De noche en la arena

Dejé que la arena mojada besara mis pies y que el agua que dejaba las olas del mar me mojara la piel. El viento no paraba de mecer mi pelo y la luna llena iluminaba mi cuerpo, pero apenas era capaz de ver algo más allá.

Empecé a recordar la última vez que estuve en aquella playa. Los besos, las caricias, los orgasmos, los gemidos…Todo parecía tan idílico, tan bonito, no quería que ese momento se acabara nunca. Pero ese momento se acabó, y llegó el test de embarazo, un test que salió positivo y empezaron los gritos y las peleas, las discusiones y la imperiosa necesidad de echarle la culpa al otro.

Llegó el momento del parto y todo fue a peor hasta que llegó un día en el que recogió sus cosas y se marchó dejándonos a nuestra hija y a mí solos.  No me sentía preparado para afrontar sólo el momento de ser padre, pero también tenía la sensación de que no tenía que sentirme preparado, simplemente tenía que hacerlo.

En ese momento, volví a la realidad. Mi hija estaba jugando en la arena haciendo un castillo con uno de sus cubos. Sin tener una madre a su lado, se había convertido en una niña bondadosa y generosa con los demás, que se preocupaba por mí antes que por sí misma. A pesar de todo, creo que la mejor decisión que tomé fue la de enamorarme en esta playa, el lugar donde empezó todo.

Momentos en los que necesitamos el desahogo

Me quedé observando el movimiento de las olas mientras los vaqueros se me llenaban de arena. No era capaz de estar más tiempo encerrada en mi habitación, pero necesitaba estar un rato a solas para que mi mente se despejara.

Era uno de esos días en los que me encontraba bastante deprimida, no me apetecía estar con nadie y me sentía como si quisiera salir de mi cuerpo para no volver a entrar en él.

Necesitaba un descanso, incluso de mí misma. De repente noté que alguien se sentaba a mi lado, pero no dijo nada, ni siquiera intentó llamar mi atención. Le miré de reojo y le pregunté por qué se sentaba a mi lado pero no me contestó. Supongo que también necesitaba un momento de soledad, así que me quedé en silencio mientras mirábamos hacia el mar.

Intenté evitar que mi mente divagara pero no podía detenerla. No podía evitar preguntarme que le había pasado a este hombre para que tuviera que sentarse en silencio junto a una desconocida, qué se le estará pasando por la cabeza, pero al mismo tiempo creía que él se estaría preguntando lo mismo sobre mí. Así que, sin saber por qué razón, le empecé a contar todo lo que me pasaba, por qué había ido allí, los problemas que tenía con mis padres, las peleas con mi novio y la incomprensión que sentía todo el mundo hacia mí.

Al terminar de contárselo todo, me quedé en silencio y a los pocos segundos el extraño hombre empezó a contarme lo que le ocurría: la reciente pérdida de su esposa, las discusiones son la familia de ésta por la herencia, el desprecio de esa familia hacia él, la persona que había cuidado a su mujer durante toda su enfermedad. A medida que me iba contando todo por lo que había pasado con su difunta esposa me daba cuenta de que, no es que mis problemas no tuvieran importancia, sino que eran problemas diferentes e igual de importantes, cada uno a su manera.

Ninguno de los dos opinó sobre los problemas del otro. Al terminar de hablar, cada uno se levantó y se marcharon el direcciones opuestas. Nunca más volvieron a verse, eran dos desconocidos en una playa que se desahogaron en un momento en el que lo necesitaban.

Esa noche

La noche está levemente iluminada por las farolas en cada extremo de la calle. Mis pies caminan sobre la acera sin prisas. La brisa nocturna me acaricia el rostro y percibo un suave olor a mar y arena. Sin embargo, me encuentro muy alejada de la playa como para poder olerla, por lo que mi imaginación debe de estar haciendo de las suyas.

Sigo caminando con tranquilidad cuando oigo a mi espalda unos pasos apresurados y siento como una pequeña mano me rodea temblorosamente la muñeca con fuerza como si estuviera muerta de miedo. Comienzo a asustarme un poco, miro confundida a la persona que me ha agarrado, pero me tranquilizo un poco al ver que es una mujer.

-Tienes que ayudarme, por favor.

-¿Qué te ocurre? – le preguntó con el ceño fruncido.

-Hay un hombre que me está persiguiendo…

-No hace falta que me digas más. No te separes de mí, y camina despacio, que no note que sabemos que nos persigue.

Continuamos caminando despacio, intento que la chica se relaje hasta que encontremos la forma de perderle, sin embargo no lo consigo. La verdad es que yo en su lugar también estaría igual, ni siquiera sé que hacer para que nos deje tranquilas.

De pronto, caigo en lo que podemos hacer y en no haberlo pensado antes me hace sentir como una auténtica idiota. Pero no le digo a mi acompañante hacia dónde nos dirigimos, no quiero asustarla. Recuerdo levemente el camino hacia comisaría, dónde trabaja mi exnovia, pero no creo que le moleste verme aparecer por allí.

Percibo como el hombre se acerca cada vez más a nosotras, en ese momento soy yo la que se comienza a asustar, sin embargo, no quiero que esta chica vea lo asustada que estoy o entraremos las dos en pánico y entonces sí que estaremos jodidas. Llegamos al camino de piedras que hay detrás de la comisaría, parece que el tiempo pasa muy lentamente, lo que hace que me ponga muy nerviosa. A unos pocos metros veo el logotipo de la comisaría y poco a poco consigo calmarme. Por el rabillo del ojo veo como el hombre camina más despacio y retrocede lentamente para salir corriendo en la dirección contraria.

-Parece que ya estás a salvo – le digo al detenernos con una sonrisa de oreja a oreja.

-Muchas gracias. No sé cómo puedo agradecértelo – me dice con la mirada iluminada.

-No es nada. Cualquiera habría hecho lo mismo. Voy a llamar un taxi para que te lleve a casa.

-No hace falta – dice con un tono nervioso en la voz.

-No sé cómo tienes aún el valor de decir eso. Iré contigo, estoy cansada y mañana tengo que madrugar.

-Pero mañana es domingo.

-Aún así tengo que madrugar.

Esperamos al taxi al que acababa de llamar y al empezar a entablar conversación nos damos cuenta de que tenemos muchas cosas en común. Cuando ella se baja, creo que ninguna de las dos quiere separarse, pero en algún momento tenemos que hacerlo.

A veces de los peores momentos se sacan las mejores cosas.

La carta del baúl

Caminando entre los granos de arena dejo mi mente vagar por mis recuerdos. Mi mirada se queda perdida cuando mis pies chocan con algo duro. En un primer momento se me pasa por la cabeza que podría ser una roca. Sin embargo, lo que me encuentro es un pequeño baúl de madera. Me agacho lentamente y me siento de rodillas mientras alcanzo el baúl. Tiene un candado en la parte frontal, intento manipularlo con los dedos pero no puedo abrirlo. Agito los dedos y el candado se abre. Despacio, levanto la tapa del baúl y observo lo que hay dentro: una carta, la cuál saco con cuidado y la leo:

“Si estás leyendo esta nota es porque ya no estoy viva. Llevo en esta isla 3 años y lo he intentado todo para escapar. Me ha mordido un escorpión, supongo que no me quedará mucho de vida, así que llevaré esta carta conmigo a todas partes en el baúl de mi madre. Supongo que cuando alguien encuentre esta carta ya no habrá remedio para mi, pero quiero que de algún modo mi madre sepa que luché, que no me rendí.”

Arrugo la carta cerrando mi mano en un puño y me lanzo al mar. Agito las piernas hasta que aparece mi cola de sirena. Oteo todo el oceáno hasta ver una sombra en el fondo del agua, me acerco y encuentro el cuerpo de mi hija. La estrecho entre mis brazos y le doy un leve beso en los labios. Es entonces cuando abre los ojos y me da un gran abrazo. La ayudo a llegar a la superficie y tras llenar de oxígeno sus pulmones me da un abrazo tan fuerte y largo como si no hubiera un mañana. He recuperado a mi hija desaparecida.

Es lo que te mereces

Mientras camino sobre las rocas encojo mis pies por el frío del agua. El viento invernal ondea mi cabello, lo que no permite enfocar la vista en el paisaje. Me bajo de las rocas, para caminar por la tierra húmeda, sintiendo como el agua cristalina me alcanza las rodillas. De pronto, oigo a alguien que me llama, me giró rápidamente y veo a Damián, que se queda parado con la mirada fija en mi. Me dirijo a él, pero sin prisa, moviendo lentamente los pies, disfrutando de la sensación de sentir los pies helados mientras los muevo. Llego a la orilla, donde se encuentra Damián mirándome fijamente con los brazos cruzados. Me coloco en frente de él, nos miramos fijamente a los ojos y rápidamente nos pegamos para besarnos como si nos faltara el aire. Tiro a Damián al suelo y me coloco encima de él. Sigo besándole y cuando empieza a sonreír viene una ola y le ahogo en ella. Empieza a patalear, pero no le suelto hasta que no deja de moverse. Es entonces cuando me levanto y con una sonrisa de oreja a oreja me dirijo hasta la cabaña para quemarla. No me gusta dar explicaciones sobre mis acciones pero creo que en esta ocasión voy a disfrutar dándolas. Mi historia con Damián fue como cualquier película ñoña de amor, sin embargo terminó el día en el que no respetó mi decisión de no tener relaciones sexuales cuando tenía la menstruación, para ser más explícita, ME VIOLÓ, y fue en ese momento cuándo decidí vengarme.

Puede que no sea lo más ético, pero ha sido mi decisión porque no pensaba dejar que un hombre me mancillara y me humillara sin reaccionar.

Unos extraños crujidos

Observo como las olas del mar bailan un lento vals sobre la arena mojada. Sin embargo, mis pies desclazos notan la arena seca, suave y cálida, calentada por el sol de la mañana. En este momento es de noche, el azul del mar es más oscuro, y el marrón de la arena más intenso. Si tuviera el pelo más largo lo ondearía el viento, pero solo me seca los ojos y me hace pestañear con más frecuencia. No sé cómo he llegado aquí, en el lugar dónde vivo la playa está a cientos de kilómetros, ni siquiera recuerdo lo último que hice, por  más que me esfuerzo no lo consigo. A mi espalda oigo algunos crujidos, mis sentidos se intensifican y me entra un pequeño escalofrío, y sin embargo mi cuerpo se queda paralizado y por más que intento mover aunque sean mis dedos no puedo hacerlo. Vuelvo a oír los crujidos, esta vez con más intensidad, se van acercando cada vez más. Reuno la suficiente voluntad para girarme, y es en este momento cuando me arrepiento de hacerlo porque lo que veo me deja más paralizado todavía. Ante mis ojos aparece una criatura extraña: parece un humano pero empiezan a crecerle las uñas desmesuradamente, comienza a aparecerle pelo en los lugares donde hay piel, le lanza un aullido al cielo nocturno y los crujidos que había oído antes provienen de sus huesos…sus huesos se están rompiendo, todos y cada uno de ellos. Su mandíbula se alarga hasta formar un gran hocico, se coloca a cuatro patas y toma posición preparado para atacarme entonces…me despierto.

Me despierto en mi cama sentándome en ella y respirando agitadamente. Todo ha sido un sueño y lo recuerdo perfectamente, pero consigo calmarme aliviado de que todo haya sido una pesadilla, aunque horrible, solo una insignificante pesadilla. Todavía faltan un par de horas para que suene el despertador, por lo que me levanto y voy a la cocina para beber un vaso de agua fresca. Pero oigo tras de mi un gruñido y cuando me doy la vuelta un poco atemorizado veo a mi perro sentado sobre sus patas traseras y meneándo la cola enérgicamente. Aliviado, y sintiéndome un poco tonto, le acaricio la cabeza y me sigue hasta la cama.