El cadáver

Sonó un disparo y asesinó a sangre fría. Todo se quedó en el silencio más absoluto. La sangre manaba de la herida de bala como el agua de un río. El suelo se teñía de rojo y los ojos de la víctima observaban a su asesino. Unos ojos negros que ya no tenían ni un gramo de vida en su interior.

Fran tiró la pistola al suelo, sobre el charco de sangre. Sacudió sus manos y asomó la cabeza por la ventana de la habitación. La ciudad permanecía en calma. Nada se había alterado. Volvió a observar el cadáver del que una vez fue su hermano, pero en ese momento era un traidor. Un asqueroso marica.

Aunque siempre sospechó que había algo que no funcionaba como debía en su hermano, jamás hubiera pensado que sería homosexual. Para él era impensable. Cuando se lo contó creyó que Fran lo comprendería, que lo ayudaría. Y eso era lo que había hecho. Acabar con su vida era lo mejor que podía hacer por él.

Fulminó con la mirada el inerte y desnudo cuerpo, y caminó hacia la puerta. Sólo se tenían el uno al otro desde que sus padres murieron, pero era mejor estar sólo que acompañado de un monstruo.

Instinto asesino

La humedad se acumula en los cristales de las ventanas, mientras el bebé llora desconsoladamente. No para de berrear, sus mejillas se tiñen de un rojo intenso por el esfuerzo al mismo tiempo que observa la escena que se sucede a su alrededor sin que pueda hacer nada para remediarlo. Un intruso ha entrado en la casa, le ha hecho observar a la diminuta criatura como le clavaba un cuchillo en el estómago a su padre y ahora está arrancándole el cuero cabelludo a su madre para después hacerle lo mismo que a su padre. Entonces se acerca a él y, mientras le hace al pequeño lo mismo que a sus padres, lo reconoce. El intruso es su propio hermano.