La primera regla

Marta se bajó los pantalones y la ropa interior y se sentó en la taza del inodoro de uno de los baños de la escuela a orinar. Mientras esperaba a que la orina terminara de salir se quedó mirando los garabatos que había en la puerta del baño, era curioso que cada día había más nombres escritos en ella, pensó Marta. Cogió un poco de papel higiénico y se limpió sus partes íntimas, miró el papel para doblarlo y tirarlo, pero vio que el papel no estaba manchado de pis como siempre, sino que estaba rojo. Miró sus braguitas y también estaban llenas de un color rojo, como si fuera sangre.

Levemente asustada, se subió los pantalones y volvió corriendo a clase como si lo que había visto en el baño hubiera sido un simple espejismo. Sin embargo, mientras la profesora explicaba el temario del día, Marta no podía dejar de pensar preocupada sobre lo que había visto en el baño al mismo tiempo que se retorcía de dolor en la zona del bajo vientre. Cuando al fin terminó la clase no habló con ninguno de sus compañeros, salió del colegio y buscó a su madre que siempre venía a recogerla después del trabajo. Apenas habló con su madre aparte de un par de monosílabos que no tenía ganas de decir, no quería decirle a su madre en plena calle lo que le pasaba.

Sin embargo, en cuanto su madre cerró la puerta de casa le pidió que la acompañara al baño.

– Mamá, mira mis bragas – le dijo Marta enseñándole su ropa interior.

– Tranquila, cariño. Es algo normal, te ha bajado la regla. Ya eres una mujer.

Marta se quedó callada. Marta no sabía qué era la regla. Marta no se sentía una mujer. Marta se sentía como lo que era, una niña de once años a la que le dolía la barriga, una niña que tenía que usar compresas desechables para no manchar ni la ropa ni el sofá de casa, una niña que tenía que tener cuidado de que nadie supiera que le había bajado la regla. Si eso era ser una mujer, prefería seguir siendo una niña.

Toy Story

La niña se despertó a medianoche desvelada. No le pasaba a menudo, pero cuando le ocurría no podía volver a dormirse, así que para no aburrirse buscó su conejo de peluche para jugar con él. Sin embargo, por más que lo buscaba por su habitación no había manera de que lo encontrara. Desilusionada, fue al salón para poner la tele, no estaba dispuesta a aburrirse, aún quedaban muchas horas de oscuridad.

Se sentó en el sofá, puso los dibujos del oso yogui y se quedó hipnotizada mirándolos hasta que oyó un ruido en la cocina. Se levantó y fue corriendo hasta la cocina. Seguro que era su padre que también se había desvelado, ahora podrían ver los dibujos juntos. Al acercarse a la entrada, vio a todos sus juguetes, los que había estado buscando por toda su habitación. Sin embargo, vio que ¡sus juguetes se estaban moviendo solos! ¡¿Cómo era eso posible?!, pensaba la niña. Se acercó a ellos.

– Hola – les dijo con total confianza y una sonrisa pintada en el rostro.

Todos ellos se dieron la vuelta siendo por primera vez conscientes de su presencia. Sus expresiones se tornaron enfadadas  y la niña se empezó a preguntar si había hecho algo para que se molestarán con ella. Los juguetes empezaron a susurrar entre ellos, la niña empezó a oír frases sueltas que decían como «sabe demasiado», «hay que deshacerse de ella» y «con discreción».

– ¿Os ocurre algo? – les preguntó empezando a preocuparse.

De repente oyó un portazo tras de sí. Su pequeño caballito de madera había cerrado la puerta, y el resto de sus compañeros la miraban de una forma que le empezó a asustar muchísimo. En grupo, empezaban a acercarsele y ella se estaba temiendo lo peor. Dos ositos de peluche le sujetaron los pies, lanzaron unas cuerdas que le rodearon las manos y, tirando de ellas, la desplomaron al suelo. La tenían totalmente inmovilizada y no pudo evitar echarse a llorar de puro terror.

– ¡Por favor, no me hagáis daño! Si os he hecho algo malo, ¡lo siento, no era mi intención! – sentía que no podía parar de llorar.

Los juguetes parecían ignorarla, era cómo si estuvieran totalmente hipnotizados y el cabecilla del grupo fuera su conejo de peluche, era él único que se había quedado apartado mirando. Le llamó, le pidió ayuda, pero lo único que conseguía era que se riera y que dijera que por fin iba a librarse de ella. Seguían tirando de las cuerdas que rodeaban sus extremidades, no dejaba de sentir dolor y cuando ya no pudo soportarlo más se desmayó. Los muñecos no pararon de tirar de las cuerdas hasta que le consiguieron arrancarle las extremidades y entonces desaparecieron del lugar dejando el cadáver inerte de la niña.