De noche en la arena

Dejé que la arena mojada besara mis pies y que el agua que dejaba las olas del mar me mojara la piel. El viento no paraba de mecer mi pelo y la luna llena iluminaba mi cuerpo, pero apenas era capaz de ver algo más allá.

Empecé a recordar la última vez que estuve en aquella playa. Los besos, las caricias, los orgasmos, los gemidos…Todo parecía tan idílico, tan bonito, no quería que ese momento se acabara nunca. Pero ese momento se acabó, y llegó el test de embarazo, un test que salió positivo y empezaron los gritos y las peleas, las discusiones y la imperiosa necesidad de echarle la culpa al otro.

Llegó el momento del parto y todo fue a peor hasta que llegó un día en el que recogió sus cosas y se marchó dejándonos a nuestra hija y a mí solos.  No me sentía preparado para afrontar sólo el momento de ser padre, pero también tenía la sensación de que no tenía que sentirme preparado, simplemente tenía que hacerlo.

En ese momento, volví a la realidad. Mi hija estaba jugando en la arena haciendo un castillo con uno de sus cubos. Sin tener una madre a su lado, se había convertido en una niña bondadosa y generosa con los demás, que se preocupaba por mí antes que por sí misma. A pesar de todo, creo que la mejor decisión que tomé fue la de enamorarme en esta playa, el lugar donde empezó todo.

Falsas acusaciones

No tenía coartada, estaba perdido. Sus dedos rodeaban los barrotes de la celda del calabozo hasta hacer que la sangre dejara de recorrer sus manos de la presión. Los policías no paraban de recorrer el pasillo del calabozo de arriba abajo sin detenerse ni un solo segundo. Le daban ganas de gritar que lo sacaran de ahí de una vez, que no había hecho nada, que él no había asesinado a su hijastra. Pero no podía demostrarlo, no podía demostrar que había estado sólo en casa toda la tarde mientras su hijastra era asesinada. Le dijo que iba al cine con unas amigas, parece que era mentira, sus amigas han negado que hubieran quedado juntas.

Se alejó de los barrotes y se sentó con las piernas cruzadas en el suelo y la espalda apoyada en la pared. Las lágrimas comenzaron a recorrer su rostro y todo su cuerpo empezó a experimentar temblores. Lloraba por la hija a la que había perdido, porque era eso…su hija. Era lo único que le quedaba de su difunta esposa, al morir ésta había pasado a tener su custodia. Todo este tiempo se habían tenido el uno al otro y en ese momento la policía sospechaba que él había intentado abusar de ella y al resistirse la había matado. Eso era lo que él pensaba que sospechaba la policía, por eso le tenían allí, en cualquier otro caso no le tendrían encerrado en aquel asqueroso y mugriento lugar. Presentía que le tendrían allí durante mucho tiempo.

De repente, la puerta se abrió para dejar entrar a un policía que le miraba con una extraña sonrisa en la cara. Él le observaba con los ojos inundados de lágrimas, seguro que querían interrogarle de nuevo, estaba cansado de las preguntas que no podía responder por mucho que la policía estuviera convencida de que él era el asesino. El policía se acercó a él y, sin que el acusado pudiera preverlo, le dio un patata en el estómago, y otra en las piernas, y otra en el pecho, y otra en la cabeza, y otra…No paró de golpearle hasta que perdió el conocimiento y le susurró “He disfrutado tanto dándote esta paliza como rebanándole el cuello a tu hijita”.

 

El acantilado

Al mirar por encima del acantilado los recuerdos afloran a mi mente como si de una película en blanco y negro se tratase. Las lágrimas brotan de mis ojos, no puedo evitar emocionarme con todo lo que he vivido. La muerte de mi madre, esa mujer tan dulce y llena de coraje y fuerza ya no está está, el nacimiento de mi hija, esa niña tan hermosa de pelo negro y piel morena que se rió con venir a este mundo.

Pero aún teniendo a mi hija a mi lado, siento que no puedo más, que no me quedan fuerzas para continuar. No tengo motivos ni fuerzas para levantarme de la cama cada día, siento que mi lugar ya no está aquí, sino en otro sitio al que no he ido nunca.

Necesito que el dolor deje de instaurarse en mi pecho y la única forma de hacer que salga es dejándome caer al vacío.

Mis pies van avanzando como si tuvieran vida propia, el aire helado me golpea la cara. Por un segundo, mi mente empieza a imaginar como sería mi vida si siguiera viviendo, junto a mi novio y a mi hija. Mi niña. Mi pequeña se sentirá muy triste cuando se entere de que su madre no volverá a darle un beso de buenas noches, ni le volverá a leer su libro de cuentos.

Y mi novio. El padre de mi niña. Si me lanzo le haré tanto daño, le haré sufrir tanto…Yo le quiero, estoy enamorada de él, tanto que creo que no le merezco.

De pronto, mis pies empiezan a retroceder sin yo notarlo. No puedo hacerlo, no puedo hacerle daño a mi hija, no puedo destrozarle el corazón a mi pareja. Me dolería tanto verles pasarlo mal como me duele ahora el pecho.

Me alejo corriendo del acantilado y me dirijo al coche. Una vez dentro, respiro aliviada y arranco el coche para irme a mi casa. Con mi familia. Por la que daría la vida por ella.

La tarta de manzana

Hoy es miércoles, el sol cae con intensidad a media mañana, el mercado está abarrotado de gente, y me he levantado con ganas de preparar y comerme una dulce tarta de manzana. Tengo todo lo que necesito en casa, pero me faltan unas manzanas frescas, así que el mercado es el mejor lugar para conseguirlas.
Llego hasta la zona de frutas y verduras y voy rebuscando entre los puestos hasta que logro ver unas manzanas verdes que brillan como las flores con el rocío de la mañana.
– Disculpe, – le pido al vendedor – deme cuatro manzanas cuando pueda.
Mientras las coge y las mete en una bolsa, me dedico a observar su rostro. Me recuerda mucho a alguien, pero no estoy segura a quién. Es un vendedor muy joven, tiene el pelo rubio ceniza y los ojos levemente verdosos. De repente, me pilla observándolo y me pongo roja de vergüenza.
– Lo siento, pero es que me suena mucho tu cara. – me justifico cogiendo la bolsa con las manzanas.
– No pasa nada, a mí también me suena mucho su cara – dice con una sonrisa.
– Dígame cuánto te debo.
– Cincuenta céntimos
Le doy el dinero y me dirijo a casa para empezar a hacer la tarta. Subo los tres pisos, me pongo mi pijama más cómodo y entro en la cocina para preparar todos los ingredientes que necesito.
Hago la masa batiendo la harina, la levadura, los huevos, el azúcar y dos manzanas cortadas en dados. Corto las otras dos manzanas en láminas, pongo la mezcla en un cuenco y coloco las láminas sobre la mezcla. Justo cuando meto el cuenco en el horno, suena el timbre de la puerta. Cierro el horno, pongo el temporizador, me limpio las manos en el delantal y abro la puerta con curiosidad.
– Hola – dice el joven vendedor de manzanas.
– Hola, ¿qué haces aquí? – le pregunto con un leve nerviosismo
– Te has dejado el cambio – dice dejándome unas monedas en la mano.
– Ah, pues, gracias.
– Oye, podrías darme un vaso de agua. Tengo la garganta seca.
– Claro, pasa.
Mientras estoy en la cocina soy un manojo de nervios, me tiemblan las manos hasta para sujetar el vaso. Cuando se lo doy está mirando las fotos que tengo colgadas en las paredes de la entrada.
– Aquí tienes.
– Muchas gracias. – se toma el agua de un tirón, como si no hubiera bebido en meses, y me da el vaso – Creo que ya sé de qué me suenas tú. Fuiste novia de mi hermano Fali si no me equivoco.
– ¡Oh, Dios! No me digas que tú eres Daniel. – le doy un abrazo cariñoso – Pero si eras un renacuajo…
– Eso ofende. – dice en broma con una relajada carcajada.
– Dime, ¿qué ha sido de tu familia?
– Pues, les va muy bien. Mi padre ya está jubilado, mi madre sigue siendo ama de casa aunque ha contratado a una muchacha para que la ayude, han aprovechado que les va bien económicamente y, bueno, mi hermano ha montado una editorial, es un poco reciente, pero creo que le va a ir muy bien. Sé que no acabasteis muy bien, pero…
– Eso ya está olvidado, fue hace mucho.
– Ya, pero no sé portó bien contigo.
Unos segundos de tensión se ciernen sobre nosotros hasta que viene un ruido del pasillo.
– No sabía que estabas acompañada – dice avergonzado.
– No te preocupes, ven que te voy a presentar a alguien.
Le guío hasta la última habitación de la casa, a través del pasillo.
– Julia, ¿estás haciendo algo importante? – le pregunto abriendo la puerta.
– Sí, estoy leyendo.
– Daniel, te presento a mi hija Julia
– Hola, Julia
– Hola – dice Julia sin apartar la vista del libro.
Cierro suavemente la puerta de su habitación, y nos dirigimos de nuevo al salón para despedirnos.
– ¿Cuántos años tiene? – dice con una comprensiva sonrisa en el rostro.
– Diez años. – abre los ojos muy sorprendido – Y antes de que lo preguntes, es hija de Fali.
– ¿Fali lo sabe?
– No, y tú no se lo vas a hacer. Él sabía perfectamente que estaba embarazada y me dejó en la estacada, así que no se merece saberlo.
Sin decir nada se marchó y yo saqué la tarta quemada del horno con un suspiro.