La lámpara rota

Pedro tiró la lámpara al suelo al entrar en su habitación y se quedó mirándola con terror en los ojos. Se arrodilló en el suelo y agarró uno de los trozos rotos entre sus dedos. Pedro le había regalado esa lámpara a Carmen cuando llevaban un mes viviendo en aquella casa, su primera casa. El lugar en el que al principio fue su nido de amor, pero con el tiempo se acabó convirtiendo en un verdadero infierno para Pedro. Todos aquellos golpes, los insultos, los gritos…

Esa lámpara se había roto al igual que su corazón hacía mucho tiempo. Sólo seguía al lado de Carmen por costumbre, había pasado muchos años junto a ella y no conocía otra cosa. Sin embargo, en aquel momento se dio cuenta de que tenía toda la vida por delante para desperdiciarla de aquella manera.

En aquel momento Carmen entró en la habitación y al ver la lámpara rota su expresión comenzó a tornarse enfadada y levantó el brazo para volver a pegar a Pedro, pero éste no lo permitió. Le sujetó la mano y le dijo una sola frase:

– Dame el anillo – Su mirada reflejaba todo el dolor y la tristeza que había acumulado durante años.

– ¿De qué hablas, gilipollas? No vales para nada, eres un maricón. – Carmen quiso desprenderse de su agarre, quería darle otra de sus palizas, le gustaba pegar a su novio aunque había dejado de quererle hacía mucho.

– No pienso repetírtelo dos veces, o me lo das o te lo quito yo. – Le dijo soltándole las manos con rabia.

Al ver que no estaba aterrorizado se quitó el anillo y lo tiró al suelo para después salir de la habitación. Se agachó por última vez y cogió el anillo para guardárselo en el bolsillo. Se quitó el suyo y lo colocó en la mesita de noche de Carmen.

No hizo las maletas, no tenía nada que llevarse de aquella casa, nada que mereciera la pena más que el anillo que llevaba en el bolsillo. Abrió la puerta de la entrada, observó la que había sido su casa por última vez y cerró la puerta tras de sí.

Nunca tenían que haber vivido juntos, había ido mal desde el principio.

Una locura convertida en maldad

Escuché un ruido y me escondí en el armario. Mi cuerno blanco chocaba contra la pared de madera y mis cuatro patas apenas podían estar estiradas. Aún recuerdo cómo he acabado oculto en este cubículo.. Estaba muy tranquilo paseando por mi pradera azul cuando un humano bastante grande y con una apariencia fornida apareció como por arte de magia. Me acerqué a él y empezó a gritar agudamente como si estuviera levemente loco. Fui tras él para alcanzarle, quería jugar a lo mismo que él aunque cuanto más cerca estaba más intentaba correr y más agudo gritaba. Me puse tras él y montándolo sobre mi cabeza lo tiré sobre mi espalda y poco a poco dejó de gritar por lo que empecé a parar.

– ¿Por qué has dejado de gritar? – le pregunté triste y aburrido por haber dejado el juego.

– Porque te tengo menos miedo – dijo con un tono de voz muy bajo

– ¿Por qué me tienes miedo? Yo no hago daño a nadie. Soy muy bueno y me encanta jugar – dije saltando en círculos – ¿Quieres que juguemos al escondite?

– Claro, no veo por qué no. Vamos a mi casa a jugar.

Fuimos a un bosque, y al colocarnos tras un árbol aparecimos de pronto en un cubículo blanco que él llamó habitación. Empezó a contar con los ojos cerrados y me metí en un armario.

Oí cómo se movía y salía de la habitación. Intento no hacer ruido para que no me descubra, pero la puerta se abre se repente y entran unos hombres con palos y cuerdas que intentan atraparme. Muerdo a uno de ellos, salgo de la habitación, voy al exterior y veo una especie de casa pequeña en la que entro, atranco la puerta con una tabla, voy a una habitación y hago en la puerta lo mismo que en la de la casa. Me quedo esperando, mirando a mi alrededor a la espera de que vengan a por mi.

No sé qué les he hecho pero parecen enfadados por algo. Es entonces cuando oigo un ruido y es la segunda vez en un mismo día que me escondo en un armario. Mi respiración está agitada, apenas puedo controlar los latidos desbocados de mi corazón. Cierro los ojos fuertemente esperando que solo sea un mal sueño.

Tras estar seguro de que han pasado varias horas, me atrevo a moverme, asomo el ojo por el hueco de la puerta, no veo a nadie y en el momento en el que asomo la cabeza los mismos hombres me apuntan a ambos lados de mi cabeza con dos pistolas. No me atrevo a volver a salir corriendo. Les sigo hasta una furgoneta en la que me pegaban para que subiera, aunque no me estaba resistiendo.

Al cerrar la puerta todo se queda oscuro y la furgoneta empieza a moverse bruscamente. Pasan varias horas en las que me siento muy solo, pero no quiero que se abran las puertas, estoy muy asustado y no sé qué es lo que quieren de mi. De pronto,  se abre la puerta y, echándome una cuerda con pinchos al cuello, me hacen salir.

Me llevan hasta un edificio muy blanco, tanto como lo es mi pelaje,, subo varios pisos, son tantos que apenas puedo caminar y, cuando ya estoy exhausto, me hacen entrar en una amplia sala. Esta llena de extraños y puntiagudos artilugios. Me atan  las patas a unos círculos de hierro que hay clavados en el suelo, entonces se acerca a mi hombre con una sierra al que reconozco: el hombre que había jugado conmigo al escondite.

Acerca la sierra a mi cuerno, y, con una maliciosa sonrisa en el rostro, empieza a cortármelo. Yo ya estaba gritando desde que empezó a acercarse a mi y cuando veo el cuerno cortado en su mano, intento lanzarme hacia él para morderle, quiero matarlo pero ni siquiera logro acercarme. De mis ojos, en lugar de azúcar glas, brota sangre a borbotones. Entonces todo se vuelve oscuro, yo sigo sintiendo, pero ya no puedo ver nada. Poco después me convierto en polvo.