La tarta de manzana

Hoy es miércoles, el sol cae con intensidad a media mañana, el mercado está abarrotado de gente, y me he levantado con ganas de preparar y comerme una dulce tarta de manzana. Tengo todo lo que necesito en casa, pero me faltan unas manzanas frescas, así que el mercado es el mejor lugar para conseguirlas.
Llego hasta la zona de frutas y verduras y voy rebuscando entre los puestos hasta que logro ver unas manzanas verdes que brillan como las flores con el rocío de la mañana.
– Disculpe, – le pido al vendedor – deme cuatro manzanas cuando pueda.
Mientras las coge y las mete en una bolsa, me dedico a observar su rostro. Me recuerda mucho a alguien, pero no estoy segura a quién. Es un vendedor muy joven, tiene el pelo rubio ceniza y los ojos levemente verdosos. De repente, me pilla observándolo y me pongo roja de vergüenza.
– Lo siento, pero es que me suena mucho tu cara. – me justifico cogiendo la bolsa con las manzanas.
– No pasa nada, a mí también me suena mucho su cara – dice con una sonrisa.
– Dígame cuánto te debo.
– Cincuenta céntimos
Le doy el dinero y me dirijo a casa para empezar a hacer la tarta. Subo los tres pisos, me pongo mi pijama más cómodo y entro en la cocina para preparar todos los ingredientes que necesito.
Hago la masa batiendo la harina, la levadura, los huevos, el azúcar y dos manzanas cortadas en dados. Corto las otras dos manzanas en láminas, pongo la mezcla en un cuenco y coloco las láminas sobre la mezcla. Justo cuando meto el cuenco en el horno, suena el timbre de la puerta. Cierro el horno, pongo el temporizador, me limpio las manos en el delantal y abro la puerta con curiosidad.
– Hola – dice el joven vendedor de manzanas.
– Hola, ¿qué haces aquí? – le pregunto con un leve nerviosismo
– Te has dejado el cambio – dice dejándome unas monedas en la mano.
– Ah, pues, gracias.
– Oye, podrías darme un vaso de agua. Tengo la garganta seca.
– Claro, pasa.
Mientras estoy en la cocina soy un manojo de nervios, me tiemblan las manos hasta para sujetar el vaso. Cuando se lo doy está mirando las fotos que tengo colgadas en las paredes de la entrada.
– Aquí tienes.
– Muchas gracias. – se toma el agua de un tirón, como si no hubiera bebido en meses, y me da el vaso – Creo que ya sé de qué me suenas tú. Fuiste novia de mi hermano Fali si no me equivoco.
– ¡Oh, Dios! No me digas que tú eres Daniel. – le doy un abrazo cariñoso – Pero si eras un renacuajo…
– Eso ofende. – dice en broma con una relajada carcajada.
– Dime, ¿qué ha sido de tu familia?
– Pues, les va muy bien. Mi padre ya está jubilado, mi madre sigue siendo ama de casa aunque ha contratado a una muchacha para que la ayude, han aprovechado que les va bien económicamente y, bueno, mi hermano ha montado una editorial, es un poco reciente, pero creo que le va a ir muy bien. Sé que no acabasteis muy bien, pero…
– Eso ya está olvidado, fue hace mucho.
– Ya, pero no sé portó bien contigo.
Unos segundos de tensión se ciernen sobre nosotros hasta que viene un ruido del pasillo.
– No sabía que estabas acompañada – dice avergonzado.
– No te preocupes, ven que te voy a presentar a alguien.
Le guío hasta la última habitación de la casa, a través del pasillo.
– Julia, ¿estás haciendo algo importante? – le pregunto abriendo la puerta.
– Sí, estoy leyendo.
– Daniel, te presento a mi hija Julia
– Hola, Julia
– Hola – dice Julia sin apartar la vista del libro.
Cierro suavemente la puerta de su habitación, y nos dirigimos de nuevo al salón para despedirnos.
– ¿Cuántos años tiene? – dice con una comprensiva sonrisa en el rostro.
– Diez años. – abre los ojos muy sorprendido – Y antes de que lo preguntes, es hija de Fali.
– ¿Fali lo sabe?
– No, y tú no se lo vas a hacer. Él sabía perfectamente que estaba embarazada y me dejó en la estacada, así que no se merece saberlo.
Sin decir nada se marchó y yo saqué la tarta quemada del horno con un suspiro.