La sombra

Me levanto de la cama al escuchar un extraño crujido. Intento agudizar el oído, pero ahora no consigo oír nada. Recorro la casa, miro por todos los rincones y, cuando estoy a punto de darme por vencido y volver a la cama, veo una sombra de reojo detrás de la ventana.

Me acerco despacio, abro la ventana y la única sombra que puedo ver es la del naranjo. Respiro con tranquilidad al ver que son imaginaciones mías, pero al darme la vuelta tengo enfrente de nuevo a la sombra.

El corazón se me detiene y de repente noto que no puedo respirar, el aire no llega a mis pulmones, creo que es la sombra, está intentando matarme.

– Por favor, no me mates – le suplico malgastando el poco aire que me queda en los pulmones.

La sombra se acerca a mí y deja de ser una sombra para mostrarse tal y cómo es: un monstruo. Su piel es amarillenta y rugosa, sus ojos son saltones y su boca está llena de colmillos en lugar de dientes, además, su cuerpo es esquelético, cubierto por una oscura túnica. Observa como me ahogo con cara de satisfacción.

– Tienes lo que te mereces.

Apenas oigo lo que el monstruo me dice, ya no me queda oxígeno y al desmayarme lo último que veo es al monstruo con una guadaña en la mano acercándose aún más a mí.

¿Qué le pasó a tu hermana?

Abrió la puerta con una sonrisa cubriéndole el rostro, pero desapareció tras enseñarle una carta que sostenía en mi mano. Intentó arrebatármela, sin embargo, yo fui más rápida apartándome.

-¿No tienes nada que explicarme? – dije cruzándome de brazos.

-Pasa.

Entré dando furiosas pisadas. En el sobre había una sola hoja en blanco en la que ponía un nombre escrito a mano: “Elena Ramírez Zamarreño”. No me costó mucho atar cabos para saber que era su hermana, pero nunca le hablaba de ella, como si quisiera ocultar algo.

-¿Qué le ocurrió?

-¿Cómo?

-¿Qué le ocurrió a tu hermana?

-¿Para que quieres saberlo? – dijo mientras se servía algo que parecía whisky.

-Deja de intentar irte por las ramas, dime de una vez qué es lo que le pasó.

-Está bien, siéntate – dijo con un leve suspiro – Todo empezó el día que mi hermana encendió una cerilla, había comprado unas velas aromáticas y quería probarlas. No me interesó demasiado hasta que me dijo que las había comprado en una tienda de zapatos y que se las recomendó una amiga camarera que se había encontrado en la biblioteca. Nada de lo qu eme decía tenía sentido, así que un día la seguí hasta un hostal. No me pareció nada raro, ya que últimamente decía que estaba buscando trabajo. Sin embargo, lo más curioso era que no fue a la recepción ni a ninguna de las habitaciones, sino que se dirigió a un sótano. Entré tras ella en él y me quedé pegado a la pared. Ella caminaba como si estuviera en una especie de trance, pero yo no podía hacer nada, era como si mi cuerpo se hubiera paralizado. Mi hermana siguió caminando hasta un pozo dónde había una chica rubia que estaba sonriendo. Me dijo algo al oído y segundos después se tiró al fondo del pozo.

Evité hacer ruido, pero no que las lágrimas empezaran a correr por mi rostro por la hermana que había perdido en cuestión de segundos y lo peor es que no había hecho nada para intentar evitarlo. Me había quedado pegado a la pared, en silencio, sin hacer nada, como un vulgar bicho. Por eso, nunca hablo contigo de ella, me avergüenza lo que hice, o más bien lo que no pude hacer.

-Lo siento, siento haberte presionado.

-Es normal, querías saberlo, lo entiendo.

Le abracé rodeando su cintura con mis brazos. Le creía, pero había algo que no encajaba. La historia era demasiado fantástica. Sin embargo, cerré los ojos y le seguí abrazando.

La madre que quiso tener

Arrojó la carta al fuego e ignoró las órdenes. La orden de su madre de que no volviera a aparecer por casa. Su madre le había prohibido volver a entrar en su casa, no decía la razón pero él sabía cuál era.  Por esto decidió coger algunas cosas que sabía que iba a necesitar y se fue hacia la casa de su madre. Llegó en cuestión de minutos y, sin llamar al timbre, abrió la puerta y se dirigió a la habitación de su madre.

-¿Qué haces aquí? ¿No te dije que no aparecieras por aquí? – dijo con una débil voz intentando ser dura, cosa díficil en sus circunstancias.

Él se quedó observándola con los ojos annegados en lágrimas. No tenía ni idea de lo enferma que se encontraba pero allí estaba, a punto de abandonar este mundo y sola, después de todo lo que había sacrificado, sin embargo él no iba a permitirlo, no podía dejar que sucediera esa injusticia. Se sentó en el sillón que había junto a la cama y la miró a los ojos unos segundos antes de hablar.

-¿Recuerdas cuándo tuve el accidente de coche y no te separaste de mí ni un sólo segundo hasta que pude volver a caminar? ¿Recuerdas cuando mi hijo murió y no te rendiste hasta volver a hacerme sonreír de nuevo? ¿Recuerdas cuándo me enseñabas de pequeño que a las buenas personas nunca hay que darles la espalda?

-No quiero que tu último recuerdo de mí sea como me muero. Que cada vez que pienses en mí veas esta cara – dijo señalándose el rostro. Él le cogió la mano y se la apretó fuertemente.

-¿No entiendes que es imposible que ese sea el único recuerdo que perdurará? He vivido contigo desde que era un renacuajo, tengo montones de recuerdos maravillosos. Así que si ese es tu mayor temor puedes estar tranquila.

Sus ojos se llenaron de unas lágrimas que en ningún momento se derramaron. No se soltaron las manos, estuvieron todo el tiempo hablando entre susurros recordando los buenos momentos, los no tan buenos y las cosas de las que se habían arrepentido a lo largo de los años.  Pararon de susurrar cuando las fuerzas de ella empezaron a fallar. Lo último que le dijo fue “Cuídate”, y cerró los ojos para no volver a abrirlos.

Él se puso de rodillas junto a ella y lloró por la mujer que se había ido, la madre que le hubiera gustado tener.

¿Te lo esperabas?

Te voy a contar una breve historia en la que los personajes buenos no existen, pero los malos tampoco. No existe distinción entre el cielo y el infierno, todo el trabajo lo tendrás que hacer tú, querido lector, así que allá va.

Erase una vez un cura que un día al levantarse como de costumbre notó que no le apetecía preparar el sermón para la misa del domingo, tampoco quería escuchar los pecados de los fieles que buscaban consuelo en el perdón del señor, decidió que lo que realmente quería era ganar dinero, mucho dinero, tanto que no le cupiera en los bolsillos. Con esto en mente, se vistió cogió todo el dinero que encontró en la iglesia de las donaciones y salió de la misma. Le llevó un poco de tiempo, pero con paciencia logró montar una empresa cuya actividad consistía en ayudar a personas que no disponían de medios para sobrevivir. Sin embargo, lo que en realidad hacía era convencer a los que acudían a él para que le dejaran el dinero que tenían y no volvían a ver al cura, quedándose a dos velas.

Un día llegó a su despacho una mujer con el cuerpo lleno de moratones, pidiéndole protección ya que su marido la buscaba. Como de costumbre le volvió a pedir dinero y le ofreció un hotel para pasar un tiempo del que era dueño. Al atardecer, justo antes de irse a casa, sonó el teléfono.

– ¿Diga?

– ¿Es el padre Rafael?

– Lo era. ¿Quién llama?

– Soy el marido de la mujer que ha ido esta mañana a su despacho. Quiero saber dónde está. – dijo el hombre con un tono imperativo y amenazador. Sin embargo, el cura no temía a nadie.

– Disculpe, pero su mujer ha venido a mi para pedirme ayuda, así que no pienso decirle dónde se encuentra. Aunque, podría hacer una excepción si llegáramos a un acuerdo.

– ¿Cuánto quiere?

– Treinta de los grandes – dijo haciéndosele la boca agua.

– En una hora los tendrá.

– A esa hora tendrá la dirección

Al día siguiente había una noticia que recorría todos los periódicos y las cadenas de televisión: una mujer había muerto de un disparo en la cabeza en la habitación de un hotel.

Es lo que te mereces

Mientras camino sobre las rocas encojo mis pies por el frío del agua. El viento invernal ondea mi cabello, lo que no permite enfocar la vista en el paisaje. Me bajo de las rocas, para caminar por la tierra húmeda, sintiendo como el agua cristalina me alcanza las rodillas. De pronto, oigo a alguien que me llama, me giró rápidamente y veo a Damián, que se queda parado con la mirada fija en mi. Me dirijo a él, pero sin prisa, moviendo lentamente los pies, disfrutando de la sensación de sentir los pies helados mientras los muevo. Llego a la orilla, donde se encuentra Damián mirándome fijamente con los brazos cruzados. Me coloco en frente de él, nos miramos fijamente a los ojos y rápidamente nos pegamos para besarnos como si nos faltara el aire. Tiro a Damián al suelo y me coloco encima de él. Sigo besándole y cuando empieza a sonreír viene una ola y le ahogo en ella. Empieza a patalear, pero no le suelto hasta que no deja de moverse. Es entonces cuando me levanto y con una sonrisa de oreja a oreja me dirijo hasta la cabaña para quemarla. No me gusta dar explicaciones sobre mis acciones pero creo que en esta ocasión voy a disfrutar dándolas. Mi historia con Damián fue como cualquier película ñoña de amor, sin embargo terminó el día en el que no respetó mi decisión de no tener relaciones sexuales cuando tenía la menstruación, para ser más explícita, ME VIOLÓ, y fue en ese momento cuándo decidí vengarme.

Puede que no sea lo más ético, pero ha sido mi decisión porque no pensaba dejar que un hombre me mancillara y me humillara sin reaccionar.

Una locura convertida en maldad

Escuché un ruido y me escondí en el armario. Mi cuerno blanco chocaba contra la pared de madera y mis cuatro patas apenas podían estar estiradas. Aún recuerdo cómo he acabado oculto en este cubículo.. Estaba muy tranquilo paseando por mi pradera azul cuando un humano bastante grande y con una apariencia fornida apareció como por arte de magia. Me acerqué a él y empezó a gritar agudamente como si estuviera levemente loco. Fui tras él para alcanzarle, quería jugar a lo mismo que él aunque cuanto más cerca estaba más intentaba correr y más agudo gritaba. Me puse tras él y montándolo sobre mi cabeza lo tiré sobre mi espalda y poco a poco dejó de gritar por lo que empecé a parar.

– ¿Por qué has dejado de gritar? – le pregunté triste y aburrido por haber dejado el juego.

– Porque te tengo menos miedo – dijo con un tono de voz muy bajo

– ¿Por qué me tienes miedo? Yo no hago daño a nadie. Soy muy bueno y me encanta jugar – dije saltando en círculos – ¿Quieres que juguemos al escondite?

– Claro, no veo por qué no. Vamos a mi casa a jugar.

Fuimos a un bosque, y al colocarnos tras un árbol aparecimos de pronto en un cubículo blanco que él llamó habitación. Empezó a contar con los ojos cerrados y me metí en un armario.

Oí cómo se movía y salía de la habitación. Intento no hacer ruido para que no me descubra, pero la puerta se abre se repente y entran unos hombres con palos y cuerdas que intentan atraparme. Muerdo a uno de ellos, salgo de la habitación, voy al exterior y veo una especie de casa pequeña en la que entro, atranco la puerta con una tabla, voy a una habitación y hago en la puerta lo mismo que en la de la casa. Me quedo esperando, mirando a mi alrededor a la espera de que vengan a por mi.

No sé qué les he hecho pero parecen enfadados por algo. Es entonces cuando oigo un ruido y es la segunda vez en un mismo día que me escondo en un armario. Mi respiración está agitada, apenas puedo controlar los latidos desbocados de mi corazón. Cierro los ojos fuertemente esperando que solo sea un mal sueño.

Tras estar seguro de que han pasado varias horas, me atrevo a moverme, asomo el ojo por el hueco de la puerta, no veo a nadie y en el momento en el que asomo la cabeza los mismos hombres me apuntan a ambos lados de mi cabeza con dos pistolas. No me atrevo a volver a salir corriendo. Les sigo hasta una furgoneta en la que me pegaban para que subiera, aunque no me estaba resistiendo.

Al cerrar la puerta todo se queda oscuro y la furgoneta empieza a moverse bruscamente. Pasan varias horas en las que me siento muy solo, pero no quiero que se abran las puertas, estoy muy asustado y no sé qué es lo que quieren de mi. De pronto,  se abre la puerta y, echándome una cuerda con pinchos al cuello, me hacen salir.

Me llevan hasta un edificio muy blanco, tanto como lo es mi pelaje,, subo varios pisos, son tantos que apenas puedo caminar y, cuando ya estoy exhausto, me hacen entrar en una amplia sala. Esta llena de extraños y puntiagudos artilugios. Me atan  las patas a unos círculos de hierro que hay clavados en el suelo, entonces se acerca a mi hombre con una sierra al que reconozco: el hombre que había jugado conmigo al escondite.

Acerca la sierra a mi cuerno, y, con una maliciosa sonrisa en el rostro, empieza a cortármelo. Yo ya estaba gritando desde que empezó a acercarse a mi y cuando veo el cuerno cortado en su mano, intento lanzarme hacia él para morderle, quiero matarlo pero ni siquiera logro acercarme. De mis ojos, en lugar de azúcar glas, brota sangre a borbotones. Entonces todo se vuelve oscuro, yo sigo sintiendo, pero ya no puedo ver nada. Poco después me convierto en polvo.

Instinto asesino

La humedad se acumula en los cristales de las ventanas, mientras el bebé llora desconsoladamente. No para de berrear, sus mejillas se tiñen de un rojo intenso por el esfuerzo al mismo tiempo que observa la escena que se sucede a su alrededor sin que pueda hacer nada para remediarlo. Un intruso ha entrado en la casa, le ha hecho observar a la diminuta criatura como le clavaba un cuchillo en el estómago a su padre y ahora está arrancándole el cuero cabelludo a su madre para después hacerle lo mismo que a su padre. Entonces se acerca a él y, mientras le hace al pequeño lo mismo que a sus padres, lo reconoce. El intruso es su propio hermano.