Son mis cuadros

Sentada en uno de estos maravillosos sillones de terciopelo, observo los tesoros que se acumulan a mi alrededor. Joyas, cuadros, ilustraciones… Pero aunque son tesoros, no siento ningún apego por ellos, no los considero nada para mi aunque pueda permitírmelos. En realidad no pienso gastarme un céntimo, solo he venido aquí por una razón: hace dos días me llegó una carta de Giorgio en la que me decía que tenía que ir a la subasta de monte piedad, debía sentarme en el cuarto asiento de la sexta fila y quedarme sentada observando las joyas subastadas hasta que le viera aparecer.
La última vez que vine aquí estaba desesperada, no tenía nada más que las ediciones ilustradas que heredé de mi abuelo y, aunque me dolía desprenderme de ellas, tenía que sobrevivir. Las llevé a monte piedad y con lo que me dieron pude tener lo suficiente para vivir y empezar un proyecto que, con la ayuda adecuada, pude sacar adelante y me ha permitido vestir de gala como lo hago hoy. Pero cuando quise recuperar los libros de mi abuelo alguien ya lo había comprado…Giorgio. Fui a verle para proponerle una oferta para comprárselos pero se negó, le rogué incluso, y sin embargo no sirvió para nada.
De eso hace ya 6 meses. Me da un poco de mala espina que, a estas alturas, haya accedido pero tengo que intentarlo. La subasta empieza fuerte, collares, anillos, oro, plata, cuadros…veo pasar de todo ante mis ojos, aunque nada de ello me importa, solo pienso en recuperar lo que es mio. Noto un movimiento a mi izquierda y, sin girar la cabeza, me levanto y me dirijo hacia el vestíbulo. Noto como me sigue con una distancia prudencial hasta que llego a un despacho pequeña en la que entro.
– Me alegro de que hayas venido – dice Giorgio entrando en el despacho.
– ¿Has traído lo que me debes? – digo con un tono serio que denota las pocas ganas que      tengo de verle.
– ¿Por qué estás tan seria? Tendrías que estar contenta de verme, después de tanto tiempo.
– Dame lo que es mío y déjame en paz.
– Sólo te lo daré a cambio de una cosa.
– Basta de juegos. No pienso darte nada.
– Quiero que te cases conmigo
– Y yo quiero un chalet al lado de la playa y no lo tengo.
– Te estoy hablando en serio, Jo
– Y yo también, Giorgio
– Pensé que querías tus cuadros.
– Exacto
– Pues ya sabes lo que tienes que hacer
– No pienso ceder a tus chantajes
– Entonces nunca recuperarás los cuadros.
Apreté los labios frustrada y vi que solo tenía una opción.
– Está bien, lo haré
Le dije que antes de casarnos tendría que ver su casa, aproveche el momento en que fue al baño para atrancar la puerta y buscar los libros. Los encontré en el sótano, bajo su despacho, rápidamente los cogí todos y me los llevé.

Esa cafetería

Cuando entré en esa cafetería nunca creí que iba a encontrarme con lo que vi. Pensé que sería una cafetería más como las demás, pero estaba muy equivocada. En cuanto abrí la puerta me vi transportada a otro mundo: todos los muebles eran de una madera marrón oscura, las ventanas tenían marcos de madera, las paredes estaban cubiertas de fotos en blanco y negro, y la barra era minúscula. Pedí un café, un dulce y me senté en la primera mesa que vi. Tenía pensado ponerme a trabajar en el proyecto de fin de grado, sin embargo, en el momento en el que me senté no pude dejar de mirar a todas las personas que estaban en la cafetería. Todas las mujeres que estaban en la cafetería vestían largos trajes en los que no se les veía un solo trozo de piel, y los hombres enormes trajes con gabardinas. Mientras observaba con la boca abierta, una mujer se dio cuenta de que la miraba con extrañeza y rápidamente aparté la mirada acompañado de mi primer sorbo a la taza de café que se había quedado helado.

Entonces no quería creerlo, pero no tenía duda de lo que estaba pasando: al entrar en la cafetería me había transportado en el tiempo, no estaba segura de cuántos años, pero sabía que no era un tiempo cercano. Bajé la vista, me miré las piernas, y ya no estaban cubiertas por unos vaqueros sino por una extraña falda oscura que formaba parte de un vestido muy similar al de las otras mujeres que se encontraban en la estancia. Momentáneamente me di cuenta de que la mayoría de los hombres de dirigían a una puerta que se encontraba camuflada tras la estantería de las bebidas alcohólicas que había tras de la barra.

No pude resistir la tentación y con todo el disimulo que era capaz de aparentar me acerqué a la barra y desaparecí tras la puerta. Avancé a través de un gran pasillo oscuro hasta que llegué a una sala acristalada. Sin llegar a acercarme demasiado por miedo a que me descubrieran, miré a través del vidrio que brillaba tanto que parecía un espejo. Lo que vi me dejó anonadada.

Había lienzos en blanco, pinturas de todos los tipos y colores, y también había mujeres desnudas, pero no eran las típicas mujeres delgadas a las que estaba acostumbrada a ver, sino que eran mujeres gordas, a las que en mi actualidad todo el mundo desprecia, pero los pintores las miraban con admiración.

Estuve observando como las pintaban, la pasión con la que hacían los trazos se reflejaba en sus ojos… y era algo muy hermoso de ver.