Otro sueño igual

No te lo vas a creer. Hoy he soñado contigo. He soñado que nos volvíamos a ver, tras un mensaje de whatsapp habíamos quedado y, sin saber por qué, nos acabamos cogiendo de la mano. No recuerdo muy bien todo el sueño, pero recuerdo perfectamente lo dichosa que me sentía, lo feliz que estaba cogida de tu mano. Y al despertarme me di cuenta de que todo había sido un sueño, aunque yo lo sentía más bien como una pesadilla, ya que me desperté con un vacío en el pecho que en el sueño no sentía.

He buscado el significado de habernos cogido de la mano en Google y me ha dicho que lo que tengo es miedo a perderte, a alejarme de ti. Y es verdad, tengo mucho miedo, porque tú has sido una de las pocas personas que ha significado algo para mí, que me ha hecho reír y has sido un amigo en todos los aspectos, aunque llevo tiempo queriéndote como algo más que un amigo. Sin embargo, sé que tú no me ves así, por lo que sería una pérdida de tiempo ilusionarme con algo más.

Creo que no sólo ha sido el echarte de menos, sino que lo que en realidad echo de menos es el poder tener a alguien a mi lado, el poder estar junto a alguien que me quiera. No es la primera vez que tengo este tipo de sueños, y siempre me despierto con el mismo vacío, cosa que odio. Pero, ¿cómo puedes echar de menos algo que nunca has tenido? ¿Cómo podemos llegar a estar tan obsesionados con tener algo que pensamos en ello más de una vez al día y no paramos de soñar con ello?

Vaya tontería, soñar con coger a alguien de la mano, ¿no? Pues para mí no ha sido una tontería, ha sido la sensación más maravillosa del mundo y me encantaría volver a soñar lo mismo esta noche, pero creo que por más que lo intente no va a poder ser.

El bufón Don Sebastián de Morra

Me quedo observando el último cuadro de la exposición de Velázquez, “El bufón Don Sebastián de Morra”. Me encanta la combinación de colores y sombras, tan del estilo de Velázquez y tan crítico como son todas sus obras no inspiradas en relatos de la realeza.

Llevo varios minutos observando la pintura y siento como cada minuto que pasa me absorbe más y más. Me alejo un poco para ver dónde está el grupo con el que he venido a la exposición, pero no hay nadie más en la sala y no se oye ni un sólo ruido por ningún lado. ¡Lo que me faltaba ya era perderme!

Intento no ponerme demasiado nerviosa, respiro hondo y camino con tranquilidad por el camino de vuelta acompañada por todos los cuadros que ya he visto. No hago más que buscar la entrada, pero no logro encontrarla, así que llego a la conclusión de que me he acabado perdiendo. Empiezo a agobiarme por momentos hasta que, de pronto, noto una presencia a mi lado.

– ¿Puedo ayudarte en algo? – le pregunta un hombre con gesto preocupado. Es un tanto extraño; su pelo es negro, rizado y le llega de forma recta a la altura de la nuca, tiene bigote y perilla, sus ojos son negros y sus cejas espesas. Su porte es de una personalidad antigua, y está vestido con ropa del siglo XVI.

En cuestión de segundos me doy cuenta de quién es y no puedo estar más alucinada.

– ¿Eres Velázquez?

– Sí, lo soy. Pero eso da igual, parece que estás un poco perdida.

– Eh, sí. No encuentro la salida. ¿Te importaría ayudarme? – le pregunto aún alucinando sin poder creerme que el mismísimo Velázquez me esté ayudando a salir del museo.

– Por supuesto. Sígueme.

Me coloco detrás de él para seguirle, acabo en una sala completamente en la que tropiezo con algo y me caigo al suelo. De pronto abro los ojos y hay un montón de gente alrededor de mí. Estoy de nuevo en la sala del cuadro del bufón, miro a todos lados sin entender lo que ha pasado.

– Tranquila, no te muevas. Has estado desmayada durante media hora y no parabas de nombrar algo de Velázquez. Pero tranquila, estás bien.

Me levanto un poco para poder incorporarme y, detrás de un muro, veo a Velázquez mirándome fijamente y yéndose silenciosamente.

Soñando de nuevo

Me desperté aún recordando lo que había soñado con un sentimiento de pérdida horriblemente inmenso. Empecé buscando un piso en el que pasar una temporada, encontré uno que compartí con tres chicos. No mantuve ninguna relación especial con ellos, simplemente el tiempo pasó hasta que un día salí a la calle y me encontré con uno de mis compañeros de piso. No sabía hablar español, pero lo curioso es que sí sabía italiano. Comenzamos a hablar y cuanto más hablábamos más me fascinaba y en cuestión de segundos me enamoré de él. Volvimos al piso y nuestros compañeros querían quedarse con el piso, que era del compañero del que me he enamorado. Sin embargo, no lo consiguieron. Cuando se fueron nos quedamos solos. Nos miramos fijamente y empezamos a besarnos como si nos faltara el aire. Sentía que mi corazón se iba a salir de mi pecho, me dolía todo el cuerpo de la intensidad con que lo sentía todo. Nos separamos, fuimos hacía su habitación y nos empezamos a desnudar. Sin ropa, me tendí en la cama, se colocó sobre mí y entró lentamente en mi interior, me preguntó si estaba bien, si me hacía daño, pero yo solo quería que siguiera moviéndose.

Entonces sonó la alarma y el sueño se acabó. Seguía pensando en ese misterioso hombre que no hablaba español, ni siquiera recuerdo como se llamaba o cómo era, sólo sabía que me estaba empezando a enamorar y en ese momento empecé a sentirme enamorada de alguien que ni siquiera existía. Y lo peor es que tenía miedo de que conforme fueran pasando los segundos me olvidara del sueño, de los sentimientos que había provocado en mí. Me hubiera gustado que  hubiera sido real o por lo menos que ese sentimiento de estar enamorada no desapareciera. Lo mejor que podía hacer era escribir en un cuaderno de lo que me acordara no fuera a ser que desapareciera de mi memoria.