Miedo al manuscrito

Puede que no entiendas del todo el título del post de hoy si no has experimentado el bloqueo de escritor o el síndrome del impostor.

La última vez que tuve miedo a mi manuscrito (Proyecto Tentación) fue en julio, cuando quise darle un empujón a la escritura para poder terminar el borrador inicial. Me metí tanta presión por escribir un determinado número de palabras al día que acabé bloqueándome a mí misma. Tuve que estar dos semanas sin escribir nada para poder reponer mi cerebro y retomé la escritura poco a poco. Para eso me sirvió mucho escribir los posts del blog, ya que no son textos demasiado largos. También procuré conocer más la historia de mis personajes para comprenderlos mejor y entenderlos.

Creo que el miedo que le podamos tener a nuestros manuscritos es la propia presión que nosotr@s nos ponemos. Queremos tener nuestros libros escritos en un determinado plazo de tiempo, de una determinada forma y sin errores cuando eso no siempre es posible. Me atrevería a decir que no hay ningún primer borrador perfecto. Cuando creamos una historia, deberíamos dejar a un lado el perfeccionismo y centrarnos más en lo que ese libro nos hace sentir.

Es un consejo que yo misma debería aplicarme, pero es complicado llevarlo a cabo. Es como que queremos tener ya el borrador escrito, la corrección hecha y el manuscrito maquetado antes siquiera de haber comenzado la fase anterior. Nos preocupamos demasiado por el resultado y deberíamos ocuparnos de disfrutar de todo el proceso porque es simplemente maravilloso. Yo hoy he disfrutado con mi novela. ¿Y tú? ¿Lo has hecho?

Oscuridad

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Oscuro. Todo estaba oscuro. Abría los ojos cada vez más, pero la oscuridad no se atenuaba. Extendí los brazos intentando encontrar un punto de apoyo, pero perdí el equilibrio. Caí al suelo con tan mala suerte que me hice daño en el hombro. Me lo masajeé mientras me incorporaba sentándome sobre las rodillas.

Me coloqué a cuatro patas y, despacio y con mucho cuidado, fui avanzando hasta que me golpeé la cabeza contra una pared. Me puse de pie, caminé sin dejar de apoyar mis manos en la pared hasta alcanzar el pomo de una puerta. El aire salió de mis pulmones de puro alivio al mismo tiempo que una leve risa sacudía mi cuerpo. La puerta no tenía la llave echada, por lo que pudo abrirla sin ejercer presión. La blanca luz le cegó por unos instantes, aunque su vista no tardó en adaptarse.

La habitación en la que estaba daba a un pasillo en el que había más puertas que daban a habitaciones. De ellas salían gritos y llantos, pero no podía detenerme a ayudar a nadie. Debía salir de allí con vida. Seguía teniendo las manos atadas con una brida de plástico que se me clavaba en las muñecas. Llegué a una esquina, me asomé para ver que no había nadie cerca. De repente, sentí que alguien me agarraba del pelo y tiraba hasta que me hizo caer de espaldas en el suelo. Un intenso dolor me recorrió la columna vertebral que me hizo lanzar un pesado gemido.

–  ¿Eres tonta o qué? ¿Qué haces fuera?

El monstruo me agarró de la brida y me arrastró por el suelo hasta meterme de nuevo en la oscura habitación.

–  ¡No! Por favor. ¡No quiero estar aquí dentro otra ves! ¡Tengo miedo!

–  ¿Miedo? Tú no sabes lo que es el miedo.

El monstruo chasqueó los dedos y la luz se encendió. Su rostro era terrorífico: uno de sus ojos estaba completamente cerrado, alguien debía que habérselo cosido, no tenía labio superior y la nariz estaba aplastada hacia arriba.

Me arrastré por el suelo hasta apoyar mi espalda en la pared sin poder alejarme más. Grité aterrorizada. Él cerró la puerta dando un fuerte golpe y volvió a apagar la luz sin salir de la habitación.

Deseos en la mañana

Miré por la ventana dejando que la brisa mañanera acariciara mi rostro. Me concentré en mi respiración agitada tras haber entrenado, necesitaba tener la mente en blanco durante unos minutos después de todo el estrés acumulado durante días. El trabajo me estaba agotando de todas las formas posibles y no encontraba la forma de poner un límite a las horas que dedicaba a mi trabajo.

Sabía que era lo que tenía que hacer pero tenía muchísimo miedo de tener que salir de mi zona de comfort. Era consciente de que debía de dejar mi trabajo, era consciente de que sólo me estaba haciendo un mal y no me aportaba nada. Pero, si dejaba mi trabajo, ¿qué iba a hacer? ¿cómo iba a ganarme la vida? Necesitaba dinero para pagar la hipoteca y para poder vivir, pero si dejaba mi trabajo me iban a echar de mi casa.

Pensando en todo esto estaba cuando sonó mi teléfono, era mi jefa. Contesté a la llamada con un tedioso suspiro, quería que fuera ahora mismo a la oficina. Obviamente le respondí sin pensar que iría enseguida y corté la llamada. Me vestí con lo primero que vi en el armario y salí del piso corriendo. Sé que debería mandar a la mierda este trabajo y buscar uno que me guste de verdad y con el que disfrute, pero soy una cobarde, me da tanto miedo dejar lo que ya conozco…

Presencias vengativas

Me desperté con el aroma anaranjado del amanecer sintiendo como el calor del sol iluminaba mis párpados hasta hacerlos abrir. Sin embargo, no quería hacerlo porque sabía que era lo que me esperaba: el cuadro. Esa maldita pintura que reflejaba todos mis mayores miedos y nunca eran los mismos. A veces era la oscuridad, otras una plaga de asquerosos insectos, pero lo único que me apetecía hoy era ser ciega, me entraba pánico en solo pensar en abrir los ojos. Y aunque deseaba esto con toda mi alma, no me quedó más remedio que hacerlo. En cuanto lo hice me arrepentí; esta vez los colores mostraron a mi difunto novio, rápidamente me senté en la cama con un grito agudo saliendo por mi boca. Empecé a hiperventilar desmesuradamente, me levanté, corrí hacia el baño y mojé la nuca con agua muy fría. Me obligué a respirar más despacio, lentamente abrí la puerta del baño, me acerqué al cuadro y lo contemplé con minuciosidad. El rostro de mi novio estaba desfigurado, como si hubiera visto que no le hubiera gustado, la misma cara que tenía cuando me pilló engañándole con su hermano. Con su piel negra tersa como el mármol, sus ojos negros y sus grandes labios junto con su rizado pelo me recuerda a lo mucho que lo quise, pero cometí un error del que puedo arrenpentirme y mejorar pero no puedo volver atrás porque lo hecho, hecho está.

Con un leve temblor en las piernas, me dirijí a la cocina para prepararme el desayuno, aunque tenía el estómago cerrado. Abrí la nevera, cogí la leche de soja pero cuando la iba a echar en el vaso que había cogido, desapareció. Me quedé con el brick en el aire mientras observaba mi alrededor con cautela, y en ese momento noté una brisa que cruzaba mi mejilla, entonces me di cuenta de que la pintura de mi habitación no estaba mostrando mi miedo, era Hugo manifestándose a través del cuadro.

Intenté escapar de mi casa, llena de nuestros recuerdos con los que Hugo se hacía más y más fuerte, pero bloqueó la puerta y atascó las ventanas, fue entonces cuando me sumí en un sueño profundo en el que no pude despertar.

Turtlegirl

Me encuentro tranquilamente sentada en el sofá, rodeada de silencio por cada rincón obsevable, viendo la tele. Cada canal que paso es más aburrido que el anterior, cuando noto la alarma que se despierta en mi cabeza cada vez que alguien está en peligro. Es entonces cuando empiezo a rezar…literalmente. Soy una superheroína, puedo enfrentarme a cualquier problema por grande o complicado que sea y quienquiera que esté en peligro soy capaz de salvarlo con las manos atadas, pero un único problema y es que tengo miedo a la oscuridad. Y no, no me hago pis encima, ni salgo corriendo llamando a mi mamá, sino que me quedo paralizada y no sé reaccionar, es más, no soy físicamente capaz de moverme. Así que cada vez que tengo una alarma de estas, estoy muerta de miedo. y más a estas horas de la noche, por cierto son las diez de la noche.

Mi mente me lleva hasta un edificio bastante nuevo, me adentro en él cuando no puedo ver nada. Lo que me temía, estoy rodeada de oscuridad, cuando empieza mostrarse ante mí una visión de la víctima: una muchacha morena está siendo atacada por tres hombres, le están dando tal paliza que no puede levantarse del suelo, pero cuando consigo verle la cara no puedo creerlo…es mi hermanastra. Rápidamente voy hacia el ascensor, pero no hay nada de electricidad en el edificio. Le doy un puñetazo al ascensor y subo las escaleras hasta el octavo piso y voy hasta la puerta tres. Le pego varias patadas con la pierna derecha, en la que tengo más fuerza, hasta derrumbarla. Agudizo mi oído para oír dónde están los vándalos y los oigo en una de las últimas habitaciones. Cuando entro en la habitación todavía siguen dándole patadas y puñetazos, mi hermanastra ha empezado a sangrar por la nariz y la boca, así que ante esta borrosa visión y la oscuridad estos agresores empiezan a recibir su paliza. Al primero le doy una patada en la entrepierna, cae al suelo sujetándosela; al segundo le doy un puñetazo en la mandíbula que le deja kao y al tercero empiezo a pegarle patadas y puñetazos en sincronización hasta que está inconsciente. El primero ya se ha recuperado y se ha agarrado del cuello intentando estrángularme con todas sus fuerzas, no consigo ver la forma de defenderme hasta que dejo de intentar defenderme, el se confía y al hacerlo me pega a él, así que ahora tengo su cara a mi alcance. Le tiro fuertemente del pelo, separa sus manos de mi cuello, le tiro al suelo y empiezo a pegarle de la misma forma que lo ha hecho con mi hermanastra: en el suelo tirado y yo dándole patadas en la cara hasta que sangra y se desmaya. Para que luego digan que las mujeres son las débiles. Voy hacia mi hermana y la examino cuidadosamente mientras me quito la máscara:

– Marian, ¿estás bien? – le pregunto acariciándole el pelo.

– He estado mejor – dice en apenas un susurro – pero al menos estoy viva. ¿Tú no tenías miedo a la oscuridad?

– Creo que ver que estabas en peligro me ha dado fuerzas para reaccionar, y creo que mi vista también ha mejorado. Ha sido de todo un poco. Bueno, ¿estás lista para ir al hospital?

No dice nada, lo que me tomo como un sí.

 

Han pasado tres días desde el incidente, y ya estamos en casa, bueno, en su casa. Solo ha tenido algunas contusiones y cardenales, pero nada irreparable, es una mujer muy fuerte. Estamos en el sofá, la una frente a la otra tomando un chocolate caliente.

– Marian, aún no me has dicho por qué esos hombres te pegaron.

– Lucy, verás, yo…Alex no había tenido unas buenas compañías últimamente, cuando cortamos escondió aquí unas armas un tanto peculiares, supongo que para vengarse.

– ¿Cómo de peculiares?

– Látigos, esposas…ya sabes herramientas para el sado. El caso es que esos hombres regentaban un club de sado en el que usaban esas herramientas para traficar drogas y Alex les dijo que estaban aquí. Se presentaron en la puerta, yo les dije que aquí no había nada de lo que buscaban así que, me sujetaron y empezaron a buscar, al encontrarlos me acusaron de querer quedarme algo de ellos y empezaron a pegarme y ya conoces el resto – dice deshaciéndose en lágrimas y ambas nos abrazamos durante horas.