Las casualidades no existen

No tenía coartada. Simplemente no la tenía y ni me esforzaba por tenerla. Todo había sucedido tan rápido como los minutos que tarda un león en comerse a su presa.

Me acosté con él. Simple y llanamente. Sin excusas, sin razones y sin lamentos. ¿Me arrepiento? No. ¿Lo volvería a hacer? Sí. Fueron unas horas maravillosas que guardaré siempre en mi memoria al igual que lo haré con los acontecimientos que se sucedieron con posterioridad.

Nadie nos pilló, nadie nos chantajeó. Pero, aún ahora, con tres días del calendario encerrada en los calabozos a mis espaldas, no entiendo como ha podido acabar todo tan dramáticamente. Volví a casa, tranquila y sin ningún arrepentimiento, cuando al entrar en mi habitación me encontré a mi mujer con el cuello rajado y un cuchillo lleno de sangre junto a ella.

Dos segundos después, cinco policías entraron en la habitación apuntándome con las pistolas y acusándome de haber acabado con la vida de mi mujer. Lo que hizo que el alma se me cayera a los pies no era que mi mujer había sido asesinada, sino que uno de los policías que me apuntaba con la pistola era con el que hacía una hora me había estado acostando. Sin mirarle a los ojos, me puso las esposas y me metió en el coche camino de la comisaría.

Mi abogado dice que el cuchillo estaba lleno de mis huellas dactilares, que mi mujer murió diez minutos antes de que yo entrara en mi casa y que yo no tenía coartada. Le digo que sí la tengo, que estuve toda la tarde con uno de los policías que me detuvo, pero él no confirma mi coartada, dice que miento.

Me han tendido una trampa, pero no sé con qué intención. Sólo sé que de ahora en adelante me esperan veinte años de cárcel y van a hacer todo lo posible para que los cumpla. De vez en cuando veo al policía pasar por delante de mi celda y me sonríe como si él lo hubiera planeado todo. No descarto que haya sido así. Las casualidades no existen y que yo esté aquí encerrada no es una ninguna casualidad.

Aquella palabra

Escribió aquella palabra en el cuaderno sin ningún tipo de remordimiento. Ya no había vuelta atrás, había contraído un compromiso consigo misma lo que hacía que no pudiera borrar lo que había escrito en la hoja.

Oyó como la puerta de su casa se cerraba, su madre acababa de llegar de trabajar. Cerró y guardó el cuaderno en su mochila y salió de la habitación para saludar a su madre y decirle que iba a seguir estudiando. Cerró la puerta de su habitación y volvió a abrir el cuaderno colocándolo sobre la mesa. Miró la página en blanco sin saber que seguir escribiendo, sin saber como explicar lo que estaba sintiendo. Empezaba a angustiarse por momentos, no podía dar marcha atrás, no en ese momento. Intentó escribir lo primero que se le pasara por la cabeza y así consiguió expresar todo lo que sentía por Tomás. Bajo todo el texto, que le ocupó dos páginas del cuaderno, encabezaba la primera palabra que había escrito, “enamorado”.

De repente, oyó un débil llanto. Abrió la puerta silenciosamente y pegó el oído a la puerta de la habitación de sus padres. No le cabía duda, era su madre la que estaba llorando. Abrió la puerta intentando hacer el menor ruido posible, su madre no le oyó, estaba tumbada en la cama boca abajo, ocupando con su cuerpo toda la cama. Aunque no se la oía apenas llorar lo hacía de forma desconsolada. Se sentó en la cama, su madre lo miró con los ojos annegados en lágrimas y se incorporó para abrazarlo con todas sus fuerzas. Entre sollozos le confesó que su padre le había vuelto a engañar con una mujer. Eso le llenó de rabia, su madre era una mujer maravillosa que no se merecía que un hombre como su padre la engañara una y otra vez.

Sin embargo, no podía hacer nada. No paraba de decirle a su madre que tenía que dejarle, que su padre no la quería, igual que tampoco lo querría a él si supiera que era gay.

La infidelidad y el robo

Robó la joya movida por los celos y la escondió en el bolso mientras seguía paseando por la casa. No sólo era la casa de su mejor amiga, era la casa de la amante de su mujer. No podía evitar sentir una inmensa furia hacia ella, aunque en el fondo sabía que la culpable de todos sus enfados era su esposa.

Siguió a la amante hasta su habitación. Por lo visto tenía algo que darle. Le daba lo mismo, no pensaba devolverle la joya aunque se la pillara en el bolso. Era el collar que le regaló a su mujer en su primer aniversario y pensaba tirárselo a la cara en cuanto llegar a casa.

La amante la sujetó de las manos, se la quedó mirando fijamente a los ojos y, de improviso, la besó apasionadamente en los labios. No se lo esperaba, pero cuando se separó de ella empezó a sentir un intenso frío. Bajó la vista y vio que tenía un cuchillo clavado en el estómago. Se desplomó en el suelo y antes de perder el conocimiento vio cómo la amante sacaba de su bolso la joya que había robado.

Al despertar, se encontró en una oscura habitación con una gran reja. Había vuelto a soñar con su último día de libertad.

Presencias vengativas

Me desperté con el aroma anaranjado del amanecer sintiendo como el calor del sol iluminaba mis párpados hasta hacerlos abrir. Sin embargo, no quería hacerlo porque sabía que era lo que me esperaba: el cuadro. Esa maldita pintura que reflejaba todos mis mayores miedos y nunca eran los mismos. A veces era la oscuridad, otras una plaga de asquerosos insectos, pero lo único que me apetecía hoy era ser ciega, me entraba pánico en solo pensar en abrir los ojos. Y aunque deseaba esto con toda mi alma, no me quedó más remedio que hacerlo. En cuanto lo hice me arrepentí; esta vez los colores mostraron a mi difunto novio, rápidamente me senté en la cama con un grito agudo saliendo por mi boca. Empecé a hiperventilar desmesuradamente, me levanté, corrí hacia el baño y mojé la nuca con agua muy fría. Me obligué a respirar más despacio, lentamente abrí la puerta del baño, me acerqué al cuadro y lo contemplé con minuciosidad. El rostro de mi novio estaba desfigurado, como si hubiera visto que no le hubiera gustado, la misma cara que tenía cuando me pilló engañándole con su hermano. Con su piel negra tersa como el mármol, sus ojos negros y sus grandes labios junto con su rizado pelo me recuerda a lo mucho que lo quise, pero cometí un error del que puedo arrenpentirme y mejorar pero no puedo volver atrás porque lo hecho, hecho está.

Con un leve temblor en las piernas, me dirijí a la cocina para prepararme el desayuno, aunque tenía el estómago cerrado. Abrí la nevera, cogí la leche de soja pero cuando la iba a echar en el vaso que había cogido, desapareció. Me quedé con el brick en el aire mientras observaba mi alrededor con cautela, y en ese momento noté una brisa que cruzaba mi mejilla, entonces me di cuenta de que la pintura de mi habitación no estaba mostrando mi miedo, era Hugo manifestándose a través del cuadro.

Intenté escapar de mi casa, llena de nuestros recuerdos con los que Hugo se hacía más y más fuerte, pero bloqueó la puerta y atascó las ventanas, fue entonces cuando me sumí en un sueño profundo en el que no pude despertar.