El hombre afortunado

Lisa se encontraba caminando con tal alegría entre la tarde nevada de aquel frío diciembre que parecía que fuera saltando. Al fin había encontrado trabajo después de tantas entrevistas y era su época favorita del año: Navidad. Adoraba recorrer las calles iluminadas por las luces de brillantes colores y el olor a castañas asadas que le hacía salivar.

De repente, su alegría se paralizó unos instantes. Sentado en un banco había un hombre sucio y harapiento que sostenía en la mano un plato con unas pocas monedas. Lisa no pudo evitar acercarse a él cuando la observó con una apenada mirada. El hombre pensaba que le daría algo de dinero, como hacía el resto de personas invadidas por la generosidad navideña. Sin embargo, Lisa le cogió de la mano y le pidió que la acompañara a su casa. Pensaba darle un techo y toda la comida que le apeteciera. El hombre la obedeció y se encaminaron juntos mientras le daba las gracias por su hospitalidad.

Pero, Lisa no quería que se las diera. Sabía lo que era pasar hambre y frío en la calle. En su día, a ella le hubiera gustado que alguien hubiera hecho lo mismo por ella.

Vecino: amante e infiel.

Marisa caminaba dejando las huellas de sus zapatos en la nieve. Se acercó a la valla que separaba su nevado jardín del de su vecino. Sus padres aún estaban dormidos y la llave para abrir la valla estaba en su habitación. Sin embargo, no podía entrar para cogerla ya que ambos tenían el sueño. Pero aquello no supuso un problema para la menuda morena ya que le llegaba a la altura del ombligo.

Pasó una pierna por encima de la valla y luego pasó la otra. Caminó hasta la casa de su vecino. Subió al porche y dio un par de golpes secos a su puerta. Nadie contestó. Nadie acudió a la puerta, pero ésta estaba entreabierta. Marisa era conocedora de que aquello estaba mal. No se tenía que entrar en casas ajenas sin que el dueño le diera permiso. Sin embargo, no era la primera vez que iba a aquella casa y no precisamente para jugar a los médicos con su maduro vecino.

Se adentró en el interior de la casa. Recorrió las habitaciones hasta llegar a la quinta del pasillo, donde había retozado otras veces con su vecino. La puerta estaba entreabierta como la principal. De su interior se oían gemidos y jadeos y, aunque sabía lo que estaba pasando exactamente dentro de aquellas cuatro paredes, abrió la puerta y miró en su interior.

Su vecino y amante estaba en la cama haciéndole a una mujer todo lo que tantas veces le había hecho a Marisa. Él estaba abajo mientras la mujer lo montaba. Él estaba mirando a Marisa y, en lugar de sentirse arrepentido y avergonzado, la observaba con una sonrisa de tal calibre que daba la sensación de que quería que su vecina lo pillara. Con un gesto de la mano le indicó que se uniera a ellos.

Por unos segundos Marisa se sintió tentada de obedecerle. Se imaginó a los tres en la cama, la lujuria se apoderó de ella por unos instantes y se hubiera unido si no hubiera sentido por su vecino nada más allá de lo carnal. Sin embargo, aquel no era el caso. Impasible, Marisa se dio la vuelta y regresó a su casa al doble de velocidad de lo que había tardado en llegar a la casa de su vecino.

Se metió en la cama repitiéndose a sí misma que aquello no iba a quedar así. Que su vecino iba a aprender una lección.

Se llama navidad

¡Felices Fiestas a tod@s! Espero que estéis pasando unas estupendas vacaciones de navidad y estéis disfrutando de vuestras familias. Por ello, os traigo un microrrelato conmemorando este día tan especial. Bss.

                                                                                                                               Alejandra Romero

Los copos de nieve caen lentamente sobre el suelo. Desde mi hogar bajo un cartón puedo ver como todo el mundo se marcha a casa tras estar toda la mañana jugando en el helado exterior. Con mis sandalias andrajosas salgo al invierno exterior, dejo que el frío invada mis pies. A lo lejos me parece ver un pequeño barco atrancado, pero al pestañear desaparece. Empiezo a dejar de sentir mis piernas y a marearme, cuando un niño pequeño, con más capas que una cebolla, se acerca a mí y me ofrece unas botas de invierno. Ha llegado la Navidad.