, y había que verla ahora, temerosa de cada segundo que pasaba sin aprovecharlo.

No pudo evitar recordar los momentos en los que la fama la sonreía. ¡Cómo se arrepentía de no haber disfrutado plenamente esos momentos! Era una lástima que todo hubiera pasado y ya nadie la recodara. Ese instante en el que salía al escenario y la gente la aplaudía incluso antes de que abriera la boca, las flores, los vitoreos y la gente que venía a buscarla al camerino para abrazarla.

Las lágrimas corrían por sus mejillas ante los recuerdos que ya no podría volver a revivir y la gente que ya se había ido de su lado, como pronto también se iría ella. Dirigió la vista hacia la estantería que tenía llena de fotografías de todos los premios que había ganado, los actos benéficos que había hecho y, sin embargo, si había alguna noticia sobre ella de ahora en adelante sería sobre su muerte, a la cual tendría que enfrentarse sola sin remedio alguno.

Cayó el último grano de arena. Llegó el momento de enfrentarse a su final. Tenía que ser valiente, después de todo no podía ser tan malo si nadie volvía para quejarse, pensó con negro humor. Era lo único que le quedaba en esos momentos, el humor negro y agrio. Se tomó la tila con arsénico y poco a poco empezó a sentir que su cuerpo se relajaba y su alma la abandonaba sin sentir ningún tipo de dolor.

Había dejado este mundo sola, pero lo había hecho con la conciencia muy tranquila.

Agua que cae

– Parece que va a llover

Giré la cabeza lentamente cual niña del exorcista sin poder creer que hubiera dicho esa frase. Había pasado todo el día arreglándome, me había gastado un dineral en un precioso vestido largo azul eléctrico con encaje en los bordes del mismo para tener que oír al imbécil de turno hablarme sobre el tiempo.

Sin embargo, decidí respirar hondo, poner una sonrisa y cuando iba a contestarle noté como me caía una gota de agua en la cabeza.

– Será mejor que entremos antes de que nos pongamos perdidos – le dije más calmada. Tras unos segundos de reflexión, empecé a pensar que quizás solo había sacado el tema del tiempo para que no nos mojáramos.

Al entrar en el salón, vi que no había nadie, todo el mundo se había ido.

– ¿Cómo es que ya se ha ido todo el mundo? – le pregunté girándome sobre mis talones para mirarle.

– No lo sé, puede que se hayan ido a otra parte de la casa.

Empezamos a caminar por los pasillos buscando al resto de invitados y acabamos en una habitación en un tono amarillo pastel semejante a la de un niño pequeño, por la cantidad de juguetes que había. Justo cuando entramos en ella la puerta se cerró de golpe y al girarme solo pude distinguir el brillo de los ojos de mi acompañante. Lentamente, éste se acercó a mi, pude sentir su aliento en mi cuello y, sin poder aguantar el deseo, le besé los labios sujetándole el rostro. Me empujó hasta la pared que había tras de mi, me levantó la falda del vestido y me penetró con rapidez y fuerza varias veces y de pronto sentí que me mordía salvajemente en el cuello. Me sentí desfallecer y antes de desmayarme vi como tenía la boca llena de sangre con sus largos colmillos sobresaliendo de su boca y sus ojos amarillos brillaban como el sol.