Esos niños

Todo el mundo era feliz hasta que llegaron los niños. Habían pasado una mañana muy tranquila, los padres y sus amigos tenían una gran experiencia que iban a recordar durante mucho tiempo. Habían vuelto de nuevo a vivir lo que era tener veinte años, cuando no tenían que preocuparse por lo que iban a comer ese día o por la ropa que iban a ponerse los niños.

Dieron vueltas por el centro sin rumbo fijo entre risas, pero sabían que tarde o temprano iban a tener que volver a casa, a sus vidas adultas. Al llegar a casa todavía quedaban algunos minutos de paz antes de que los pequeños monstruitos llegaran.

Cuando los niños entraron por la puerta, todo se convirtió en una auténtica locura: empezaron a pedir comida, a dejarlo todo tirado por el suelo y fue entonces cuando comenzó el trabajo de los padres, y no pararon hasta que quedaron tan agotados del intenso día que cayeron redondos en la cama. Fue entonces, en la cama, con la mirada fija en el techo, cuando se dieron cuenta de que ya no eran unos adolescentes, eran unos padres con una responsabilidades, y esos niños dependían de ellos.

Es verdad que a veces sus hijos podían ser pesados y dar mucho trabajo, pero también merecía la pena tener a unos pequeños gremlins que les daban todo su amor y les buscaban cuando los necesitaban.