La madre que quiso tener

Arrojó la carta al fuego e ignoró las órdenes. La orden de su madre de que no volviera a aparecer por casa. Su madre le había prohibido volver a entrar en su casa, no decía la razón pero él sabía cuál era.  Por esto decidió coger algunas cosas que sabía que iba a necesitar y se fue hacia la casa de su madre. Llegó en cuestión de minutos y, sin llamar al timbre, abrió la puerta y se dirigió a la habitación de su madre.

-¿Qué haces aquí? ¿No te dije que no aparecieras por aquí? – dijo con una débil voz intentando ser dura, cosa díficil en sus circunstancias.

Él se quedó observándola con los ojos annegados en lágrimas. No tenía ni idea de lo enferma que se encontraba pero allí estaba, a punto de abandonar este mundo y sola, después de todo lo que había sacrificado, sin embargo él no iba a permitirlo, no podía dejar que sucediera esa injusticia. Se sentó en el sillón que había junto a la cama y la miró a los ojos unos segundos antes de hablar.

-¿Recuerdas cuándo tuve el accidente de coche y no te separaste de mí ni un sólo segundo hasta que pude volver a caminar? ¿Recuerdas cuando mi hijo murió y no te rendiste hasta volver a hacerme sonreír de nuevo? ¿Recuerdas cuándo me enseñabas de pequeño que a las buenas personas nunca hay que darles la espalda?

-No quiero que tu último recuerdo de mí sea como me muero. Que cada vez que pienses en mí veas esta cara – dijo señalándose el rostro. Él le cogió la mano y se la apretó fuertemente.

-¿No entiendes que es imposible que ese sea el único recuerdo que perdurará? He vivido contigo desde que era un renacuajo, tengo montones de recuerdos maravillosos. Así que si ese es tu mayor temor puedes estar tranquila.

Sus ojos se llenaron de unas lágrimas que en ningún momento se derramaron. No se soltaron las manos, estuvieron todo el tiempo hablando entre susurros recordando los buenos momentos, los no tan buenos y las cosas de las que se habían arrepentido a lo largo de los años.  Pararon de susurrar cuando las fuerzas de ella empezaron a fallar. Lo último que le dijo fue “Cuídate”, y cerró los ojos para no volver a abrirlos.

Él se puso de rodillas junto a ella y lloró por la mujer que se había ido, la madre que le hubiera gustado tener.