El cadáver

Sonó un disparo y asesinó a sangre fría. Todo se quedó en el silencio más absoluto. La sangre manaba de la herida de bala como el agua de un río. El suelo se teñía de rojo y los ojos de la víctima observaban a su asesino. Unos ojos negros que ya no tenían ni un gramo de vida en su interior.

Fran tiró la pistola al suelo, sobre el charco de sangre. Sacudió sus manos y asomó la cabeza por la ventana de la habitación. La ciudad permanecía en calma. Nada se había alterado. Volvió a observar el cadáver del que una vez fue su hermano, pero en ese momento era un traidor. Un asqueroso marica.

Aunque siempre sospechó que había algo que no funcionaba como debía en su hermano, jamás hubiera pensado que sería homosexual. Para él era impensable. Cuando se lo contó creyó que Fran lo comprendería, que lo ayudaría. Y eso era lo que había hecho. Acabar con su vida era lo mejor que podía hacer por él.

Fulminó con la mirada el inerte y desnudo cuerpo, y caminó hacia la puerta. Sólo se tenían el uno al otro desde que sus padres murieron, pero era mejor estar sólo que acompañado de un monstruo.

La campesina y el sobre

La campesina metió el sobre en el buzón y salió corriendo despavorida antes de que alguien tuviera tiempo de verla. Una vez llegó a su cabaña, cerró la puerta y se apoyó en ella con un suspiro. Al fin había cumplido con su cometido y podría ser libre  de una vez por todas. El contenido del sobre sólo lo sabía la campesina, ni siquiera la persona que le había obligado a mandar ese sobre sabía lo que contenía. Ya sólo le quedaba esperar cómo se desarrollarían los acontecimientos.

Esperó un día, dos días y al tercer día tuvo noticias. Un paquete llegó a las puertas de su cabaña. Ansiosa lo cogió con cuidado de que no la viera nadie, y se metió en la cabaña. Le temblaban las manos, pero la curiosidad era más poderosa que su miedo. Dentro había una nota en la que ponía “Has cumplido con tu cometido. Aquí tienes lo que prometí. Ya no tendrás más noticias de mí.”.

Debajo de la nota había una bolsa de tela cerrada con un pequeño cordel. Al abrirlo estaba todo lleno de monedas de oro, tal cantidad de monedas de oro que no era capaz de contarlas. ¡Iba a poder irse de aquel maldito pueblo para empezar una nueva vida! De pronto, alguien llamó a la puerta. Rápidamente, metió las monedas y la nota en la caja y lo escondió debajo de la mesa.

– Aurora, ¿sabes lo que ha pasado? – le preguntó alterada Manuela, su anciana vecina.

– No, ¿qué ha ocurrido?

– El padre de Martita ha muerto

– ¿Cómo ha sido?

– Alguien le mandó una carta diciéndole que su hija estaba embarazada y le dio un ataque al corazón.

– ¿Y es verdad eso?

– No, Martita es una santa. Creo que alguien ha debido de enviarle esa carta sabiendo su enfermedad del corazón para matarlo.

El reloj de arena

Miró el reloj de arena observando como el tiempo se le acababa. La arena caía hacia abajo sin detenerse, sin esperar a qué Diana le alcanzara el ritmo. Hace algunos años no le importaba que le tiempo se le escurriera entre los dedos, ni siquiera se paraba a pensar en la hora que era, y había que verla ahora, temerosa de cada segundo que pasaba sin aprovecharlo.

No pudo evitar recordar los momentos en los que la fama la sonreía. ¡Cómo se arrepentía de no haber disfrutado plenamente esos momentos! Era una lástima que todo hubiera pasado y ya nadie la recodara. Ese instante en el que salía al escenario y la gente la aplaudía incluso antes de que abriera la boca, las flores, los vitoreos y la gente que venía a buscarla al camerino para abrazarla.

Las lágrimas corrían por sus mejillas ante los recuerdos que ya no podría volver a revivir y la gente que ya se había ido de su lado, como pronto también se iría ella. Dirigió la vista hacia la estantería que tenía llena de fotografías de todos los premios que había ganado, los actos benéficos que había hecho y, sin embargo, si había alguna noticia sobre ella de ahora en adelante sería sobre su muerte, a la cual tendría que enfrentarse sola sin remedio alguno.

Cayó el último grano de arena. Llegó el momento de enfrentarse a su final. Tenía que ser valiente, después de todo no podía ser tan malo si nadie volvía para quejarse, pensó con negro humor. Era lo único que le quedaba en esos momentos, el humor negro y agrio. Se tomó la tila con arsénico y poco a poco empezó a sentir que su cuerpo se relajaba y su alma la abandonaba sin sentir ningún tipo de dolor.

Había dejado este mundo sola, pero lo había hecho con la conciencia muy tranquila.

La anciana

Sonó el timbre de la puerta en el castillo. El corazón de la doncella casi le dio un vuelco. No sabía quién podría ser a esas horas, y temía que su amo se despertara y pagara con ella que no pudiera dormir. Inquieta, bajó hasta la puerta principal de la casa e intentó ver entre las ranuras quien era. Distinguió una figura pobre y envejecida. No sabía qué hacer, su corazón le decía que su deber era ayudar a los que más lo necesitaban, pero su cabeza no hacía más que repetirle que las consecuencias serían funestas.

Sin embargo, no tuvo más remedio que claudicar ante los dictados de su corazón y abrió la puerta intentando hacer el menor ruido posible.

-Buenas noches, hija – dijo una pobre anciana. Llevaba una capa oscura con capucha que le cubría la cabeza y la resguardaba de la lluvia. Parecía que llevaba toda la noche vagando por el bosque.

-Buenas noches, señora. ¿Qué ocurre? ¿Por qué está aquí a estas horas de la noche? – le preguntó la doncella tartamudeando.

-Es que…fui a buscar setas…pensé que me daría tiempo a recogerlas y volver a casa…pero se hizo de noche y…y…me perdí – la anciana rompió en sollozos incontrolados y a punto estuvo que caerse al suelo si no hubiera sido por los reflejos de la doncella al sujetarla.

-Tranquila, señora, tranquila – le dijo acariciándole la espalda.

-Sé que te pongo en un aprieto, niña. Pero, por favor, sólo te ruego un lugar en el que poder cobijarme. Te prometo que me iré en cuanto salga el sol.

-Está bien, podrá quedarse en mi habitación. Pero, procure no hacer ruido.

Subieron juntas hasta la habitación de la doncella. Le quitó la ropa mojada, buscó ropa limpia y se la dio para que se la pusiera. Una vez lo hubo hecho, la arropó en su cama y la vigiló esperando que se quedara dormida.

-¿Por qué no se duerme? ¿No está cansada? – le preguntó en susurros.

-Tengo insomnio. No es fácil que consiga dormirme.

-¿Desde cuándo lo padece?

-Oh, desde que era una niña. Suelen decir que las personas que tenemos insomnio hemos padecido una situación traumática.

-¿Y es así? Cuénteme qué le ocurrió. Puede que así le entre sueño.

-Verás. Era mi segundo cumpleaños. Puede parecer extraño pero me acuerdo perfectamente de ese día. Mi madre iba a preparar una tarta, para mi hermano gemelo y para mí, mi padre iba a llevarnos de caza como regalo de cumpleaños. Por ello, nos preparamos para irnos al bosque, mi madre nos prometió que cuando volviéramos a casa la tarta estaría lista y podríamos comérnosla. Tanto mi hermano como yo estábamos muy emocionados y no podíamos pensar en nada más allá del sabor que tendría la tarta. Nos adentramos en el bosque, mi padre vio un ciervo pero no pudo alcanzarlo con la flecha. No conseguimos ver a ningún otro animal hasta que oímos unos gruñidos que pusieron a mi padre los pelos de punta. Nos dejó solos un momento mientras intentaba averiguar quién era y antes de que nos diéramos cuenta un jabalí corría hacia mí. Mi cuerpo se bloqueó, sabía que el jabalí iba a matarme pero mi hermano se colocó delante de mía y lo impidió, haciendo que el jabalí lo atacara a él de tal manera que de él sólo quedó su cabeza.

-Dios mío

-Desde entonces no he vuelto a celebrar un cumpleaños, ni a comerme una tarta, ni he vuelto a salir de caza…

-Cómo lo superó – susurró la doncella espantada.

-Viviendo

La habitación secreta

Luna empezó a dar vueltas por la cama. Estaba teniendo una pesadilla, y aunque luchaba por despertar no lograba hacerlo. De vez en cuando balbuceaba la palabra llamas. El sudor recorría todo su cuerpo, estaba empapada,..y no en el buen sentido.

De repente, la radio del despertador sonó haciendo que pegara un respingo de la cama y se despertara automáticamente. Su corazón latía agitadamente y le costaba respirar, como si hubiera estado corriendo en una carrera de obstáculos. Había tenido un sueño muy extraño, toda su casa estaba ardiendo, en cada habitación había fuego y por más que lo intentaba no era capaz de apagarlo.

En la radio sonaba la canción de “It’s a Man’s Man’s Man’s World” de Seal. Era una canción un poco tenebrosa a esas horas de la mañana. Se le había olvidado cambiar la hora del despertador la noche anterior, ese día no le tocaba ir a trabajar. Sin embargo, ya se había desvelado y no quería arriesgarse a volver a soñar con el incendio.

Caminó hasta las escaleras que llevaban a la cocina para poder picar algo pero, debido a la pesadilla, echó de menos el despacho que usaba su madre para las reuniones con sus compañeros del bufete. Hacía ya tres años que había muerto y la pesadilla la había hecho recordarla. Fue hasta su despacho y al encender la luz se dio cuenta de como había pasado el tiempo, todo estaba lleno de polvo y suciedad, nadie había entrado en aquella habitación desde que su madre se fue.

Cogió uno de los libros que más utilizaba cuando tenía que trabajar y al abrirlo vio que tenía una llave dentro. La cogió entre sus dedos y se preguntó que abriría. Miró el hueco que había dejado aquel libro y se fijó en que detrás de la estantería no había pared, sino una puerta negra. Tiró algunos libros al suelo y consiguió mover la estantería lo suficiente para que pudiera caber su cuerpo.

Introdujo la llave en la cerradura, encajaba a la perfección. Abrió la puerta, con la linterna del móvil iluminó la habitación. Lo primero en lo que se fijó fue en el techo, en él colgaba una cuerda y de ella quedaba suspendido un cuerpo…el cuerpo inerte de su madre, en el que nunca se encontró.

Luna no pudo evitar lanzar un grito tapándose la boca y que las lágrimas recorrieran su rostro hasta llegar al suelo de la habitación. No podía creer lo que veía y no soportaba que los ojos inertes de su madre la estuvieran mirando fijamente.

Muerte por miedo

Denis miró a su alrededor como si fuera la primera vez que se despertaba en aquella habitación. Observó las sombras que proyectaban los objetos que cubrían todo el lugar, no le parecían peligrosas, ya que no era la primera vez que las veía, pero tampoco se sentía seguro con ellas junto a él. Deslizó los pies en el interior de sus zapatillas de estar por casa, sigilosamente, avanzó por la habitación hasta llegar a la puerta y la cerró cuando cruzó el umbral. Aunque sentía que podía respirar tranquilo unos segundos, sabía que no podía permitirse confiar demasiado en ese lugar que llamaban casa.
Intentó serenarse un poco, diciéndose que todo lo que estaba percibiendo eran sólo imaginaciones suyas y que lo único que necesitaba era tomarse un vaso de leche con un calmante e irse a la cama. Sin embargo, en cuanto pisó el suelo del pasillo que le iba a llevar hasta la cocina sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo y le hizo girar la cabeza en dirección a la puerta principal, tras la cual se podían oír unos extraños ruidos que provenían del exterior de su casa.
Como si estuviera en una especie de trance, avanzó lentamente hacia la puerta y no se detuvo hasta posar la mano sobre el pomo. Estaba muerto de miedo, pero no podía evitar que la curiosidad, esa que a veces podía resultar tan mortal, le arrastrara hacia el exterior, por muchas ganas que tuviera de esconderse en su habitación, como cuando era pequeño en esos momentos en los que sus padres se acababan lanzando la vajilla de la cocina, literalmente.
Se tomó unos segundos para respirar hondo mientras estaba con los ojos cerrados, intentando reunir el valor suficiente para atreverse a girar el pomo de una vez por todas. Empezó a levantar los párpados a la vez que giraba el pomo y una vez abierta la puerta no pudo volver a cerrar los ojos por lo que tenía ante sus ojos.
En su corta vida Denis jamás había visto tanta destrucción. Apenas podía creer que pocas horas antes había vuelto del trabajo caminando por su césped perfectamente limpio y cortado y en ese momento lo único que podía verse eran restos de hierba quemada mezclados con piel, huesos y sangre humana. Empezaba a sentir que se mareaba por momentos, quería creer que estaba en un mal sueño, pero por mucho que se pellizcara el brazo como Alicia en el País de las Maravillas temía que no iba a poder despertarse. Avanzó temeroso, esquivando algún que otro fragmento del cráneo de alguno de sus vecinos.
Tuvo que apoyarse en uno de los árboles que tenía más cercano a él para no caerse al suelo, sentía que todo le daba vueltas y no pudo evitar vaciar el contenido de su estómago entre sus pies al ver a un gato muerto separado de su pellejo. Denis había acariciado muchas veces a ese lindo gato cuando había visitado a su amigo Marcos. Marcos. ¿Dónde estaría su vecino y amigo? Existía la posibilidad de que le hubiera pasado algo, si había matado a su gato era muy probable que le hubieran hecho algo a Marcos. Con las pocas fuerzas que tenía, caminó como pudo hasta la casa de su vecino.
La casa de Marcos estaba a cien metros de la suya, no era un camino muy largo, normalmente no le llevaba más de cinco minutos, pero se encontraba demasiado asustado y mal como para caminar más deprisa. Tras lo que le pareció veinte minutos, suspiró de alivio y cansancio al encontrarse delante de la casa de su amigo. No estaba preparado para lo que podía encontrarse al abrir la puerta de su casa. Avanzó hacia la entrada, la puerta estaba abierta, como si alguien la hubiera forzado, pero la cerradura estaba intacta. Era posible que Marcos se hubiera olvidado de cerrarla al volver a casa. Sin darse cuenta, Denis aguantó la respiración, tenía el corazón pegado a la garganta mientras empujaba la puerta.
Apenas había avanzado un par de pasos cuando percibió un fuerte olor a podrido que hizo que le empezaran a lagrimear los ojos y antes de que se diese cuenta tenía un cadáver clavándole los putrefactos dientes en el cuello. Denis empujó como pudo al cadáver, pero perdió el equilibrio y aterrizó en el suelo sintiendo que todo se volvía negro.
Denis abrió los ojos despertándose de la pesadilla con la respiración agitada. Se levantó de la cama y, como si el suelo le quemara, fue corriendo hasta la puerta principal para comprobar si su jardín estaba tan destrozado como en la pesadilla que acababa de tener. Respiró aliviado al comprobar que todo había vuelto a la normalidad, el césped estaba tan limpio como siempre pero al cerrar la puerta y mirarse en el espejo de la entrada vio que su reflejo era el de un muerto viviente.

El coche y la carretera.

Avanza por la oscura carretera conduciendo con el coche, atenta al paisaje…o lo que puede ver en él. Los faros del coche están rotos, por lo que sólo puede servirse de su vista para no desviarse y caer por el barranco. Gira el volante una y otra vez dominando las curvas del asfalto. Debería sentirse tranquila ya que todo parece estar en calma, sin embargo, ella no se siente nada tranquila. No hay nadie más en la carretera, le da la sensación de haberse quedado ella sola en el mundo, no podía evitar ponerse nerviosa.

De repente, el coche se detiene. Gira la llave, mueve las marchas, levanta y baja el freno de mano, pero el coche no se mueve ni un milímetro. Abre la puerta y se baja del coche, abre el capó, parece que todo está bien, tendría que arrancar. Vuelve a subirse al coche, vuelve a girar la llave, pero nada, el coche no quiere moverse. Ella empieza a sentir un intenso frío a la altura de los hombros, coloca la cabeza sobre el volante sin saber qué hacer. Tiene que irse a casa, es muy tarde, sus hijos estarán preguntándose dónde estará.

Coge el teléfono pero no tiene cobertura, está empezando a agobiarse por momentos, ya no sabe que más hacer y no puede pedirle ayuda a nadie. En ese momento, mira el espejo retrovisor y en él ve una sombra en el asiento de atrás. El corazón empieza latirle de tal forma que parece que iba a salirsele del pecho. Intenta abrir la puerta para salir, pero algo se lo impide. La sombra comienza a moverse, se acerca a ella, siente cómo le rodea el cuello y no puede respirar. Justo al perder el conocimiento el coche comenzó a andar de nuevo hacia el barranco mientras la sombra se desvanecía.

Falsas acusaciones

No tenía coartada, estaba perdido. Sus dedos rodeaban los barrotes de la celda del calabozo hasta hacer que la sangre dejara de recorrer sus manos de la presión. Los policías no paraban de recorrer el pasillo del calabozo de arriba abajo sin detenerse ni un solo segundo. Le daban ganas de gritar que lo sacaran de ahí de una vez, que no había hecho nada, que él no había asesinado a su hijastra. Pero no podía demostrarlo, no podía demostrar que había estado sólo en casa toda la tarde mientras su hijastra era asesinada. Le dijo que iba al cine con unas amigas, parece que era mentira, sus amigas han negado que hubieran quedado juntas.

Se alejó de los barrotes y se sentó con las piernas cruzadas en el suelo y la espalda apoyada en la pared. Las lágrimas comenzaron a recorrer su rostro y todo su cuerpo empezó a experimentar temblores. Lloraba por la hija a la que había perdido, porque era eso…su hija. Era lo único que le quedaba de su difunta esposa, al morir ésta había pasado a tener su custodia. Todo este tiempo se habían tenido el uno al otro y en ese momento la policía sospechaba que él había intentado abusar de ella y al resistirse la había matado. Eso era lo que él pensaba que sospechaba la policía, por eso le tenían allí, en cualquier otro caso no le tendrían encerrado en aquel asqueroso y mugriento lugar. Presentía que le tendrían allí durante mucho tiempo.

De repente, la puerta se abrió para dejar entrar a un policía que le miraba con una extraña sonrisa en la cara. Él le observaba con los ojos inundados de lágrimas, seguro que querían interrogarle de nuevo, estaba cansado de las preguntas que no podía responder por mucho que la policía estuviera convencida de que él era el asesino. El policía se acercó a él y, sin que el acusado pudiera preverlo, le dio un patata en el estómago, y otra en las piernas, y otra en el pecho, y otra en la cabeza, y otra…No paró de golpearle hasta que perdió el conocimiento y le susurró “He disfrutado tanto dándote esta paliza como rebanándole el cuello a tu hijita”.

 

Toy Story

La niña se despertó a medianoche desvelada. No le pasaba a menudo, pero cuando le ocurría no podía volver a dormirse, así que para no aburrirse buscó su conejo de peluche para jugar con él. Sin embargo, por más que lo buscaba por su habitación no había manera de que lo encontrara. Desilusionada, fue al salón para poner la tele, no estaba dispuesta a aburrirse, aún quedaban muchas horas de oscuridad.

Se sentó en el sofá, puso los dibujos del oso yogui y se quedó hipnotizada mirándolos hasta que oyó un ruido en la cocina. Se levantó y fue corriendo hasta la cocina. Seguro que era su padre que también se había desvelado, ahora podrían ver los dibujos juntos. Al acercarse a la entrada, vio a todos sus juguetes, los que había estado buscando por toda su habitación. Sin embargo, vio que ¡sus juguetes se estaban moviendo solos! ¡¿Cómo era eso posible?!, pensaba la niña. Se acercó a ellos.

– Hola – les dijo con total confianza y una sonrisa pintada en el rostro.

Todos ellos se dieron la vuelta siendo por primera vez conscientes de su presencia. Sus expresiones se tornaron enfadadas  y la niña se empezó a preguntar si había hecho algo para que se molestarán con ella. Los juguetes empezaron a susurrar entre ellos, la niña empezó a oír frases sueltas que decían como “sabe demasiado”, “hay que deshacerse de ella” y “con discreción”.

– ¿Os ocurre algo? – les preguntó empezando a preocuparse.

De repente oyó un portazo tras de sí. Su pequeño caballito de madera había cerrado la puerta, y el resto de sus compañeros la miraban de una forma que le empezó a asustar muchísimo. En grupo, empezaban a acercarsele y ella se estaba temiendo lo peor. Dos ositos de peluche le sujetaron los pies, lanzaron unas cuerdas que le rodearon las manos y, tirando de ellas, la desplomaron al suelo. La tenían totalmente inmovilizada y no pudo evitar echarse a llorar de puro terror.

– ¡Por favor, no me hagáis daño! Si os he hecho algo malo, ¡lo siento, no era mi intención! – sentía que no podía parar de llorar.

Los juguetes parecían ignorarla, era cómo si estuvieran totalmente hipnotizados y el cabecilla del grupo fuera su conejo de peluche, era él único que se había quedado apartado mirando. Le llamó, le pidió ayuda, pero lo único que conseguía era que se riera y que dijera que por fin iba a librarse de ella. Seguían tirando de las cuerdas que rodeaban sus extremidades, no dejaba de sentir dolor y cuando ya no pudo soportarlo más se desmayó. Los muñecos no pararon de tirar de las cuerdas hasta que le consiguieron arrancarle las extremidades y entonces desaparecieron del lugar dejando el cadáver inerte de la niña.

La maldición familiar

Se reunió toda la familia como hacía cada año. El salón estaba totalmente iluminado con las luces del árbol de navidad, la mesa estaba repleta de comida y todos se sentaron alrededor de ella para comenzar a cenar. En aquel salón se encontraban desde los abuelos de la familia hasta los nietos de pocos meses de vida y todos estaban en tensión. Sabían que en cualquier momento la maldición iba a cernirse sobre ellos, como ocurría siempre que se encontraban juntos.

Desde hacía muchos siglos, sobre la familia se cernía la misma maldición. En cada ocasión en la que se encontraban todos los miembros de la familia con vida juntos siempre sucedía un fenómeno sobrenatural que hacía que alguno de ellos dejara de vivir. No sabían de dónde procedía tal hecho, pero de lo que sí estaban seguros era de que esa noche uno de los presentes iba a morir. Absolutamente todos estaban preparados para lo peor. El hijo menor de la familia miró a sus dos hijas recién nacidas. Eran gemelas y apenas tenían un par de meses de vida. Observó a sus hermanos, comían tranquilamente el pescado que la criada de su madre había cocinado, pero se les notaba el temblor del miedo en las manos.

Las luces del techo empezaron a parpadear como si del guiño de un ojo se tratara hasta que todo se quedó oscuro. Nadie hizo un sólo ruido, sabían que el momento había llegado. Cuando al fin se volvió a hacer la luz todos pudieron ver cómo el carro en el que se encontraban las nietas recién nacidas había desaparecido. La madre empezó a gritar desconsoladamente como si algo la hubiera poseído mientras señalaba el centro de la mesa manchado de sangre. Nadie reaccionó, nadie más hizo un sólo ruido a excepción del padre de las niñas que comenzó a llorar en absoluto silencio tragándose las lágrimas.