El cadáver

Sonó un disparo y asesinó a sangre fría. Todo se quedó en el silencio más absoluto. La sangre manaba de la herida de bala como el agua de un río. El suelo se teñía de rojo y los ojos de la víctima observaban a su asesino. Unos ojos negros que ya no tenían ni un gramo de vida en su interior.

Fran tiró la pistola al suelo, sobre el charco de sangre. Sacudió sus manos y asomó la cabeza por la ventana de la habitación. La ciudad permanecía en calma. Nada se había alterado. Volvió a observar el cadáver del que una vez fue su hermano, pero en ese momento era un traidor. Un asqueroso marica.

Aunque siempre sospechó que había algo que no funcionaba como debía en su hermano, jamás hubiera pensado que sería homosexual. Para él era impensable. Cuando se lo contó creyó que Fran lo comprendería, que lo ayudaría. Y eso era lo que había hecho. Acabar con su vida era lo mejor que podía hacer por él.

Fulminó con la mirada el inerte y desnudo cuerpo, y caminó hacia la puerta. Sólo se tenían el uno al otro desde que sus padres murieron, pero era mejor estar sólo que acompañado de un monstruo.

El reloj de arena

Miró el reloj de arena observando como el tiempo se le acababa. La arena caía hacia abajo sin detenerse, sin esperar a qué Diana le alcanzara el ritmo. Hace algunos años no le importaba que le tiempo se le escurriera entre los dedos, ni siquiera se paraba a pensar en la hora que era, y había que verla ahora, temerosa de cada segundo que pasaba sin aprovecharlo.

No pudo evitar recordar los momentos en los que la fama la sonreía. ¡Cómo se arrepentía de no haber disfrutado plenamente esos momentos! Era una lástima que todo hubiera pasado y ya nadie la recodara. Ese instante en el que salía al escenario y la gente la aplaudía incluso antes de que abriera la boca, las flores, los vitoreos y la gente que venía a buscarla al camerino para abrazarla.

Las lágrimas corrían por sus mejillas ante los recuerdos que ya no podría volver a revivir y la gente que ya se había ido de su lado, como pronto también se iría ella. Dirigió la vista hacia la estantería que tenía llena de fotografías de todos los premios que había ganado, los actos benéficos que había hecho y, sin embargo, si había alguna noticia sobre ella de ahora en adelante sería sobre su muerte, a la cual tendría que enfrentarse sola sin remedio alguno.

Cayó el último grano de arena. Llegó el momento de enfrentarse a su final. Tenía que ser valiente, después de todo no podía ser tan malo si nadie volvía para quejarse, pensó con negro humor. Era lo único que le quedaba en esos momentos, el humor negro y agrio. Se tomó la tila con arsénico y poco a poco empezó a sentir que su cuerpo se relajaba y su alma la abandonaba sin sentir ningún tipo de dolor.

Había dejado este mundo sola, pero lo había hecho con la conciencia muy tranquila.

Falta de humanidad

Espero sentada en el banco azul, al mismo tiempo que intento escribir algo que valga la pena leer. A duras penas consigo escribir alguna letra que tenga sentido en este mar de incertidumbre. De pronto, oigo un grito: una chica cae tendida al suelo, no se mueve, no la veo respirar, y en ese momento, observo como aparece en su camisa una mancha roja que se extiende por todo su pecho. Nadie se mueve para intentar ayudarla, ni siquiera llaman a una ambulancia o a la policía, a no ser que estén escribiéndoles por whatsapp. Me acerco a ella despacio, me agacho para estar segura de que está muerta, pero eso no sirve de nada, no voy a poder devolverle la vida, no puedo hacer milagros. Me levanto lentamente y observo como todo el mundo se me ha quedado mirando, como si hubiera sido yo la que ha matado a la chica. Les miro fulminándoles con la mirada y me voy alejando mientras llamo a la policía. Ya sé sobre qué voy a escribir en el artículo. Nada mejor que la falta de humanidad para inspirarte.

La visita

El verde de la hierba brilla con menos intensidad que de costumbre. El cielo tiene un color apagado. como si fuera a echarse a llorar de un momento a otro. En ese momento, veo aparecer una silueta que no desentona nada con el gris del paisaje. No puedo distinguir quién o qué es, no puedo oír ni un solo sonido de los que hace al andar pero puedo ver como mueve la boca intentando producir algún sonido. Quedándome petrificada observo como se va acercando lentamente, paso a paso, hasta que distingo su rostro…no tiene rostro. Dónde deberían estar sus ojos y su boca no hay nada, solo un oscuro hueco. El resto de su cuerpo está cubierto por una capa roja como la sangre. Acerca sus huesudas manos con sus largas uñas de casi cinco centímetros de largo a mi cuello y me lo aprieta hasta que la vida abandona mi cuerpo y se desploma inerte contra el suelo.