En el parque de atracciones

Yaiza comenzó a pasearse por el parque de atracciones intentando caminar entre la gente, pero había demasiado ser humano en aquel lugar. Odiaba los lugares tan concurridos en los que apenas se podía respirar, por mucho que se estuviera al aire libre era asfixiante. Ya se había subido en cinco atracciones y se le había revuelto el estómago como si fuera un lavadora.

Se sentó en un banco que se había quedado libre y miró el móvil para ver si tenía algún mensaje que leer. Sus amigas se habían ido al cine a ver “El Legado de los huesos”. A Yaiza no le gustaba ir al cine, le parecía agobiante una sala oscura llena de gente desconocida. De repente un hombre de unos cuarenta años se sentó junto a ella y por el rabillo del ojo veía que no paraba de mirarla de forma babosa.

– ¿Quién eres? – le preguntó Yaiza cabreada deseando salir corriendo de aquel parque. Al menos sabía que con toda la gente que había en el parque no corría peligro de que le pasara algo malo.

– ¿Cómo? – preguntó aquel hombre confundido.

– ¿Por qué no paras de mirarme? ¿Acaso te conozco?

– ¿Qué pasa? ¿Está prohibido mirar? – le preguntó con mirada lasciva.

Yaiza tenía mucha rabia dentro, siempre era la misma excusa, estaba harta de tanto mirón, de tanto “¿Qué tiene de malo?”. El hombre se pegó más a ella, empezaba a sentir su aliento en su cuello. Instintivamente empezó a temblar, pero no podía dejar que ese desconocido se diera cuenta o entonces ya estaría perdida.

Cogió su teléfono con la intención de llamar a la policía para que se asustara y la dejara en paz, pero al ver sus intenciones le sujetó el brazo agarrándola por la muñeca.

– ¿Crees que me voy asustar de un tipejo como tú? No te tengo miedo. – Le dijo con voz intimidante y sin un ápice de temor en la mirada.

– No finjas que no estas deseando que te folle.

Tenía un nudo en la garganta, pero parecía que tenía un ángel detrás de ella. Una mujer se acercó a ellos y les preguntó si había algún problema. Yaiza aprovechó el despiste para soltarse de su agarre y ponerse junto a la mujer.

– No vuelva a acercarse a esta chica o pasará la noche entre rejas – le advirtió enseñándole la placa de policía.

Al fin pudo respirar tranquila, pero le pidió a la policía que la acompañara a la salida del parque de atracciones. Ya no podía fiarse ni de su sombra.

Falta de humanidad

Espero sentada en el banco azul, al mismo tiempo que intento escribir algo que valga la pena leer. A duras penas consigo escribir alguna letra que tenga sentido en este mar de incertidumbre. De pronto, oigo un grito: una chica cae tendida al suelo, no se mueve, no la veo respirar, y en ese momento, observo como aparece en su camisa una mancha roja que se extiende por todo su pecho. Nadie se mueve para intentar ayudarla, ni siquiera llaman a una ambulancia o a la policía, a no ser que estén escribiéndoles por whatsapp. Me acerco a ella despacio, me agacho para estar segura de que está muerta, pero eso no sirve de nada, no voy a poder devolverle la vida, no puedo hacer milagros. Me levanto lentamente y observo como todo el mundo se me ha quedado mirando, como si hubiera sido yo la que ha matado a la chica. Les miro fulminándoles con la mirada y me voy alejando mientras llamo a la policía. Ya sé sobre qué voy a escribir en el artículo. Nada mejor que la falta de humanidad para inspirarte.