La escritora desconcentrada

La joven escritora se encontraba en el jardín de la casa de su ¿amante? aporreando las teclas de su portátil ante una ola de inesperada inspiración. Le encantaba escribir en el jardín, se había convertido en su lugar favorito: el aire fresco, los pies descalzos sobre la hierba, el paisaje de la playa a lo lejos…para ella era un paraíso.

Miranda, desde hacía años, había tenido la tentación de dejar de escribir siempre que alguien se acercaba, la avergonzaba que cualquier persona leyera las primeras versiones de sus escritos. Pero con Tyler había sido diferente. Dejaba que leyera lo que escribía. A veces estaba cuatro y cinco horas escribiendo, y no le importaba que lo leyera todo.

Tyler se acercó a ella y empezó a acariciarle el cuello con suaves besos. Las cosquillas le recorrían la piel, pero no dejó de escribir. Él, mientras seguía besándola, bajó su mano por el estómago de Miranda, hasta llegar a sus vaqueros. Los desabrochó, bajó la cremallera haciendo un estridente ruido, y deslizó la mano dentro de su ropa interior. Por la sorpresa, Miranda dejó de escribir unos segundos.

–Sigue escribiendo –le ordenó él con una sensual voz ronca.

Ella intentó volver a escribir, pero ya estaba desconcentrada, no podía articular ni una sola frase. Tyler usó la humedad de Miranda para masajear su clítoris y fue dibujando pequeños círculos. Notó como aquel minúsculo botón se iba hinchando de excitación al tiempo que Miranda no paraba de jadear. Mantenía los puños cerrados y movía las caderas sobre su mano en busca de más placer. El orgasmo sacudió el cuerpo de Miranda en pocos minutos y gritó dando gracias de que estuvieran solos en la casa.

Con una sonrisa, miró a Tyler y, por unos instantes, odió lo inoportuno que podía llegar a ser, pero también amaba que hiciera aquellas cosas en los momentos más inesperados. Él sacó la mano de los pantalones de Miranda y se chupó los dedos ruidosamente. Ella se fijó en el bulto que predominaba en sus pantalones.

Con dedos temblorosos, descubrió su miembro y se lamió los labios como si se encontrara ante una suculenta golosina. Le echó una mirada traviesa y cubrió con sus labios el capuchón. Recorrió con su caliente lengua cada rincón de la piel de su miembro. Besó cada centímetro de su envergadura y se ayudó de las caricias de sus dedos para excitarlo aún más. Siguió lamiendo y chupando hasta que, haciendo movimientos ascendentes con su mano, logró que Tyler se corriera.

El temblor recorrió cada rincón del masculino cuerpo y los murmullos de placer no pararon de sucederse. Miranda observaba los espasmos de su cuerpo juguetonamente mientras aprisionaba con sus dientes el labio inferior. Se estaba convirtiendo en una visión de la que disfrutaba y cada día era mejor que el anterior. Miranda se puso de pie y se adentró en la casa despacio ante la inquisitiva mirada de Tyler que sonreía ante su chulería.

El hermano de mi mejor amiga

Ingrid fue a la cocina en busca de algo para comer. Escuchó cómo se abría la puerta de la entrada. Vio como el hermano menor de Mónica entraba en casa. Ingrid sintió como la boca se le secaba. No iba a dejarlo escapar. Lo siguió hasta su habitación y cerró la puerta.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Fran con confusión.

—Consiguiendo que dejes de ignorarme.

Ingrid agarró el rostro de Fran entre sus manos con brusquedad y lo besó furiosamente. Fran se resistió en un primer momento, pero pocos segundos después se relajó.

La mano de Fran se posó sobre la cintura de Ingrid y, suavemente, ascendió hasta alcanzar su pecho. El contacto provocó un placentero cosquilleó en el cuerpo de ella. Ingrid se separó con intención de marcharse, pero él la agarró de la mano impidiendo que desapareciera de su vista.

—¿Te vas? —le preguntó Fran con la respiración agitada.

—Sí. ¿Por qué? ¿Quieres algo? —Ingrid detuvo la vista en la abultada entrepierna del pantalón oscuro y se mordió el labio inferior.

—Quiero continuar—Fran miró los hinchados labios de Ingrid—. ¿Quieres tú llegar más lejos?

Volvió a acercarse a él, posó la mano sobre su pecho y lo empujó logrando que cayera de espaldas sobre la cama. Se colocó sobre el cuerpo de Fran y volvió a besarlo. Sus lenguas se entrelazaron acompañándose en un sensual baile.

Ingrid se bajó de la cama unos segundos para deshacerse del pantalón y de la ropa interior.

—¿Seguro que quieres que continuemos? —preguntó Ingrid. Altamente excitada, frotó su pubis contra el hinchado bulto de manera que el pantalón acabó manchado de sus fluidos.

Un gemido salió de los labios de Fran.

—Sí. No te detengas ahora —dijo él con una voz ahogada.

Ingrid desabrochó el botón de su pantalón y deslizó la cremallera lentamente hasta dejar a la vista su ropa interior. Ella liberó su miembro. La excitación recorría cada uno de los rincones de su cuerpo y notaba cómo un húmedo y agradable calor se instalaba entre sus piernas. Acarició el glande con el pulgar deleitándose con los sonidos que él profería.

Levantó las caderas e introdujo el miembro en su interior. La sensación que sentían era deliciosa. La piel de Fran dentro de las húmedas cavidades de Ingrid, el olor del sexo de ella impregnaba toda la habitación, el sonido de sus respiraciones deseosas de continuar.

Bruscamente, Fran se dio la vuelta, colocando a Ingrid en la parte de abajo y quedando él arriba. Fran comenzó a embestirla muy rápido y fuerte causando en Ingrid altos gritos de placer.

—Sigue. No pares. Por favor, no pares —dijo ella entre sonoros jadeos.

Ella deslizó la mano entre sus cuerpos hasta dar con el clítoris. Con dos dedos, lo acarició en círculos hasta conseguir que una intensa descarga eléctrica recorriera cada centímetro de su cuerpo. Las contracciones de su vagina causaron que Fran se corriera sin que le diera tiempo a salir de su cuerpo.

Escritores favoritos de literatura erótica

La literatura erótica es uno de los géneros que más me gusta leer y escribir. Tiene algo que no tiene el resto de géneros y consigue transmitirme sentimientos muy especiales. Hace algún tiempo llegué a la conclusión de que no todo el mundo sabe escribir erótica y no es tan fácil como parece. Por ello, he hecho una recopilación de escritores y escritoras de literatura cuyos libros he leído y me encanta como escriben.

  • Noelia Medina. Noelia tenía que estar en la primera posición ya que tengo casi una obsesión por sus libros. Escribe las escenas con sumo detalle y delicadeza, sin dejarse el erotismo aparcado en ningún momento. Es la prueba de que no todo el mundo sabe escribir literatura erótica ni sabe hacerlo tan bien. En concreto, recomiendo sus libros La hija de mi socio, 22 gemidos y Con las manos en las bragas.
  • El vecino del ático. A este autor lo descubrí antes que a Noelia Medina y, con el primer libro que me leí, ya me fascinó. Escribe sus escenas con un toque de fantasía que las hace súper especiales. Os recomiendo especialmente su primer libro ¿Jugamos? que a mí me encantó.
  • Angy Skay. De Angy lo que más destaca, aparte de pluma erótica, es su humor andaluz. Si necesitas reírte a carcajadas, lee uno de sus libros y lo harás. Recomiendo su saga Provócame.
  • Laura Nuño. De Laura destaco sus novelas de fantasía en las que las escenas eróticas no tienen desperdicio. Sus libros te dejan el corazón blandito y querer convertirte en la protagonista de sus historias. Destaco las novelas Mi custodio y Mi bestia.
  • Lucy Valiente. De esta autora sólo me he leído un libro de relatos pero me gustó tanto que he pensado en incluirla en esta lista. Sus historias son atrayentes y te enganchan desde la primera palabra. Recomiendo el libro que yo me leí, Bocados de amor.

En resumen, para mí y bajo mi experiencia, estos son los autores que más me gusta leer y con los que más disfruto.

¿Y a ti? ¿Te gusta la literatura erótica? ¿Cuál es tu autor@ favorit@?

En el almacén

Entré en el local y no podía creer que Jack estuviera allí. Hacía más que una semana que no nos veíamos, ni siquiera nos habíamos encontrado en los oscuros callejones de la ciudad. Pero por esa razón estaba allí. Había albergado la esperanza de que lo encontraría en la tienda, como la última vez.

Me acerqué al mostrador y le miré a los ojos. En su mirada estaba escrita la debilidad que sentía por mí. Los deseos que no podía esconder por mucho que lo intentara.

—¿Qué haces aquí? —La voz le temblaba.

—Tenía que verte —le respondí.

—Deberías irte —bajó la mirada de forma esquiva.

No quise obedecerle. Me metí detrás del mostrador, dónde estaba él, y le cogí de la oscura mano entrelazando nuestros dedos. Logré que volviera a mirarme a los ojos y lo arrastré hasta el almacén. Me separé unos segundos y cerré la puerta. Volví a ponerme junto a él, lo empujé hasta que su espalda quedó pegada a la pared y besé sus gruesos labios.

Colocó sus manos alrededor de mi gruesa cintura y sonreí al percibir que él deseaba lo mismo que yo. La dureza de sus pantalones comenzaba a presionar mi entrepierna, y la excitación crecía en mi interior. Separé mi boca de la suya y, mirándole a los ojos, agarré la hebilla de su cinturón. Lo desabroché, desabotoné el botón del pantalón y deslicé despacio la cremallera hasta bajarla por completo. Vislumbré sus calzoncillos rojos, me mordí el labio inferior de puro nerviosismo.

Bajé el elástico de su ropa interior y saqué su oscuro miembro. Con la boca levemente abierta, le miré a los ojos unos segundos para volver a detenerme en su falo. Pasé la yema del pulgar por la punta y dibujé pequeños círculos. Su cuerpo comenzó a tener leves temblores y podía oír los jadeos que salían de sus labios. La satisfacción recorría mi cuerpo junto con un dulce calor que terminaba en mi entrepierna. El hormigueo que sentía era delicioso y no paraba de sentir unas irrefrenables ganas de calmarlo.

—Vamos a arrepentirnos de esto —dijo Jack en un leve susurro.

—¿Quieres parar? —le pregunté mirándole a los ojos.

—No.

—Entonces vamos a disfrutar mientras podamos —dije sin apartar la mano de su pene mientras con la otra mano acariciaba su pecho por encima de la camisa y le daba tímidos besos en el cuello—. Siéntate en el suelo.

Me obedeció apoyando su espalda en la pared. Yo me deshice de los zapatos, los pantalones y la ropa interior. Estaba mojada y excitada. Sentía que los pechos iban a salírseme del sujetador de lo hinchados que estaban.

—Tendremos que darnos prisa, no vaya a ser que te echen de menos —dije con una sonrisa sobre sus labios.

De pronto, noté una inesperada presión en mi vagina. De improviso, Jack había metido su miembro en mi vagina sin que me diera tiempo a reaccionar.

—Pues aprovechemos el tiempo —dijo Jack juguetonamente.

Moví la pelvis sobre su pubis buscando aliviar mi hinchado clítoris. Comencé a cabalgar sobre su polla en cuclillas y me agarré a sus hombros para evitar caerme. Su miembro entraba y salía de mi cuerpo. Los jadeos se mezclaban con los besos mientras luchábamos por alargar el momento lo máximo posible. Agarré su mano y coloqué sus dedos índice y corazón sobre mi clítoris. Un largo jadeo se me escapó al sentir las yemas de sus dedos sobre mí y arqueé la espalda incapaz de aguantar el orgasmo un segundo más.

—No aguanto más —dije esforzándome por no gritar.

—Apoya las rodillas en el suelo.

Le obedecí. Comenzó a penetrarme muy rápido en busca de su propio placer al tiempo que acariciaba mi clítoris con el pulgar. El orgasmo llegó inundando cada centímetro de mi piel de tal manera que sentí que me mareaba. Las contracciones de mi coño causaron el orgasmo de Jack logrando que se corriera dentro de mí.

Me separé de él con la respiración agitada y me senté sobre el frío suelo frente a Jack. Ambos sonreímos al oír sonar la campana de la entrada que indicaba que un nuevo cliente había llegado a la tienda. Jack se acercó a mí, aún con el miembro flácido y relajado fuera de la ropa interior, y me dio un intenso beso con el que recorrió el interior de mi boca.

Nuestra historia estaba prohibida, pero aquello era lo único a lo que nos podíamos aferrar.

Masajes escondidos

Me asomé por la ventana y vi a Óscar apoyado en la moto. Me miró con sus descarados ojos azules retándome a dar el siguiente paso.

-¿Subes tú o bajo yo? -le pregunté.

No me respondió. Se apartó de la moto y entró en el portal. Fui hacia la puerta y la abrí justo cuando él ya había llegado al tercer piso. Nos quedamos observándonos  unos segundos. El deseo fluía entre nosotros aunque no lo quisiera reconocer. Ninguno de los dos se atrevió a besar al otro, aunque era lo que queríamos hacer. 

-¿Por qué has venido? -le pregunté.
-Porque quiero seguir jugando -al contestarme su voz sonaba ronca delatando sus deseos.

No dije nada. Caminé por el pasillo hasta entrar en la habitación de mis padres. Su cama era mucho más cómoda que la mía. Óscar cerró la puerta tras de sí y colocó su cuerpo pegado a mi espalda. Acercó su nariz a mi cuello e inspiró mi aroma, provocándome un dulce cosquilleo.

-Desnúdate y túmbate en la cama. Boca abajo. -me ordenó.

Yo obedecí, pero con lentitud, observando las reacciones que provocaba en el cuerpo de Óscar la visión de mi cuerpo desnudo. Su respiración se estaba volviendo agitada y, en su entrepierna, estaba creciendo un duro bulto que me hacía salivar.

Una vez me quedé completamente desnuda, me tumbé en la cama y esperé. Él se acercó a mí. Se sentó en la cama y comenzó a masajearme; los hombros, el cuello, la parte alta de la espalda, los riñones, la zona lumbar… Llegó a mi trasero y, cuando pensé que no seguiría avanzando, me demostró lo equivocada que estaba. Empezó a masajearme los glúteos con los pulgares dibujando pequeños arcos que me iban calentando poco a poco.

-Date la vuelta -volvió a ordenarme.

Lo hice, pero muerta de vergüenza, sin atreverme a levantar la vista. De nuevo, masajeó mis hombros, se detuvo bastante tiempo en mis pechos hasta conseguir que se pusieran duros. Me mordí el labio, en mi entrepierna estaba comenzando a tener un punzante dolor que necesitaba aliviar y no hacía más que desear que recorriera con su lengua mis abultados montículos.

Haciendo caso omiso de mis mudos deseos, masajeó mi estómago y se detuvo en mi dolorida entrepierna. Creí que al fin haría algo para aliviarla pero sólo se apartó y me observó traviesamente. Me incorporé sobre los antebrazos y le miré desafiante. Abrí las piernas y me metí dos dedos sacando un poco de mi dolorida humedad y la llevé hasta mi clítoris. Óscar tenía las pupilas dilatadas y su aliento salía con tal fuerza de su boca que podía sentirlo sobre mí.

-¿Qué estás haciendo? -me preguntó.

-Me has dejado muy caliente. Necesito aliviarme. -le respondí con descaro.

Se quedó observando como masajeaba mi clítoris usando sólo un dedo y, estaba tan excitada, que llegué al orgasmo en apenas cinco minutos. Mi cuerpo se convulsionó y entre las olas de placer pude ver cómo Óscar se pasaba la lengua por el labio inferior.

-¿Mejor? -preguntó acercándose a mí.
-Sí -puse las manos a ambos lados de su cara y lo atraje hacia mí para besarlo. Apoyó las manos en el colchón para evitar caerse y continuamos besándonos.

-Ahora es tu turno -dije tras separar mis labios de los suyos.
-Eso no es lo que había planeado.
-Pero yo sí.

Desnudó su escultural cuerpo y se deleitó en los efectos que causaba en mi desnudo cuerpo. Se tumbó boca abajo, igual que lo había hecho yo. Dibujé amplios círculos en cada centímetro de su espalda y escuché como suspiraba de placer.

-Tus manos son muy suaves -mencionó en un tono ronco.

Sonreí, seguí masajeando la parte baja de su espalda y, al igual que él, me entretuve en sus glúteos. Sus suspiros de placer se volvieron más intensos cuando recorrí su columna vertebral con la punta de mi lengua. Le pedí que se diera la vuelta, pero no seguí masajeándolo. Me dirigí directamente a su duro y abultado miembro, cosa que Óscar no se esperaba. Lo envolví con una mano y lo masajee despacio y con cuidado.

-Mmm…vas a volverme loco.
-Esa es la idea -respondí descaradamente.

Los movimientos descendentes y ascendentes que hacía mi mano me tenían muy concentrada. Los gemidos de placer que emitía Óscar me estaban volviendo a excitar y el tacto de la piel de su miembro me encantaba. Aumenté el ritmo, los jadeos de él inundaban la habitación hasta que se corrió en mi mano.

Caminando a cuatro patas sobre la cama, me acerqué a él para que lamiera la mano con la que lo había masturbado. Volvimos a besarnos cuando oí el ruido de la puerta de casa abriéndose y la voz de mi madre llamándome.

Incumplimiento del trato

Estaba terminando de recoger la mesa cuando noté que se acercaba a mí por la espalda. Pegué un pequeño salto del susto al no esperarme que se acercara tanto a mi cuerpo. Podía sentir su piel mojada de la ducha y la toalla apenas servía de barrera entre su duro miembro y mi trasero.

-Te he echado de menos en la cama -me dijo dando pequeños besos en mi cuello que provocaron un escalofrío a lo largo de mi cuerpo.

-Tenía que levantarme temprano para…para…hacer…deporte -conseguí decir aunque sus caricias no hacían más que desconcentrarme.

Una de sus manos se deslizó por mi brazo, recorrió mi pecho, anduvo por mi vientre hasta alcanzar mi ropa interior. Mi estómago se encogió de placer ante las intenciones que Óscar tenía. Metió la mano dentro de mis bragas y alcanzó la abertura de mi vagina. Arrastró mis excitados fluidos hasta mi clítoris y comenzó a masajearlo en suaves círculos.

De mi boca no paraban de salir un jadeo tras otro. Las piernas me temblaban y tuve que agarrarme con más fuerza a la tabla de la mesa hasta provocar que mis nudillos se blanquearan.

-Óscar…

-Dime -dijo él con toda la tranquilidad que a mi me faltaba.

-No…pares. No pares, Óscar.

Cambió la intensidad de sus dedos. En lugar de círculos, comenzó a trazar rápidas y bruscas líneas horizontales que me llevaron a ver las estrellas en apenas unos minutos. Mis piernas dejaron de sostenerme y él tuvo que ayudarme para no caerme al suelo.

-¿Estás bien? -me preguntó con una burlona sonrisa.

-Sí. Mareada, pero estoy bien. ¿Por qué lo has hecho? -le pregunté al darme la vuelta y apoyarme en la mesa.

-No lo sé. Ya te he dicho que te he echado de menos cuando me he despertado sólo en la cama y al verte de espaldas…supongo que el cuerpo me ha pedido darte placer.

Lo miré totalmente confundida. Aquellos sentimientos no formaban parte del trato.

Juegos en el agua

Salí de la casa por la puerta de cristal que daba a la piscina y me quedé maravillada al observar el agua. Me encantaba el color celeste del agua de la piscina y el olor del cloro. Por cosas del destino, era un día muy caluroso y tenía muchas ganas de pegarme un chapuzón, pero no había traído mi bikini a casa de Israel.

-¿Te gusta la piscina? -me preguntó él abrazándome por detrás.

-Me encanta. Dan ganas de darse un baño.

-Podrías hacerlo.

-No he traído bañador.

-Eso no es ningún problema. Estoy deseando poder verte desnuda -Israel me mordisqueó suavemente el cuello provocándome unas deliciosas cosquillas.

Me mantuve en silencio aguantándome las ganas de reír a carcajadas y me separé de él un par de metros. La sonrisa en mi rostro aumentaba conforme mis manos se iban acercando a los botones de mi blusa roja. Dejé que mi prenda desabotonada se deslizara por mis brazos y aterrizara en el césped. Mientras bajaba mis pantalones de la forma más sensual que pude, observé como Israel me devoraba con la mirada, deseando que le diera permiso para acercarse a mí y poseerme.

Sin embargo, no lo hice. Aún no era el momento. Me deshice de mi ropa interior con rapidez y le miré a los ojos una última vez antes de tirarme a la piscina. Nadé un par de metros disfrutando de la sensación del agua fresca en contacto con mi piel y los rayos de sol aterrizando sobre mi cabeza. De repente, noté que alguien también había saltado a la piscina y nadaba hacia mí.

-No sabía que nadabas tan rápido -comenté empleando un tono juguetón.

-Aún te quedan muchas cosas por descubrir de mí.

Juegos en el agua

Israel intentó besarme, pero me aparté y nadé hasta el bordillo lo más rápido que pude aunque no lo suficiente como para que no me alcanzara.

-Deberías nadar más a menudo -Israel me acorraló contra el bordillo y acercó su cuerpo al mío. Abrí los ojos como platos al sentir su piel.

-¡Te has desnudado! -exclamé con la respiración ahogada tanto por la sorpresa como por el esfuerzo de nadar.

-Quería ponerme a tu altura.

Acercó sus labios a los míos y me besó introduciendo su lengua en mi boca con ferocidad. Al principio me costó un poco seguirle el ritmo, pero tardé poco en superarlo. Se separó de mí mostrando sus labios hinchados por la presión.

-Te deseo.

-Y yo.

-¿Alguna vez has follado en la piscina?

-No. ¿Y tú?

-Tampoco.

Me animó a abrir las piernas e, instintivamente, rodeé con ellas sus caderas. Esa vez fui yo la lo besé, pero con menos intensidad que antes. Conmigo a cuestas, se desplazó hasta las escaleras que formaban parte de la piscina. Nos sentamos en ellas e Israel agarró su miembro con intención de empezar a introducirlo en mí…pero le detuve.

-Creía… -comenzó a decir confundido.

-No lo haré sin condón.

Ante mi tono sin admisión a réplica, se levantó y entró en la casa para volver a salir cinco minutos después con un paquetito plateado entre los dedos. Se sentó de nuevo en las escaleras y yo me coloqué a horcajadas sobre él. Israel metió la mano entre mis pliegues y acarició mis fluidos con una sonrisa de satisfacción.

Por segunda vez, agarró su miembro cubierto con el preservativo y lo introdujo en mi interior. Mis suspiros y los suyos se entremezclaron acompañando las olas de agua que provocaban el movimiento de nuestros cuerpos. Yo subía y bajaba, sin detenerme. Él me acariciaba uno de los pechos y yo le tiraba del pelo haciendo que su cabeza se inclinara hacia atrás.

Israel llegó primero al orgasmo y aquello no me gustó nada. Yo estaba luchando por conseguir llegar al clímax que había alcanzado él, pero no podía. Agarré su mano descaradamente y la coloqué sobre el centro que tantas veces me había dado placer y lo animé a que me masajeara. Mis gemidos crecían a medida que lo hacía el placer que me estaba dando. Adoré la sensación de tener su miembro en mi interior al mismo tiempo que me frotaba.

Y la sensación llegó. Entonces pensé que haber llegado más tarde al orgasmo había merecido la pena.

Con las persianas bajadas

Entro en la casa de Constantin leyendo por décima vez el mensaje que me envió un par de horas antes.

A las ocho en mi casa. Tengo una sorpresa.

Nunca me han gustado las sorpresas y menos viniendo de Constantin. Tiene un gusto pésimo para dar sorpresas. Pero me decidí a hacerle caso y allí estaba, cerrando la puerta de su casa con una mezcla de curiosidad y mosqueo en el cuerpo. Apenas conozco a este relamido francés, pero confieso que tiene algo que me vuelve loca. No sé si será su pelo rizado que siempre está intentando dominar, sus ojos grises o quizá el hecho de que me ponen muchísimo los hombres vestidos con traje. El hecho es que me atrae tanto que, en cuanto me separo de él, cuento los minutos para volver a tocarle.

Apenas hay luz en el apartamento. Es verdad que casi ha anochecido, pero me estoy poniendo nerviosa por el hecho de que la luz de las bombillas es tan tenue. Vuelvo a recibir un nuevo mensaje en el móvil.

Entra en mi habitación.

Sonrío por dos razones: la primera, es que se ha dado cuenta de que ya he llegado al apartamento y, la segunda, es que el juego ya ha comenzado. Su habitación está cerrada y eso me corta la respiración. No sé qué demonios estará haciendo dentro. Me acerco lentamente a la puerta y giro el pomo disfrutando de ese momento de incertidumbre.

Al abrir la puerta apenas entra la luz en la habitación cuando Constantin me susurra con su ronco acento francés:

-Cierra la puerta.

Le obedezco sin dudar pero sin tener ninguna prisa. Todo forma parte de su juego. Las persianas están bajadas y no entra nada de claridad en la habitación. No puedo distinguir si tengo los ojos abiertos o cerrados. Todo está igual de oscuro.

Con la yema del dedo índice comienza a recorrer mi cuello y consigue que un placentero escalofrío recorra mi cuerpo. Acerca su nariz y aspira el olor de mi cabello, el que me he lavado antes de salir de casa. De forma brusca, me gira y me coloca de espaldas a la pared. Aunque no puedo verle los ojos, sé que me está observando con deseo. Sé que está deseando poseerme…y yo también.

Me sujeta las muñecas contra la pared, a ambos lados de mi cabeza, apretándolas entre sus manos, y yo no puedo evitar jadear con excitación. La oscuridad, el silencio, mi piel en contacto con la suya. Es esa combinación la que hace que empiece a sentir una dulce humedad. Le suplico que me bese, que no aguanto más; pero él me dice que aún no es el momento, que tengo que esperar un poco más. Se agacha hasta que su vista queda a la altura de mi entrepierna. Estoy deseando que se acerque, que me baje los pantalones y limpie toda mi humedad con su lengua…pero no lo hace.

Siento que estoy desesperada, el cuerpo me duele de la tensión a la que estoy sometiendo a mis músculos para no lanzarme sobre él. Se vuelve a poner de pie, acerca su rostro al mío pero con la única parte del cuerpo que me toca es con su entrepierna. La presiona contra la mía y siento que quiero llorar de puro deseo.

-¡Dios! Constantin, por favor. No me tortures más.

-Está bien, Laura. Dime qué quieres que te haga.

Que pronuncie mi nombre con ese deseo me lleva al borde del abismo y soy totalmente cruda cuando le respondo a su petición.

-Quiero que me bajes los pantalones.

Él obedece llevándose mis bragas consigo. Como si fuera mi esclavo.

-Túmbate en el suelo. Bocarriba.

Vuelve a hacer lo que le ordeno. No doy ninguna orden más. Me siento sobre él, introduciendo su miembro en mi interior que, con el flujo de la excitación, entra fácilmente. El resto ya es historia.

La niñera

Laura entró en la casa con la llave que le había dado su jefe. Hacía muchos meses que confiaba en ella hasta el punto de que podía entrar en su casa cuando quisiera aunque no fuera en el horario de trabajo que habían establecido para cuidar de su hijo.

El hogar estaba completamente en silencio, ni siquiera se escuchaba al pequeño Thomas quien lloraba sin parar continuamente. Dejó su abrigo y su bolso en la mesa del salón y entró en la habitación del pequeño para ver cómo estaba. El bebé de dieciocho meses estaba dormido y abrazaba a su conejito de peluche como si le acompañara en sus sueños y le protegiera de las pesadillas que le pudieran acechar. Decidió quedarse vigilándolo un rato por si se despertaba, por lo que se sentó en una silla y se observó embelesada.

Sacó su teléfono y habló por Whatsapp con su mejor amiga sobre cómo le había ido el día, se pusieron al tanto de las últimas novedades tanto en los estudios como en el trabajo. De pronto, oyó un ruido procedente de otra habitación y supo que su jefe y padre de Thomas estaba en su despacho trabajando. Como parecía que el niño estaba muy tranquilo se fue a la cocina y limpió todos los platos que había sucios. Al volver al salón se encontró con su jefe sentado en el sofá leyendo el libro que ella se había traído en el bolso.

–  No sabía que te gustaban los libros policíacos – le preguntó sin apartar la vista del libro.

–  Ni yo que tenías por costumbre fisgonear los bolsos ajenos. – Laura se colocó delante con el brazo extendido para que le devolviera su libro.

Una vez lo tuvo de vuelta en sus manos, se giró para meter el libro en su bolso y lo cerró concienzudamente. Cuando se volvió a girar tenía a su jefe a sus espaldas, muy pegado a ella, tanto que podía sentir su aliento rozándole la mejilla. Se acercó más a ella, acarició su mejilla con las yemas de sus dedos y acercó, muy despacio, sus labios a su rostro.

–  Estamos cruzando una barrera – le advirtió Laura temblando de deseo.

–  Lo sé. Pero no es la primera vez que lo hacemos. – le dijo él antes de pegar sus labios a los de ella.

Laura no dudó en corresponder a sus salvajes besos. Agarró su rostro con ambas manos, apenas entraba el aire en sus pulmones, pero ninguno de los dos podía parar ni querían hacerlo. Por muy mal que estuviera, ambos eran dos adultos libres y no tenían que responder ante nadie. Él la apretó contra la pared haciendo que los centros de su cuerpo se tocaran como si no hubiera ropa de por medio.

Sin dejar de besarse, Laura lo empujó hasta hacer que se sentara en el sofá. Se separó de él, se desabrochó los pantalones y se lo quitó junto con la ropa interior. Colocó las rodillas a ambos lados de sus piernas mientras le desabrochaba los pantalones vaqueros y sacaba su miembro sin dejar de mirarlo a los ojos. Laura recorrió el cuello de su jefe con besos cortos y lentos.

–  No sé si me estás volviendo loco o me estás torturando – le dijo apartando el pelo de su rostro para observarla más detenidamente. Laura le dio una sonrisa maliciosa en respuesta.

Se levantó para coger un preservativo de su bolso y se lo colocó a su jefe. Éste estaba muy excitado, pero el deseo de Laura no era menor. Colocó las manos detrás de la nuca de él y le susurró al oído mientras se sentaba a horcajadas:

–  Métemela

Los ojos de su jefe relucían de deseo y tenían un brillo que podrían haberla asustado, pero sólo la hacían querer más y más. Él le hizo caso y la respiración se les cortó a ambos al mismo tiempo. Mientras Laura subía y bajaba por su miembro, dejó que su cabeza descansara en el hueco de su cuello luchando contra sus impulsos de querer gritar como si un monstruo la hubiera poseído.

En el salón se mezclaban los gemidos, los suspiros, los gruñidos, los “no pares” y las respiraciones entrecortadas. Finalmente, él llegó al clímax antes que Laura y le acarició el clítoris en círculos con el pulgar para que consiguiera llegar al orgasmo. Ella lo besó mientras el placer recorría cada centímetro de su cuerpo para evitar dar un grito que escucharía todo el edificio.

Se quedaron quietos esperando que sus respiraciones se normalizaran cuando se repente escucharon que Thomas empezaba a llorar.

No aguanto más

Abrí los ojos y miré la hora en el despertador situado a mi derecha. Las siete de la mañana. Por unos segundos me planteé cerrar los ojos y seguir en la cama. Sin embargo, eran muchas las cosas que tenía que hacer ese día. Como pude, me senté en la cama y, trabajosamente, me levanté de la cama para ir al baño.

Tras hacer las necesidades básicas de todo ser humano, me miré en el espejo. Tenía que echarme crema en la cara, ya se me estaba empezando a despellejar de lo seca que estaba, pero me daba mucha pereza hacerlo. Di un par de pasos hacia atrás y miré mi reflejo en el espejo. Mis piernas empezaban siendo finas pero conforme se iba subiendo la mirada por ellas se iban ensanchando hasta llegar a las caderas cuya anchura ya no disminuía. No era modelo, eso estaba claro y ya había aceptado que los estereotipos de belleza no eran para mí. Sin embargo, había que ser honestos…¡tampoco estaba tan mal!

Salí del baño y, apoyada en el marco de la puerta, observé mi cama. Romy ocupaba mi cama. Estaba tumbado de lado y casi no cabía en el colchón de lo grande que era, todo en él era grande. Con una sonrisa en la cara, fui sigilosamente a por mis zapatillas y mi bata y me dirigí a la cocina. Tenía tanto, pero tanto sueño que era totalmente consciente de que o me tomaba un café bien cargado o me iba a acabar durmiendo encima de la mesa de trabajo.

No tenía hambre así que no me esforcé en prepararme nada más. De repente, sentí que alguien me abrazaba la cintura por la espalda.

  • ¿Te he despertado? – le pregunté a Romy preocupada.
  • Sí, cuando me notado que no estabas en la cama – me respondió con la cara pegada en el hueco de mi cuello.
  • Tienes el sueño demasiado ligero. – le dije con un leve ronroneo al sentir como su mano derecha iba bajando por mi vientre.
  • O puede que tú debieras levantarte más tarde

Su mano siguió bajando hasta llegar al nudo de mi bata que desató, continuó por mi ombligo y llegó a la cintura de mis pantalones. Su mano se adentró en mi ropa interior y yo no pude aguantar más. Comencé a jadear como si un fuego abrasador me consumiera.

  • Romy…no debemos…no ahora – iba a volverme loca de un momento a otro.
  • Estás segura de que es lo que quieres – su mano se detuvo, y ya sólo podía pensar en el dolor que quería que me aliviase.

Me giré hasta quedarme frente a él, ya mi cerebro no era capaz de razonar absolutamente nada. Sin apartar mis ojos de los suyos me quité la bata, me bajé los pantalones y la ropa interior y me subí a la encimera.

Al ver que no pensaba continuar lo que había dejado, fui yo la que bajé mi mano y acaricié mi clítoris en círculos. Romy se metió la mano bajo el pantalón y sacó su pene para acariciarlo de arriba abajo y cuando llegué al clímax y grité, él lo hizo conmigo.