El cadáver

Sonó un disparo y asesinó a sangre fría. Todo se quedó en el silencio más absoluto. La sangre manaba de la herida de bala como el agua de un río. El suelo se teñía de rojo y los ojos de la víctima observaban a su asesino. Unos ojos negros que ya no tenían ni un gramo de vida en su interior.

Fran tiró la pistola al suelo, sobre el charco de sangre. Sacudió sus manos y asomó la cabeza por la ventana de la habitación. La ciudad permanecía en calma. Nada se había alterado. Volvió a observar el cadáver del que una vez fue su hermano, pero en ese momento era un traidor. Un asqueroso marica.

Aunque siempre sospechó que había algo que no funcionaba como debía en su hermano, jamás hubiera pensado que sería homosexual. Para él era impensable. Cuando se lo contó creyó que Fran lo comprendería, que lo ayudaría. Y eso era lo que había hecho. Acabar con su vida era lo mejor que podía hacer por él.

Fulminó con la mirada el inerte y desnudo cuerpo, y caminó hacia la puerta. Sólo se tenían el uno al otro desde que sus padres murieron, pero era mejor estar sólo que acompañado de un monstruo.

Muerte por miedo

Denis miró a su alrededor como si fuera la primera vez que se despertaba en aquella habitación. Observó las sombras que proyectaban los objetos que cubrían todo el lugar, no le parecían peligrosas, ya que no era la primera vez que las veía, pero tampoco se sentía seguro con ellas junto a él. Deslizó los pies en el interior de sus zapatillas de estar por casa, sigilosamente, avanzó por la habitación hasta llegar a la puerta y la cerró cuando cruzó el umbral. Aunque sentía que podía respirar tranquilo unos segundos, sabía que no podía permitirse confiar demasiado en ese lugar que llamaban casa.
Intentó serenarse un poco, diciéndose que todo lo que estaba percibiendo eran sólo imaginaciones suyas y que lo único que necesitaba era tomarse un vaso de leche con un calmante e irse a la cama. Sin embargo, en cuanto pisó el suelo del pasillo que le iba a llevar hasta la cocina sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo y le hizo girar la cabeza en dirección a la puerta principal, tras la cual se podían oír unos extraños ruidos que provenían del exterior de su casa.
Como si estuviera en una especie de trance, avanzó lentamente hacia la puerta y no se detuvo hasta posar la mano sobre el pomo. Estaba muerto de miedo, pero no podía evitar que la curiosidad, esa que a veces podía resultar tan mortal, le arrastrara hacia el exterior, por muchas ganas que tuviera de esconderse en su habitación, como cuando era pequeño en esos momentos en los que sus padres se acababan lanzando la vajilla de la cocina, literalmente.
Se tomó unos segundos para respirar hondo mientras estaba con los ojos cerrados, intentando reunir el valor suficiente para atreverse a girar el pomo de una vez por todas. Empezó a levantar los párpados a la vez que giraba el pomo y una vez abierta la puerta no pudo volver a cerrar los ojos por lo que tenía ante sus ojos.
En su corta vida Denis jamás había visto tanta destrucción. Apenas podía creer que pocas horas antes había vuelto del trabajo caminando por su césped perfectamente limpio y cortado y en ese momento lo único que podía verse eran restos de hierba quemada mezclados con piel, huesos y sangre humana. Empezaba a sentir que se mareaba por momentos, quería creer que estaba en un mal sueño, pero por mucho que se pellizcara el brazo como Alicia en el País de las Maravillas temía que no iba a poder despertarse. Avanzó temeroso, esquivando algún que otro fragmento del cráneo de alguno de sus vecinos.
Tuvo que apoyarse en uno de los árboles que tenía más cercano a él para no caerse al suelo, sentía que todo le daba vueltas y no pudo evitar vaciar el contenido de su estómago entre sus pies al ver a un gato muerto separado de su pellejo. Denis había acariciado muchas veces a ese lindo gato cuando había visitado a su amigo Marcos. Marcos. ¿Dónde estaría su vecino y amigo? Existía la posibilidad de que le hubiera pasado algo, si había matado a su gato era muy probable que le hubieran hecho algo a Marcos. Con las pocas fuerzas que tenía, caminó como pudo hasta la casa de su vecino.
La casa de Marcos estaba a cien metros de la suya, no era un camino muy largo, normalmente no le llevaba más de cinco minutos, pero se encontraba demasiado asustado y mal como para caminar más deprisa. Tras lo que le pareció veinte minutos, suspiró de alivio y cansancio al encontrarse delante de la casa de su amigo. No estaba preparado para lo que podía encontrarse al abrir la puerta de su casa. Avanzó hacia la entrada, la puerta estaba abierta, como si alguien la hubiera forzado, pero la cerradura estaba intacta. Era posible que Marcos se hubiera olvidado de cerrarla al volver a casa. Sin darse cuenta, Denis aguantó la respiración, tenía el corazón pegado a la garganta mientras empujaba la puerta.
Apenas había avanzado un par de pasos cuando percibió un fuerte olor a podrido que hizo que le empezaran a lagrimear los ojos y antes de que se diese cuenta tenía un cadáver clavándole los putrefactos dientes en el cuello. Denis empujó como pudo al cadáver, pero perdió el equilibrio y aterrizó en el suelo sintiendo que todo se volvía negro.
Denis abrió los ojos despertándose de la pesadilla con la respiración agitada. Se levantó de la cama y, como si el suelo le quemara, fue corriendo hasta la puerta principal para comprobar si su jardín estaba tan destrozado como en la pesadilla que acababa de tener. Respiró aliviado al comprobar que todo había vuelto a la normalidad, el césped estaba tan limpio como siempre pero al cerrar la puerta y mirarse en el espejo de la entrada vio que su reflejo era el de un muerto viviente.

La maldición familiar

Se reunió toda la familia como hacía cada año. El salón estaba totalmente iluminado con las luces del árbol de navidad, la mesa estaba repleta de comida y todos se sentaron alrededor de ella para comenzar a cenar. En aquel salón se encontraban desde los abuelos de la familia hasta los nietos de pocos meses de vida y todos estaban en tensión. Sabían que en cualquier momento la maldición iba a cernirse sobre ellos, como ocurría siempre que se encontraban juntos.

Desde hacía muchos siglos, sobre la familia se cernía la misma maldición. En cada ocasión en la que se encontraban todos los miembros de la familia con vida juntos siempre sucedía un fenómeno sobrenatural que hacía que alguno de ellos dejara de vivir. No sabían de dónde procedía tal hecho, pero de lo que sí estaban seguros era de que esa noche uno de los presentes iba a morir. Absolutamente todos estaban preparados para lo peor. El hijo menor de la familia miró a sus dos hijas recién nacidas. Eran gemelas y apenas tenían un par de meses de vida. Observó a sus hermanos, comían tranquilamente el pescado que la criada de su madre había cocinado, pero se les notaba el temblor del miedo en las manos.

Las luces del techo empezaron a parpadear como si del guiño de un ojo se tratara hasta que todo se quedó oscuro. Nadie hizo un sólo ruido, sabían que el momento había llegado. Cuando al fin se volvió a hacer la luz todos pudieron ver cómo el carro en el que se encontraban las nietas recién nacidas había desaparecido. La madre empezó a gritar desconsoladamente como si algo la hubiera poseído mientras señalaba el centro de la mesa manchado de sangre. Nadie reaccionó, nadie más hizo un sólo ruido a excepción del padre de las niñas que comenzó a llorar en absoluto silencio tragándose las lágrimas.

Cádaveres nocturnos

En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos donde llegamos al atardecer. No sabíamos lo que nos íbamos a encontrar, pero atravesamos la plaza rapidamente hasta llegar a la iglesia. Nos quedamos dentro hasta que la luna se veía desde todos los ángulos que alcanzaba la vista. Mi hermana y yo salimos al exterior armadas con una pistola mojada en agua de la iglesia y un arco bañado en las cenizas de un cádaver. Avanzamos con pasos cautelosos, yo vigilando nuestra derecha y mi hermana nuestra izquierda. De pronto, oigo un chasquido por mi lado pero la oscuridad no nos facilita el trabajo, dejo que Anna siga vigilando mientras yo avanzo intentando averiguar que ha producido ese ruido. En ese momento, noto una suave brisa que me roza el hombro. Los muertos de han despertado. Lanzo mi mirada al cielo y veo como van desapareciendo las estrellas y el color del cielo pasa de un azul oscuro a un negro azabache dejando a esta ciudad iluminada solo por el reflejo de la luna. Mi giro buscando a Anna pero ha desaparecido y justo en mi espalda noto un susurro y al girarme encuentro lo que estaba buscando: tres cadáveres perfectamente conservados se acercan a mi cogeando levemente, pero antes de que puedan llegar a alcanzarme les disparo dos flechas a cada uno con lo que caen al suelo instántaneamente. Oigo unos gruñidos y sigo el sonido hasta que llego a mi hermana que está siendo atacada y asfixiada por un viejo cádaver descompuesto, los más poderosos, así que alcanzo su metralleta tirada en el suelo y le disparo hasta que cae inerte al suelo. Ayudo a Anna a levantarse y nos preparamos para la siguiente ronda.