Una nochebuena inesperada

Abraham estaba en la cocina terminando de preparar la cena de Nochebuena. Era su noche favorita ya que era el día que más tiempo pasaban juntos su hija Sophia y él. Era la única noche de las fiestas navideñas que pasaban solos y ellos aprovechaban para disfrutarla al máximo.
Mientras Sophia terminaba de preparar la ensalada, Abraham empezó a poner la mesa. El trabajar de camarero le había dado la mala costumbre de organizar la mesa como lo hacía en su trabajo, lo que a veces le hacía ganarse una reprimenda por parte de su hija. Sin embargo, un día era un día y no podía haber nada mejor que cenar con clase.
Tras sentarse a la mesa, empezaron a hablar de cómo le había ido durante el día, se rieron sobre las cosas que les habían pasado en la última semana y no podían evitar recordar en silencio a la persona que se marchó diez años antes. Terminaron el primer plato cuando llamaron a la puerta de forma insistente.

– Papá, ve tú. Yo me llevaré esto a la cocina.

Abraham se dirigió a la entrada de la casa con un mal presentimiento. Su intuición nunca le fallaba pero en ese momento lo que se le pasaba por la cabeza no era nada bueno. Así que cuando abrió la puerta su intuición no podía tener más razón.- Hola – dijo una mujer mirándole con timidez.Abraham se quedó bloqueado sin saber qué decir. Ante sí tenía a su mujer y madre de Sophia, Olivia, la persona que no sólo le había hecho daño a él sino que había roto el corazón de su hija.

– ¿Qué haces aquí? – le preguntó Abraham con dolor en la mirada.

– Vaya recibimiento.

– Te he hecho una pregunta – le repitió con dureza.

– Quiero volver a la vida de mi hija.

– ¿Crees que acaso tienes derecho a volver a ella? Han pasado diez años y llevas una década sin querer saber nada de tu hija. ¿Piensas que va a querer verte?

– Eso sólo puede decirlo ella.
A regañadientes la dejó entrar. Le indicó que Sophia estaba en el salón, Abraham decidió que Olivia entrara sola en el salón y se enfrentara con sus propios ojos al daño que le había hecho a Sophia con su marcha.

– Hola, Sophia.

– ¿Qué haces tú aquí? – le preguntó Sophia.

– He venido para que volvamos a estar juntas de nuevo.

– Ni en tus sueños. ¿Tú de que vas, tía? ¿Acaso te crees que por ser navidad puedes volver y que te recibiremos con los brazos abiertos? ¡Tú flipas!

Sophia se levantó de la silla y se fue a la entrada a buscar a su padre dejando a su madre sola en el salón. Olivia no podía sentirse más desconsolada en ese momento, pero poco más podía hacer. Enfadada, Sophia le pidió a su padre que echara a su madre de casa, pero Abraham, al ver lo mucho que estaba nevando en la calle, sabía que no podía echarla como si fuera un perro. Por ello, convenció a Sophia para que Olivia se quedara a cenar a cambio de que no hablara ni se dirigiera a ella.
Olivia cumplió su promesa, no dijo ni una sola palabra, sólo observaba lo que decían tanto Abraham como Sophia. Disfrutaba de la complicidad que tenían y empezó a sentir envidia de ello. Al terminar de cenar, Sophia se marchó a su habitación dando tal portazo que retumbó toda la casa. Olivia miró a Abraham con ternura.

– Tiene carácter – observó Olivia de forma pensativa.

– Sí, en eso es idéntica a ti – admitió Abraham con un suspiro mientras tomaba un sorbo de su copa de vino blanco.

– A mí no me ha servido de nada, he acabado perdiendo a mi hija – dijo Olivia mirándose los dedos entrelazados.

– Livy, todos cometemos errores – le dijo Abraham intentando consolarla. En el fondo, aunque le hubiera hecho tanto daño, le daba pena ver a su mujer así. Él estaría destrozado si Sophia dejara de hablarle.

– Siento todo lo que he hecho, Abraham. Siento haberos hecho tanto daño. Hasta que no he venido aquí no me había dado cuenta del dolor que os he causado.

– No quiero mentirte ni decirte nada diferente de lo que pienso, pero es verdad, podrías haber hecho las cosas de otro modo. No pensaste en nadie más que en ti, hiciste la maleta sin mirar atrás.

– No puedes culparme por querer ser egoísta – dijo Olivia con lágrimas en los ojos.

– No te culpo por ser egoísta. Te culpo por no decírmelo, por irte sin darnos una explicación, ni a nuestra hija ni a mí.

– Yo…lo siento…de verdad, Abraham.

– No tiene sentido que te disculpes ahora, pero sabes que a Sophia le va a costar bastante perdonarte, ¿sabes?

– Creo que no lo hará, si ha heredado toda la personalidad nunca me perdonará. Pero no merecerá la pena.

– ¿Por qué?

– Porque voy a volver a irme, sé que he dicho que quería volver a la vida de mi hija, pero en realidad sólo quería saber cómo estabais y al ver que os va bien creo que ya puedo irme tranquila sabiendo que no podéis estar mejor.
Abraham no tuvo palabras para decirle lo que sentía porque sabía muy bien que si decía lo que se le estaba pasando por la cabeza iba a arrepentirse durante mucho tiempo, así que prefirió callarse. Olivia se levantó y Abraham la acompañó a la puerta para que se marchara.

– Hasta siempre, Olivia – le dijo Abraham sin sonreír.

– Hasta siempre, Abraham – le respondió Olivia de espaldas.

Con un suspiro Abraham cerró la puerta y se apoyó en ella. Dejó que las lágrimas rodaban por sus mejillas antes de ir a ver a su hija. Lo que había tenido delante en las últimas horas había sido sólo un espejismo del pasado, algo que no iba a volver.
Entró en la habitación de Sophia y se la encontró leyendo “El retrato de Dorian Gray”, su lectura navideña favorita. La miró y le pidió que bajase con él al salón.
Se sentaron junto a la chimenea y contemplaron el árbol mientras cantaban en un tono suave villancicos. No había sido la Nochebuena que esperaban, pero la habían terminado de la mejor forma posible, como cada año.