La primera regla

Marta se bajó los pantalones y la ropa interior y se sentó en la taza del inodoro de uno de los baños de la escuela a orinar. Mientras esperaba a que la orina terminara de salir se quedó mirando los garabatos que había en la puerta del baño, era curioso que cada día había más nombres escritos en ella, pensó Marta. Cogió un poco de papel higiénico y se limpió sus partes íntimas, miró el papel para doblarlo y tirarlo, pero vio que el papel no estaba manchado de pis como siempre, sino que estaba rojo. Miró sus braguitas y también estaban llenas de un color rojo, como si fuera sangre.

Levemente asustada, se subió los pantalones y volvió corriendo a clase como si lo que había visto en el baño hubiera sido un simple espejismo. Sin embargo, mientras la profesora explicaba el temario del día, Marta no podía dejar de pensar preocupada sobre lo que había visto en el baño al mismo tiempo que se retorcía de dolor en la zona del bajo vientre. Cuando al fin terminó la clase no habló con ninguno de sus compañeros, salió del colegio y buscó a su madre que siempre venía a recogerla después del trabajo. Apenas habló con su madre aparte de un par de monosílabos que no tenía ganas de decir, no quería decirle a su madre en plena calle lo que le pasaba.

Sin embargo, en cuanto su madre cerró la puerta de casa le pidió que la acompañara al baño.

– Mamá, mira mis bragas – le dijo Marta enseñándole su ropa interior.

– Tranquila, cariño. Es algo normal, te ha bajado la regla. Ya eres una mujer.

Marta se quedó callada. Marta no sabía qué era la regla. Marta no se sentía una mujer. Marta se sentía como lo que era, una niña de once años a la que le dolía la barriga, una niña que tenía que usar compresas desechables para no manchar ni la ropa ni el sofá de casa, una niña que tenía que tener cuidado de que nadie supiera que le había bajado la regla. Si eso era ser una mujer, prefería seguir siendo una niña.