¡Maldita cerradura!

De nuevo, la cerradura no funcionaba. Carmen no paraba de intentar abrir la puerta, pero la llave se atascaba sin remedio haciéndole parecer una tonta que ni siquiera sabia abrir una mísera puerta. Se estaba empezando a poner muy nerviosa y su hijo, que llevaba cogido con el brazo izquierdo, iba a romper a llorar de un momento a otro. Tenía que haber una extraña conexión entre las madres y los hijos, ya que cuando Carmen se sentía preocupada, triste o nerviosa su hijo no tardaba en llorar.

La madre soltó las bolsas y dejó de pelearse con la cerradura. Tendría que llamar de nuevo al casero para que la volviese a arreglar. A los dos meses estaría rota de nuevo y se quedaría otra vez tirada en la calle. Carmen empezó a hablarle a su bebé en voz baja con una voz suave y tranquilizadora. Lo acunó unos minutos mientras recorría el pasillo arriba y abajo.

Detuvo la vista en una lámina que había colgada en la amarilla pared del pasillo. Mostraba una frase que había oído muchas veces a lo largo de su vida: «No lo pienses, hazlo». Llevar a cabo esa frase la tenía metida en aquel lío. Día si y día también cambiando pañales y limpiando vómitos del suelo, trabajando todas las horas que no dormía.

Menos de una hora en una simple sala de fiestas y todo se había torcido. Su vida había dado un giro de 180 grados y no hubo manera de dar vuelta atrás. Decidió volver a intentar abrir la puerta, no tenía nada que perder ya que, si llamaba al casero, tardaría al menos dos horas en llegar. Su hijo tenía el puño metido en la boca observando los movimientos de Carmen. Introdujo la llave en la cerradura y giró suavemente como si alguien le hubiese echado aceite mientras ella no miraba. Aliviada, entró en su casa y, al observar a su hijo, se dio cuenta de algo que no había pensado.

Todo lo que hacía merecía la pena. Las horas de sueño, los días sin descanso, el tener que limpiarlo todo constantemente…ni siquiera era un sacrificio porque había una persona que la necesitaba y le sonreía cada mañana al despertar. Solo por eso merecía la pena su cambio de vida aunque hubiera días que preferiría no tener que levantarse a horas intempestivas de la cama. Por aquella personita haría todo eso y más.

Esa cafetería

Cuando entré en esa cafetería nunca creí que iba a encontrarme con lo que vi. Pensé que sería una cafetería más como las demás, pero estaba muy equivocada. En cuanto abrí la puerta me vi transportada a otro mundo: todos los muebles eran de una madera marrón oscura, las ventanas tenían marcos de madera, las paredes estaban cubiertas de fotos en blanco y negro, y la barra era minúscula. Pedí un café, un dulce y me senté en la primera mesa que vi. Tenía pensado ponerme a trabajar en el proyecto de fin de grado, sin embargo, en el momento en el que me senté no pude dejar de mirar a todas las personas que estaban en la cafetería. Todas las mujeres que estaban en la cafetería vestían largos trajes en los que no se les veía un solo trozo de piel, y los hombres enormes trajes con gabardinas. Mientras observaba con la boca abierta, una mujer se dio cuenta de que la miraba con extrañeza y rápidamente aparté la mirada acompañado de mi primer sorbo a la taza de café que se había quedado helado.

Entonces no quería creerlo, pero no tenía duda de lo que estaba pasando: al entrar en la cafetería me había transportado en el tiempo, no estaba segura de cuántos años, pero sabía que no era un tiempo cercano. Bajé la vista, me miré las piernas, y ya no estaban cubiertas por unos vaqueros sino por una extraña falda oscura que formaba parte de un vestido muy similar al de las otras mujeres que se encontraban en la estancia. Momentáneamente me di cuenta de que la mayoría de los hombres de dirigían a una puerta que se encontraba camuflada tras la estantería de las bebidas alcohólicas que había tras de la barra.

No pude resistir la tentación y con todo el disimulo que era capaz de aparentar me acerqué a la barra y desaparecí tras la puerta. Avancé a través de un gran pasillo oscuro hasta que llegué a una sala acristalada. Sin llegar a acercarme demasiado por miedo a que me descubrieran, miré a través del vidrio que brillaba tanto que parecía un espejo. Lo que vi me dejó anonadada.

Había lienzos en blanco, pinturas de todos los tipos y colores, y también había mujeres desnudas, pero no eran las típicas mujeres delgadas a las que estaba acostumbrada a ver, sino que eran mujeres gordas, a las que en mi actualidad todo el mundo desprecia, pero los pintores las miraban con admiración.

Estuve observando como las pintaban, la pasión con la que hacían los trazos se reflejaba en sus ojos… y era algo muy hermoso de ver.

La cueva helada

Gotas de agua caen del techo humedeciendo mi cabello. Con la yema de mis dedos, acaricio las estalagmitas que sobresalen de las paredes de la cueva y una de ellas me hace sangre en el dedo índice. Con la luz de la linterna, ilumino el fondo de la cueva, pero mis ojos se encuentran con algo inesperado. Un esqueleto humano está reposado sobre una roca, como si estuviera sentado esperando a alguien. Me acerco con cuidado, procurando no alterar ninguna prueba de antigüedad. Por  la amplitud de su cadera puedo deducir que es una mujer, los huesos de sus brazos están rotos y también los de sus piernas, lo que me hace pensar que fue torturada antes de morir, pero no puedo deducir la causa de su muerte. Enrollado en su mano, encuentro un papel, cuando lo desenrollo observo que es una carta, la letra no parece ser de mujer por lo que supongo que la habría escrito el torturador:

La observé en el parque, la quise y la tomé sin pensar en nada más. La seguí hasta su casa, pero antes de que llegara a abrir la puerta ya la había metido en la furgoneta. La llevé a mi casa, a mi dormitorio, las desnudé y la coloqué en mi cama. Cuando despertó, se asustó, no quiso acercarse a mi. Me enfadé, empecé a quemar su piel con un cigarrillo, pero más tarde pasé a coger un hierro y quemar uno de sus pechos. A la mañana siguiente volví a intentar que se acercara a mi, pero al no conseguirlo la llevé a LA CUEVA, en la que jugaba de pequeño. Al seguir sin conseguir nada, intenté probar con algo más fuerte así que le rompí por brazos y las piernas y la dejé en la cueva sentada en una gran roca a que muriera, como castigo por no amarme. 

Al terminar de leer la carta, la arrugué y la tiré al suelo de rabia. Aquella mujer no se merecía la tortura que había tenido que pasar. Mis ojos se llenan de lágrimas y poso un beso sobre su frente cerrando los párpados con cariño.