Twitter y unas fotos

Alberto encendió un día más el ordenador con el estómago encogido por los nervios. Tenía que entregar un trabajo para clase y le quedaban pocas horas para que venciera el plazo. Comenzó a escribir cuando sonó su móvil. Era una notificación.

Desbloqueó el teléfono y observó que la notificación era de un nuevo mensaje privado de Twitter. El miedo dominó el cuerpo de Alberto. No quería leer aquel mensaje, sabía quién se lo había enviado. Decidió que lo ignoraría. Si no lo leía sería como si no existiera, pero le volvió a llegar otro mensaje.

Él se negaba a mirar el móvil siquiera, pero le volvió a llegar un tercer mensaje. Con un suspiro de resignación decidió leer los mensajes.

Nos vemos esta tarde en el hotel

Ya sabes lo que pasará si no vienes

Tengo fotos tuyas y se las enviaré a tus padres

No era la primera vez que aquella mujer amenazaba con enviar las fotos que el le había mandado a gente de su entorno. Sabía que tarde o temprano volvería a enviarle esos asquerosos y amenazantes mensajes. Sin embargo, ya no tenía nada de que temer. Su familia lo sabía todo. Habían ido a la policía y denunciaron lo que estaba haciendo aquella mujer.

Alberto estaba muy arrepentido. Había accedido a los chantajes de su ciber-acosadora, se equivocó al mandarle fotos suyas desnudo, pero mantuvo relaciones con ella bajo sus horribles amenazas. Su familia lo ayudó y lo apoyó. Lo acompañó a poner la denuncia contra esa mujer y sólo quedaba esperar que la justicia siguiera su curso y rezar para no difundiera las fotos entre ninguno de sus conocidos. Antes preferiría abandonarlo todo y fugarse muy lejos de allí.

Una caja

Salió al jardín para admirar el amanecer como cada mañana. Siempre se sentaba en las escaleras de la entrada y mientras el sol se movía por el cielo, ella pensaba en todo lo que había hecho el día anterior y agradecía cada segundo de felicidad por el que pasaba.

Tras pasar un par de horas, y creyendo que ese día no iba a venir, vio aparecer al cartero en bicicleta. Como siempre, le lanzó una tímida sonrisa antes de acercarse al buzón. Metió la correspondencia de ese día y se marchó rápidamente sin mirarla.

En cuánto se fue, se echó a correr como una flecha hacia su buzón, intrigada por lo que pudiera haber dentro. Abrió el buzón y se quedó blanca, no tenía ni idea de lo que era y eso era lo que más la asustaba.

Cogió el paquete entre sus temblorosas manos y se fue corriendo hacia su casa, cerrando la puerta con llave como si escondiera un secreto entre sus paredes. Lo colocó sobre la mesa de comer, con cuidado empezó a quitar el papel de que lo envolvía y descubrió una caja de cartón marrón cerrada con celo. Cogió un cuchillo, abrió la caja y se quedó bloqueada con lo que vio. Sacó del paquete un cuaderno sin ningún título, unas fotos desperdigadas y una pequeña carta escrita a mano. Reconoció la letra al instante, lo que le le hizo ponerse en tensión.

Apenas le dedicó un par de minutos, miró las fotos, en todas salía ella con su madre. Una madre que había parecido estar presente, pero que en realidad ni siquiera sabía cuál era su nombre.

Se decidió a abrir el cuaderno, era un diario con algunas páginas arrancadas, pero todo lo que ponía era lo de siempre, era ella, una egoísta, siempre pensando en ella misma, sin preocuparse por nadie más.

Lo guardó todo en la caja, cogió un mechero y, prendiéndolo, comenzó a quemar la caja, Cuando todo quedó reducido a cenizas, las metió en una caja para enviárselas a su destinataria al día siguiente.

Nuestras raíces no siempre son buenas, a veces nos destruyen hasta no dejar ni rastro.

Aceptación

Camino despacio, dejando que mis pies desnudos se humedezcan con el rocío de la hierba, mientras mis pensamientos vagan y apenas me dejan respirar. Levanto levemente la cabeza, cierro los ojos y respiro profundamente. Intento bloquear mi cerebro para no pensar en nada más que en respirar y en sentir el calor del sol en mis brazos.

Detrás de mi oigo unos pasos tras de mi, abro los ojos levemente sin darme la vuelta, no necesito volverme para saber quién:

– ¿Estás lista? – me pregunta cuidadosamente

– No, pero vamos a ponernos a ello – digo volviéndome abrazada a mi misma.

– Si no quieres hacerlo solo tienes que decírmelo, Maca – dice Marta con un tono muy suave.

– Marta, necesito hacerlo, tengo que empezar a apreciarme, y solo puedo hacerlo si me ayudas a verme como lo hacen los demás.

Solo estaba vestida con una blusa suelta que cubría mi voluminoso y rechoncho cuerpo y se ondeaba al ritmo del viento al igual que mi pelo corto rojizo. Me encontraba en uno de esos momentos en los que no tenía fuerzas nada más que para estar metida bajo las sábanas y derramar tantas lágrimas como me permitieran mis ojos. Sin embargo, esto no podía seguir así, por lo que le pedí a Marta ayuda, y tuvo la idea de hacerme una sesión de fotos que me hiciera ver como soy realmente, como me ve la cámara.

Me voy colocando en las posiciones que me sugiere, desde estar tumbada en la hierba con los brazos extendidos hasta estar de pie con los codos hacia arriba. No sé como voy saliendo, prefiero no pensarlo, solo quiero ver todo el resultado. Al terminar me dice que cierre los ojos y me quede tumbada, comienzo de nuevo a respirar profundamente, es como si me hubiera quitado un gran peso de encima. Cuando termina de pasar las fotos al ordenador me avisa, me levanto del suelo y me dirijo a la caseta.

Al ver las fotos me quedo alucinada. Ha captado una esencia de mi que nunca habría visto, ni siquiera imaginado. Sin embargo, observo mis estrías, esas odiosas líneas moradas y blancas que tanto aborrezco. A pesar de lo bonita que me veo las imperfecciones siguen ahí, nunca me desharé de ellas.

En ese momento veo una foto en la que estoy tumbada con los ojos cerrados, después de haber terminado de hacer las fotos. Es en la que mejor estoy, da igual las estrías o celulitis que tenga, forman parte de esa preciosa esencia que desprendo.

– ¿Qué tal? – me pregunta Marta con una sonrisa en el rostro.

– Me encanta – digo con un brillo especial en los ojos a punto de desbordarse.