Los escaladores

Se acercó a la entrada de la casa con curiosidad. Estaba rodeada de pequeños arbustos plantados en macetas colocados junto a la puerta. Ésta tenía un tirador sencillo pero antiguo, lo que le llevaba a pensar que aquella casa era más antigua de lo que parecía. «Tienen que cuidarla muy a menudo», pensó Lucía agarrando el tirador y golpeando la puerta con tres golpes secos y lentos.

Nadie acudió a abrirle la puerta. Sin embargo, no podía quedarse allí con los brazos cruzados. Llevaba dos días viajando y necesitaba un poco de agua si no quería deshidratarse. Miró a su alrededor, pero no vio ninguna otra casa cerca. Apenas le quedaban fuerzas, así que no le quedaba otra opción que ingeniárselas para entrar en aquella casa.

La puerta era demasiado gruesa y pesada para intentar forzarla. Rodeó la casa buscando una ventana o un hueco por el que poder adentrarse en el interior, pero aquella casa parecía una cárcel. De pronto, se fijó en que había alguien junto a unos espesos matorrales. Se le pasó por la cabeza que alguien había tenido un accidente y nadie le había podido ayudar.

Corrió a ver cómo estaba el accidentado y se encontró con que era imposible que hubiera sido un accidente. Su cuerpo estaba lleno de marcas de cuchillos, como si hubieran querido asegurarse de que estaba muerto, y a su alrededor había un charco de sangre seca. El cadáver había empezado a descomponerse y los bichos se habían apropiado de él. De repente, se dio cuenta de que era un escalador, al igual que lo era ella.

Se preguntó si también había ido allí con la intención de encontrar cobijo o comida. Una sensación de terror invadió a Lucía. ¿Era posible de que aquella casa fuera una trampa para gente nómada como ellos? Se levantó de un salto y se alejó corriendo de aquella casa bajando por una de las colinas con tan mala suerte que acabo rodando y aterrizó en la base de la colina dándose un golpe en la cabeza con una gran roca.

Una luz en la casa se encendió y una sonrisa se mantuvo durante toda la noche.

Deseos en la mañana

Miré por la ventana dejando que la brisa mañanera acariciara mi rostro. Me concentré en mi respiración agitada tras haber entrenado, necesitaba tener la mente en blanco durante unos minutos después de todo el estrés acumulado durante días. El trabajo me estaba agotando de todas las formas posibles y no encontraba la forma de poner un límite a las horas que dedicaba a mi trabajo.

Sabía que era lo que tenía que hacer pero tenía muchísimo miedo de tener que salir de mi zona de comfort. Era consciente de que debía de dejar mi trabajo, era consciente de que sólo me estaba haciendo un mal y no me aportaba nada. Pero, si dejaba mi trabajo, ¿qué iba a hacer? ¿cómo iba a ganarme la vida? Necesitaba dinero para pagar la hipoteca y para poder vivir, pero si dejaba mi trabajo me iban a echar de mi casa.

Pensando en todo esto estaba cuando sonó mi teléfono, era mi jefa. Contesté a la llamada con un tedioso suspiro, quería que fuera ahora mismo a la oficina. Obviamente le respondí sin pensar que iría enseguida y corté la llamada. Me vestí con lo primero que vi en el armario y salí del piso corriendo. Sé que debería mandar a la mierda este trabajo y buscar uno que me guste de verdad y con el que disfrute, pero soy una cobarde, me da tanto miedo dejar lo que ya conozco…