El hombre afortunado

Lisa se encontraba caminando con tal alegría entre la tarde nevada de aquel frío diciembre que parecía que fuera saltando. Al fin había encontrado trabajo después de tantas entrevistas y era su época favorita del año: Navidad. Adoraba recorrer las calles iluminadas por las luces de brillantes colores y el olor a castañas asadas que le hacía salivar.

De repente, su alegría se paralizó unos instantes. Sentado en un banco había un hombre sucio y harapiento que sostenía en la mano un plato con unas pocas monedas. Lisa no pudo evitar acercarse a él cuando la observó con una apenada mirada. El hombre pensaba que le daría algo de dinero, como hacía el resto de personas invadidas por la generosidad navideña. Sin embargo, Lisa le cogió de la mano y le pidió que la acompañara a su casa. Pensaba darle un techo y toda la comida que le apeteciera. El hombre la obedeció y se encaminaron juntos mientras le daba las gracias por su hospitalidad.

Pero, Lisa no quería que se las diera. Sabía lo que era pasar hambre y frío en la calle. En su día, a ella le hubiera gustado que alguien hubiera hecho lo mismo por ella.

Último día del año

¡¡Buenas tardes a todos!!

Ya estamos a final de año otra vez y quería hacer un balance de este 2019.

Comencé enero con muchas ganas, quería seguir haciendo deporte, comer sano, mandar correos a editoriales para publicar mi novela, publicar en el blog todas las semanas…

Sin embargo, los meses fueron pasando y tuve que dejar uno de los cursos que estaba haciendo debido a que mis dolores de espalda eran demasiado fuertes. Meses más tarde, también tuve que dejar de escribir en el blog, primero por los dolores de espalda y segundo porque tenía que empezar a estudiar de nuevo y no me daba tiempo a llevarlo todo.

Por suerte, pude terminar de escribir mi novela, la pude revisar dos veces y comencé a enviarla a editoriales, pero me acabé desilusionando debido a que las editoriales no me respondían o se negaban a publicar mi novela.

Los meses fueron pasando hasta que llegó septiembre y con él el volver a estudiar de nuevo, el volver a tener una rutina y unas obligaciones que mantenían mi mente ocupada, era justo lo que necesitaba y me di cuenta de que, aunque en la universidad me había costado muchísimo aprobar y me había llevado algún suspenso, era sobradamente capaz de dar el 100% por mucho que los dolores de espalda me superaran de vez en cuando.

Dicho esto, puedo afirmar que me ha gustado mucho más cómo ha terminado este año que como terminó el 2018, cuando me sentía totalmente perdida e incomprendida por todo el mundo. Ahora mismo tengo claras muchas más cosas.

 

Contadme, ¿qué tal ha sido vuestro año?

 

¡¡FELIZ NOCHEVIEJA!! ¡¡FELIZ 2020!!

 

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Una nochebuena inesperada

Abraham estaba en la cocina terminando de preparar la cena de Nochebuena. Era su noche favorita ya que era el día que más tiempo pasaban juntos su hija Sophia y él. Era la única noche de las fiestas navideñas que pasaban solos y ellos aprovechaban para disfrutarla al máximo.
Mientras Sophia terminaba de preparar la ensalada, Abraham empezó a poner la mesa. El trabajar de camarero le había dado la mala costumbre de organizar la mesa como lo hacía en su trabajo, lo que a veces le hacía ganarse una reprimenda por parte de su hija. Sin embargo, un día era un día y no podía haber nada mejor que cenar con clase.
Tras sentarse a la mesa, empezaron a hablar de cómo le había ido durante el día, se rieron sobre las cosas que les habían pasado en la última semana y no podían evitar recordar en silencio a la persona que se marchó diez años antes. Terminaron el primer plato cuando llamaron a la puerta de forma insistente.

– Papá, ve tú. Yo me llevaré esto a la cocina.

Abraham se dirigió a la entrada de la casa con un mal presentimiento. Su intuición nunca le fallaba pero en ese momento lo que se le pasaba por la cabeza no era nada bueno. Así que cuando abrió la puerta su intuición no podía tener más razón.- Hola – dijo una mujer mirándole con timidez.Abraham se quedó bloqueado sin saber qué decir. Ante sí tenía a su mujer y madre de Sophia, Olivia, la persona que no sólo le había hecho daño a él sino que había roto el corazón de su hija.

– ¿Qué haces aquí? – le preguntó Abraham con dolor en la mirada.

– Vaya recibimiento.

– Te he hecho una pregunta – le repitió con dureza.

– Quiero volver a la vida de mi hija.

– ¿Crees que acaso tienes derecho a volver a ella? Han pasado diez años y llevas una década sin querer saber nada de tu hija. ¿Piensas que va a querer verte?

– Eso sólo puede decirlo ella.
A regañadientes la dejó entrar. Le indicó que Sophia estaba en el salón, Abraham decidió que Olivia entrara sola en el salón y se enfrentara con sus propios ojos al daño que le había hecho a Sophia con su marcha.

– Hola, Sophia.

– ¿Qué haces tú aquí? – le preguntó Sophia.

– He venido para que volvamos a estar juntas de nuevo.

– Ni en tus sueños. ¿Tú de que vas, tía? ¿Acaso te crees que por ser navidad puedes volver y que te recibiremos con los brazos abiertos? ¡Tú flipas!

Sophia se levantó de la silla y se fue a la entrada a buscar a su padre dejando a su madre sola en el salón. Olivia no podía sentirse más desconsolada en ese momento, pero poco más podía hacer. Enfadada, Sophia le pidió a su padre que echara a su madre de casa, pero Abraham, al ver lo mucho que estaba nevando en la calle, sabía que no podía echarla como si fuera un perro. Por ello, convenció a Sophia para que Olivia se quedara a cenar a cambio de que no hablara ni se dirigiera a ella.
Olivia cumplió su promesa, no dijo ni una sola palabra, sólo observaba lo que decían tanto Abraham como Sophia. Disfrutaba de la complicidad que tenían y empezó a sentir envidia de ello. Al terminar de cenar, Sophia se marchó a su habitación dando tal portazo que retumbó toda la casa. Olivia miró a Abraham con ternura.

– Tiene carácter – observó Olivia de forma pensativa.

– Sí, en eso es idéntica a ti – admitió Abraham con un suspiro mientras tomaba un sorbo de su copa de vino blanco.

– A mí no me ha servido de nada, he acabado perdiendo a mi hija – dijo Olivia mirándose los dedos entrelazados.

– Livy, todos cometemos errores – le dijo Abraham intentando consolarla. En el fondo, aunque le hubiera hecho tanto daño, le daba pena ver a su mujer así. Él estaría destrozado si Sophia dejara de hablarle.

– Siento todo lo que he hecho, Abraham. Siento haberos hecho tanto daño. Hasta que no he venido aquí no me había dado cuenta del dolor que os he causado.

– No quiero mentirte ni decirte nada diferente de lo que pienso, pero es verdad, podrías haber hecho las cosas de otro modo. No pensaste en nadie más que en ti, hiciste la maleta sin mirar atrás.

– No puedes culparme por querer ser egoísta – dijo Olivia con lágrimas en los ojos.

– No te culpo por ser egoísta. Te culpo por no decírmelo, por irte sin darnos una explicación, ni a nuestra hija ni a mí.

– Yo…lo siento…de verdad, Abraham.

– No tiene sentido que te disculpes ahora, pero sabes que a Sophia le va a costar bastante perdonarte, ¿sabes?

– Creo que no lo hará, si ha heredado toda la personalidad nunca me perdonará. Pero no merecerá la pena.

– ¿Por qué?

– Porque voy a volver a irme, sé que he dicho que quería volver a la vida de mi hija, pero en realidad sólo quería saber cómo estabais y al ver que os va bien creo que ya puedo irme tranquila sabiendo que no podéis estar mejor.
Abraham no tuvo palabras para decirle lo que sentía porque sabía muy bien que si decía lo que se le estaba pasando por la cabeza iba a arrepentirse durante mucho tiempo, así que prefirió callarse. Olivia se levantó y Abraham la acompañó a la puerta para que se marchara.

– Hasta siempre, Olivia – le dijo Abraham sin sonreír.

– Hasta siempre, Abraham – le respondió Olivia de espaldas.

Con un suspiro Abraham cerró la puerta y se apoyó en ella. Dejó que las lágrimas rodaban por sus mejillas antes de ir a ver a su hija. Lo que había tenido delante en las últimas horas había sido sólo un espejismo del pasado, algo que no iba a volver.
Entró en la habitación de Sophia y se la encontró leyendo “El retrato de Dorian Gray”, su lectura navideña favorita. La miró y le pidió que bajase con él al salón.
Se sentaron junto a la chimenea y contemplaron el árbol mientras cantaban en un tono suave villancicos. No había sido la Nochebuena que esperaban, pero la habían terminado de la mejor forma posible, como cada año.

Se llama navidad

¡Felices Fiestas a tod@s! Espero que estéis pasando unas estupendas vacaciones de navidad y estéis disfrutando de vuestras familias. Por ello, os traigo un microrrelato conmemorando este día tan especial. Bss.

                                                                                                                               Alejandra Romero

Los copos de nieve caen lentamente sobre el suelo. Desde mi hogar bajo un cartón puedo ver como todo el mundo se marcha a casa tras estar toda la mañana jugando en el helado exterior. Con mis sandalias andrajosas salgo al invierno exterior, dejo que el frío invada mis pies. A lo lejos me parece ver un pequeño barco atrancado, pero al pestañear desaparece. Empiezo a dejar de sentir mis piernas y a marearme, cuando un niño pequeño, con más capas que una cebolla, se acerca a mí y me ofrece unas botas de invierno. Ha llegado la Navidad.