Oscuridad

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Oscuro. Todo estaba oscuro. Abría los ojos cada vez más, pero la oscuridad no se atenuaba. Extendí los brazos intentando encontrar un punto de apoyo, pero perdí el equilibrio. Caí al suelo con tan mala suerte que me hice daño en el hombro. Me lo masajeé mientras me incorporaba sentándome sobre las rodillas.

Me coloqué a cuatro patas y, despacio y con mucho cuidado, fui avanzando hasta que me golpeé la cabeza contra una pared. Me puse de pie, caminé sin dejar de apoyar mis manos en la pared hasta alcanzar el pomo de una puerta. El aire salió de mis pulmones de puro alivio al mismo tiempo que una leve risa sacudía mi cuerpo. La puerta no tenía la llave echada, por lo que pudo abrirla sin ejercer presión. La blanca luz le cegó por unos instantes, aunque su vista no tardó en adaptarse.

La habitación en la que estaba daba a un pasillo en el que había más puertas que daban a habitaciones. De ellas salían gritos y llantos, pero no podía detenerme a ayudar a nadie. Debía salir de allí con vida. Seguía teniendo las manos atadas con una brida de plástico que se me clavaba en las muñecas. Llegué a una esquina, me asomé para ver que no había nadie cerca. De repente, sentí que alguien me agarraba del pelo y tiraba hasta que me hizo caer de espaldas en el suelo. Un intenso dolor me recorrió la columna vertebral que me hizo lanzar un pesado gemido.

–  ¿Eres tonta o qué? ¿Qué haces fuera?

El monstruo me agarró de la brida y me arrastró por el suelo hasta meterme de nuevo en la oscura habitación.

–  ¡No! Por favor. ¡No quiero estar aquí dentro otra ves! ¡Tengo miedo!

–  ¿Miedo? Tú no sabes lo que es el miedo.

El monstruo chasqueó los dedos y la luz se encendió. Su rostro era terrorífico: uno de sus ojos estaba completamente cerrado, alguien debía que habérselo cosido, no tenía labio superior y la nariz estaba aplastada hacia arriba.

Me arrastré por el suelo hasta apoyar mi espalda en la pared sin poder alejarme más. Grité aterrorizada. Él cerró la puerta dando un fuerte golpe y volvió a apagar la luz sin salir de la habitación.

La cerradura

La camarera miró por el ojo de la cerradura desesperada por saber quién la había metido en aquella habitación. Sin embargo, se encontró con una ausencia absoluta, ni siquiera pudo ver un rayo de luz, cosa que sabía que era imposible ya que se veían los deslumbrantes rayos de sol a través de la ventana que se encontraba frente a la puerta. Le costaba recordar cómo había llegado a aquella habitación: en su mente permanecían los recuerdos de haber salido del trabajo, detenerse ante un paso de peatones esperando que el semáforo cambiara de color y lo último que podía recordar era estar buscando las llaves en el bolso para entrar en casa.

Alejó de la cerradura e intentó abrir la ventana de nuevo. Según la distancia podía observar que era un piso bajo, pero no había nadie en la calle a la que poder alertar para que la ayudaran. De repente escuchó un ruido, se pegó a la pared que había junto a la puerta para aprovechar cualquier ocasión para poder escapar y esperó silenciosamente.

La puerta se abrió con un chirrido, pero no entró nadie. Su corazón palpitaba a mil por hora, y le estaba costando trabajo poder respirar. No podía aguantar más la incertidumbre, así que se colocó frente a la puerta y allí no había nadie. Aprovechó la ocasión para salir de aquella habitación, se puso a correr por todos los pasillos de la casa en busca de la salida, pero por más que avanzaba no encontraba la salida.

Finalmente, se derrumbó en el suelo agotada por el miedo y el cansancio de la carrera. Entonces, se dio cuenta de que había alguien sobre ella, miró hacia el techo y se le cortó la respiración al ver a una extraña criatura que en ese momento le pareció un fantasma, pero se asemejaba más a una momia. La criatura se acercó a ella, y aunque ella intentó retroceder arrastrándose por el suelo, estaba demasiado asustada como para poder reaccionar para volver a encerrase en otra de las habitaciones que estaban abiertas.

La criatura agarró su cabeza entre sus manos y le gritó hasta que empezaron a pitarle los oídos. Seguidamente, sintió la necesidad de acercarse a la pared y comenzó a golpearse la cabeza contra la pared hasta que empezó a sangrarle y se desplomó en el suelo inerte. La criatura se acercó a ella y se metió en su cuerpo, el cuál se levantó y lanzó una sonrisa maquiavélica en dirección al techo. Esto era sólo el principio.

Liberación

Los rayos del sol alumbran los cristales de mi única ventana. Esta es redonda y sus bordes están hechos de metal, es la primera vez que veo el sol desde que me metieron en este antro. Apenas recuerdo la última vez que no tenía las muñecas y los tobillos atados. Estaba paseando a Canica, mi dulce gato de manchas marrones y blancas, cuando una mujer mayor se acercó a mi para preguntarme donde se encontraba una calle que ahora no recuerdo, entonces, al girarme para señalarle la calle, me puso un pañuelo en la boca y cuando me quedé dormida me arrastró hasta una furgoneta. Cuando me desperté estaba atada a una cama, pocos instantes más tarde se abrió la puerta de la habitación y entró una mujer que se parecía mucho a la anciana a la que había intentado ayudar. Tenía un cuchillo en la mano, estaba negro, parecía que no lo habían lavado nunca. Se acercó a mí, y clavando el cuchillo en mi muñeca, me rajó el brazo entero. Al hacerlo, vi como su rostro se cubría de satisfacción. Hizo lo mismo con el otro brazo y con mis piernas, después con hilo y aguja me cosió las heridas, y esto lo ha hecho todos los días. Llevo aquí cinco meses, el dolor ha sido cada vez más insoportable, mis lágrimas ya no alivian este dolor infernal. Sin embargo, han sido estos tenues rayos de sol lo que me han hecho ver que tengo que salir de aquí, si sigo metida en esta cárcel de tortura, moriré.

Se abre la puerta, me acurruco como siempre contra la pared, la mujer se acerca y cuando mira por la ventana un instante, me levanto rápidamente, le quito el cuchillo y se lo clavo en el corazón y, seguidamente, en el estómago. No dejo de vigilarla hasta que estoy segura de que está muerta. Corto las cuerdas de mis manos y mis pies, abro la puerta de la habitación, busco un teléfono y llamo a la policía. Cuando llegan me llevan al hospital, le explico todo cuanto mi mente puede recordar y es entonces cuando dejo que me venza el sueño.