Hay alguien que quiere verte, Arturo

Llegué al hospital como cada mañana y no noté nada fuera de lugar, parecía que iba a ser una mañana tranquila, aunque no exenta de trabajo. Me dirigí al mostrador para saludar a la nueva recepcionista y me fui a la zona de descanso a esperar a que me asignan un paciente, lo que no tardaría demasiado, según mi experiencia. Allí me encontré a mi compañero Carlos que acababa de llegar, nos saludamos charlamos un rato y se dirigió a la puerta para marcharse a su consulta.

-Dile a Mónica que estoy aquí, si me busca. – le dije antes de verle desparecer por la puerta.

Carlos era fisioterapeuta como yo y ambos eramos los únicos que nos encargabamos del departamento de fisioterapia. Eran Mónica y Eva las doctoras que se encargaban de asignarnos los pacientes a los que teníamos que atender. Aproveché el momento de tranquilidad para desayunar cuando, al pasar unos quince minutos, entró una de mis compañeras enfermeras apresurada.

-¿Qué ocurre?

-Hay alguien que quiere verte, Arturo.

Salí de la sala y llegué en cuestión de segundos a la entrada del hospital. En una de las sillas de la sala de espera había una mujer sentada con la mirada clavada en el suelo, como si le diera miedo pensar siquiera en levantarla. Me fijé en que tenía un brazo escayolado y la típica tripa hinchada de embarazada. Empezaba a pensar que mi compañera se había equivocado hasta que vi la marca de una gran mancha oscura en su rostro y tuve claro quien era: mi hermana mayor. Me acerqué rápidamente hacia ella rebosante de emoción, al sentir mi presencia levantó el rostro con los ojos brillantes, se incorporó y me dio un abrazo lo más fuerte que pudo.

-¿Qué haces aquí? – dije con una sonrisa mezclada con ganas de echarme a llorar.

-He tenido un accidente, pero eso da igual. Sabía que estabas aquí y quería verte. Necesito tu ayuda.

-¿Qué te ha pasado? – pregunté con el ceño fruncido.

-No sé cómo decírtelo Arturo. Víctor lleva maltratándome varios meses, no sólo psicologicamente, sino también físicamente. Hoy me ha tirado por las escaleras y mira cómo he acabado – dijo señalando su brazo en cabestrillo. – Tienes que ayudarme, no puedo volver a casa.

Mi cabeza estaba a punto de estallar sólo de pensar en todo lo que me acababa de contar en apenas cinco minutos, pero mi hermana necesitaba que le echara una mano y no pensaba dejarla en la estacada después de todo lo que ella había hecho por mí a lo largo de mi vida. Cogí el teléfono, llamé a un taxi  y tras colgar, fui a la recepción para avisar de que me iba a casa por una emergencia.

Al llegar el taxi, no subimos y le di la dirección de mi casa. Una vez llegamos a ella, preparé la habitación de invitados y dejé que se echara un rato en la cama a descansar.

Al día siguiente, fuimos a la comisaría a presentar una denuncia contra el marido de mi hermana y yo pedí unos días en el hospital para poder estar con ella, me daba miedo dejarla sola y que ese lunático le hiciera algo de lo que me culparía seguro. Unos días después detuvieron a Víctor y ambos pudimos respirar tranquilos durante un tiempo.

¿Qué le pasó a tu hermana?

Abrió la puerta con una sonrisa cubriéndole el rostro, pero desapareció tras enseñarle una carta que sostenía en mi mano. Intentó arrebatármela, sin embargo, yo fui más rápida apartándome.

-¿No tienes nada que explicarme? – dije cruzándome de brazos.

-Pasa.

Entré dando furiosas pisadas. En el sobre había una sola hoja en blanco en la que ponía un nombre escrito a mano: “Elena Ramírez Zamarreño”. No me costó mucho atar cabos para saber que era su hermana, pero nunca le hablaba de ella, como si quisiera ocultar algo.

-¿Qué le ocurrió?

-¿Cómo?

-¿Qué le ocurrió a tu hermana?

-¿Para que quieres saberlo? – dijo mientras se servía algo que parecía whisky.

-Deja de intentar irte por las ramas, dime de una vez qué es lo que le pasó.

-Está bien, siéntate – dijo con un leve suspiro – Todo empezó el día que mi hermana encendió una cerilla, había comprado unas velas aromáticas y quería probarlas. No me interesó demasiado hasta que me dijo que las había comprado en una tienda de zapatos y que se las recomendó una amiga camarera que se había encontrado en la biblioteca. Nada de lo qu eme decía tenía sentido, así que un día la seguí hasta un hostal. No me pareció nada raro, ya que últimamente decía que estaba buscando trabajo. Sin embargo, lo más curioso era que no fue a la recepción ni a ninguna de las habitaciones, sino que se dirigió a un sótano. Entré tras ella en él y me quedé pegado a la pared. Ella caminaba como si estuviera en una especie de trance, pero yo no podía hacer nada, era como si mi cuerpo se hubiera paralizado. Mi hermana siguió caminando hasta un pozo dónde había una chica rubia que estaba sonriendo. Me dijo algo al oído y segundos después se tiró al fondo del pozo.

Evité hacer ruido, pero no que las lágrimas empezaran a correr por mi rostro por la hermana que había perdido en cuestión de segundos y lo peor es que no había hecho nada para intentar evitarlo. Me había quedado pegado a la pared, en silencio, sin hacer nada, como un vulgar bicho. Por eso, nunca hablo contigo de ella, me avergüenza lo que hice, o más bien lo que no pude hacer.

-Lo siento, siento haberte presionado.

-Es normal, querías saberlo, lo entiendo.

Le abracé rodeando su cintura con mis brazos. Le creía, pero había algo que no encajaba. La historia era demasiado fantástica. Sin embargo, cerré los ojos y le seguí abrazando.