Casi un suicidio

Estoy sola en mi habitación con la puerta cerrada. Necesito estar alejada del mundo durante unos minutos. Parece como si el mundo estuviera a punto de caérseme encima sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Quiero concentrarme en cualquier cosa menos en lo que está pensando mi cabeza pero a veces se hace difícil, sobre todo cuando hay cosas que te duelen demasiado.

De repente, miro hacia la ventana, que está abierta. Dejo el portátil sobre la cama y me levanto para acercarme a la ventana. Miro la altura que me separa del suelo, tres pisos, son sólo tres pisos. Es como si no pudiera controlar mi cuerpo. En ese momento todo tiene mucho sentido. Me subo a la ventana, intento mantener el equilibrio para no caerme. Me duele el pecho, estoy cansada de soportar cosas que no me merezco, estoy cansada de tener que recibir cosas que no doy. Tirarme por la ventana parece ser la solución más lógica, todos mis problemas se acabarían en un pis pas, nadie me echaría de menos, molesto a todo el mundo, nadie me soporta.

En un momento de lógica sacudo la cabeza despejándola. ¿Qué cojones estoy haciendo? No puedo dejar que mi mente me domine. Claro que tengo personas a las que les importa, personas que me quieren y se preocupan por mi todos los días, no puedo tirar mi vida por la borda por que una persona sea totalmente gilipollas. Temblando, me bajo del pollete de la ventana y me voy al baño corriendo para vaciar el escaso contenido de mi estómago en la taza del váter. Tengo que tener más cuidado con lo que pasa por mi cabeza o cualquier día puedo acabar muerta. Me siento en el suelo con la espalda apoyada en la pared hasta que los latidos de mi corazón se normalizan.

El acantilado

Al mirar por encima del acantilado los recuerdos afloran a mi mente como si de una película en blanco y negro se tratase. Las lágrimas brotan de mis ojos, no puedo evitar emocionarme con todo lo que he vivido. La muerte de mi madre, esa mujer tan dulce y llena de coraje y fuerza ya no está está, el nacimiento de mi hija, esa niña tan hermosa de pelo negro y piel morena que se rió con venir a este mundo.

Pero aún teniendo a mi hija a mi lado, siento que no puedo más, que no me quedan fuerzas para continuar. No tengo motivos ni fuerzas para levantarme de la cama cada día, siento que mi lugar ya no está aquí, sino en otro sitio al que no he ido nunca.

Necesito que el dolor deje de instaurarse en mi pecho y la única forma de hacer que salga es dejándome caer al vacío.

Mis pies van avanzando como si tuvieran vida propia, el aire helado me golpea la cara. Por un segundo, mi mente empieza a imaginar como sería mi vida si siguiera viviendo, junto a mi novio y a mi hija. Mi niña. Mi pequeña se sentirá muy triste cuando se entere de que su madre no volverá a darle un beso de buenas noches, ni le volverá a leer su libro de cuentos.

Y mi novio. El padre de mi niña. Si me lanzo le haré tanto daño, le haré sufrir tanto…Yo le quiero, estoy enamorada de él, tanto que creo que no le merezco.

De pronto, mis pies empiezan a retroceder sin yo notarlo. No puedo hacerlo, no puedo hacerle daño a mi hija, no puedo destrozarle el corazón a mi pareja. Me dolería tanto verles pasarlo mal como me duele ahora el pecho.

Me alejo corriendo del acantilado y me dirijo al coche. Una vez dentro, respiro aliviada y arranco el coche para irme a mi casa. Con mi familia. Por la que daría la vida por ella.