Aquella palabra

Escribió aquella palabra en el cuaderno sin ningún tipo de remordimiento. Ya no había vuelta atrás, había contraído un compromiso consigo misma lo que hacía que no pudiera borrar lo que había escrito en la hoja.

Oyó como la puerta de su casa se cerraba, su madre acababa de llegar de trabajar. Cerró y guardó el cuaderno en su mochila y salió de la habitación para saludar a su madre y decirle que iba a seguir estudiando. Cerró la puerta de su habitación y volvió a abrir el cuaderno colocándolo sobre la mesa. Miró la página en blanco sin saber que seguir escribiendo, sin saber como explicar lo que estaba sintiendo. Empezaba a angustiarse por momentos, no podía dar marcha atrás, no en ese momento. Intentó escribir lo primero que se le pasara por la cabeza y así consiguió expresar todo lo que sentía por Tomás. Bajo todo el texto, que le ocupó dos páginas del cuaderno, encabezaba la primera palabra que había escrito, «enamorado».

De repente, oyó un débil llanto. Abrió la puerta silenciosamente y pegó el oído a la puerta de la habitación de sus padres. No le cabía duda, era su madre la que estaba llorando. Abrió la puerta intentando hacer el menor ruido posible, su madre no le oyó, estaba tumbada en la cama boca abajo, ocupando con su cuerpo toda la cama. Aunque no se la oía apenas llorar lo hacía de forma desconsolada. Se sentó en la cama, su madre lo miró con los ojos annegados en lágrimas y se incorporó para abrazarlo con todas sus fuerzas. Entre sollozos le confesó que su padre le había vuelto a engañar con una mujer. Eso le llenó de rabia, su madre era una mujer maravillosa que no se merecía que un hombre como su padre la engañara una y otra vez.

Sin embargo, no podía hacer nada. No paraba de decirle a su madre que tenía que dejarle, que su padre no la quería, igual que tampoco lo querría a él si supiera que era gay.

Momentos en los que necesitamos el desahogo

Me quedé observando el movimiento de las olas mientras los vaqueros se me llenaban de arena. No era capaz de estar más tiempo encerrada en mi habitación, pero necesitaba estar un rato a solas para que mi mente se despejara.

Era uno de esos días en los que me encontraba bastante deprimida, no me apetecía estar con nadie y me sentía como si quisiera salir de mi cuerpo para no volver a entrar en él.

Necesitaba un descanso, incluso de mí misma. De repente noté que alguien se sentaba a mi lado, pero no dijo nada, ni siquiera intentó llamar mi atención. Le miré de reojo y le pregunté por qué se sentaba a mi lado pero no me contestó. Supongo que también necesitaba un momento de soledad, así que me quedé en silencio mientras mirábamos hacia el mar.

Intenté evitar que mi mente divagara pero no podía detenerla. No podía evitar preguntarme que le había pasado a este hombre para que tuviera que sentarse en silencio junto a una desconocida, qué se le estará pasando por la cabeza, pero al mismo tiempo creía que él se estaría preguntando lo mismo sobre mí. Así que, sin saber por qué razón, le empecé a contar todo lo que me pasaba, por qué había ido allí, los problemas que tenía con mis padres, las peleas con mi novio y la incomprensión que sentía todo el mundo hacia mí.

Al terminar de contárselo todo, me quedé en silencio y a los pocos segundos el extraño hombre empezó a contarme lo que le ocurría: la reciente pérdida de su esposa, las discusiones son la familia de ésta por la herencia, el desprecio de esa familia hacia él, la persona que había cuidado a su mujer durante toda su enfermedad. A medida que me iba contando todo por lo que había pasado con su difunta esposa me daba cuenta de que, no es que mis problemas no tuvieran importancia, sino que eran problemas diferentes e igual de importantes, cada uno a su manera.

Ninguno de los dos opinó sobre los problemas del otro. Al terminar de hablar, cada uno se levantó y se marcharon el direcciones opuestas. Nunca más volvieron a verse, eran dos desconocidos en una playa que se desahogaron en un momento en el que lo necesitaban.