Aquella palabra

Escribió aquella palabra en el cuaderno sin ningún tipo de remordimiento. Ya no había vuelta atrás, había contraído un compromiso consigo misma lo que hacía que no pudiera borrar lo que había escrito en la hoja.

Oyó como la puerta de su casa se cerraba, su madre acababa de llegar de trabajar. Cerró y guardó el cuaderno en su mochila y salió de la habitación para saludar a su madre y decirle que iba a seguir estudiando. Cerró la puerta de su habitación y volvió a abrir el cuaderno colocándolo sobre la mesa. Miró la página en blanco sin saber que seguir escribiendo, sin saber como explicar lo que estaba sintiendo. Empezaba a angustiarse por momentos, no podía dar marcha atrás, no en ese momento. Intentó escribir lo primero que se le pasara por la cabeza y así consiguió expresar todo lo que sentía por Tomás. Bajo todo el texto, que le ocupó dos páginas del cuaderno, encabezaba la primera palabra que había escrito, «enamorado».

De repente, oyó un débil llanto. Abrió la puerta silenciosamente y pegó el oído a la puerta de la habitación de sus padres. No le cabía duda, era su madre la que estaba llorando. Abrió la puerta intentando hacer el menor ruido posible, su madre no le oyó, estaba tumbada en la cama boca abajo, ocupando con su cuerpo toda la cama. Aunque no se la oía apenas llorar lo hacía de forma desconsolada. Se sentó en la cama, su madre lo miró con los ojos annegados en lágrimas y se incorporó para abrazarlo con todas sus fuerzas. Entre sollozos le confesó que su padre le había vuelto a engañar con una mujer. Eso le llenó de rabia, su madre era una mujer maravillosa que no se merecía que un hombre como su padre la engañara una y otra vez.

Sin embargo, no podía hacer nada. No paraba de decirle a su madre que tenía que dejarle, que su padre no la quería, igual que tampoco lo querría a él si supiera que era gay.

Falsas acusaciones

No tenía coartada, estaba perdido. Sus dedos rodeaban los barrotes de la celda del calabozo hasta hacer que la sangre dejara de recorrer sus manos de la presión. Los policías no paraban de recorrer el pasillo del calabozo de arriba abajo sin detenerse ni un solo segundo. Le daban ganas de gritar que lo sacaran de ahí de una vez, que no había hecho nada, que él no había asesinado a su hijastra. Pero no podía demostrarlo, no podía demostrar que había estado sólo en casa toda la tarde mientras su hijastra era asesinada. Le dijo que iba al cine con unas amigas, parece que era mentira, sus amigas han negado que hubieran quedado juntas.

Se alejó de los barrotes y se sentó con las piernas cruzadas en el suelo y la espalda apoyada en la pared. Las lágrimas comenzaron a recorrer su rostro y todo su cuerpo empezó a experimentar temblores. Lloraba por la hija a la que había perdido, porque era eso…su hija. Era lo único que le quedaba de su difunta esposa, al morir ésta había pasado a tener su custodia. Todo este tiempo se habían tenido el uno al otro y en ese momento la policía sospechaba que él había intentado abusar de ella y al resistirse la había matado. Eso era lo que él pensaba que sospechaba la policía, por eso le tenían allí, en cualquier otro caso no le tendrían encerrado en aquel asqueroso y mugriento lugar. Presentía que le tendrían allí durante mucho tiempo.

De repente, la puerta se abrió para dejar entrar a un policía que le miraba con una extraña sonrisa en la cara. Él le observaba con los ojos inundados de lágrimas, seguro que querían interrogarle de nuevo, estaba cansado de las preguntas que no podía responder por mucho que la policía estuviera convencida de que él era el asesino. El policía se acercó a él y, sin que el acusado pudiera preverlo, le dio un patata en el estómago, y otra en las piernas, y otra en el pecho, y otra en la cabeza, y otra…No paró de golpearle hasta que perdió el conocimiento y le susurró «He disfrutado tanto dándote esta paliza como rebanándole el cuello a tu hijita».

 

La maldición familiar

Se reunió toda la familia como hacía cada año. El salón estaba totalmente iluminado con las luces del árbol de navidad, la mesa estaba repleta de comida y todos se sentaron alrededor de ella para comenzar a cenar. En aquel salón se encontraban desde los abuelos de la familia hasta los nietos de pocos meses de vida y todos estaban en tensión. Sabían que en cualquier momento la maldición iba a cernirse sobre ellos, como ocurría siempre que se encontraban juntos.

Desde hacía muchos siglos, sobre la familia se cernía la misma maldición. En cada ocasión en la que se encontraban todos los miembros de la familia con vida juntos siempre sucedía un fenómeno sobrenatural que hacía que alguno de ellos dejara de vivir. No sabían de dónde procedía tal hecho, pero de lo que sí estaban seguros era de que esa noche uno de los presentes iba a morir. Absolutamente todos estaban preparados para lo peor. El hijo menor de la familia miró a sus dos hijas recién nacidas. Eran gemelas y apenas tenían un par de meses de vida. Observó a sus hermanos, comían tranquilamente el pescado que la criada de su madre había cocinado, pero se les notaba el temblor del miedo en las manos.

Las luces del techo empezaron a parpadear como si del guiño de un ojo se tratara hasta que todo se quedó oscuro. Nadie hizo un sólo ruido, sabían que el momento había llegado. Cuando al fin se volvió a hacer la luz todos pudieron ver cómo el carro en el que se encontraban las nietas recién nacidas había desaparecido. La madre empezó a gritar desconsoladamente como si algo la hubiera poseído mientras señalaba el centro de la mesa manchado de sangre. Nadie reaccionó, nadie más hizo un sólo ruido a excepción del padre de las niñas que comenzó a llorar en absoluto silencio tragándose las lágrimas.

Bajo el rosado árbol

Sentada en el frío banco, siento como mis doloridos huesos se resienten por el húmedo temporal. Me pesan las arrugas de mi rostro y las pieles se desprenden de mi cuerpo debido a el paso de los años. Las rosadas hojas se caen de los árboles, al igual que mis cabellos se vuelven grises y mis ojos pierden su brillo.

A lo largo de mi vida he visto demasiadas cosas, algunas han sido maravillosas, y sin embargo otras han sido terribles, tanto que me cuesta reproducirlas en mi memoria. He creado una familia maravillosa, que el día que tenga que abandonarla me va a doler más a mí que a ellos. He luchado desde que tengo uso de razón y he conseguido grandes cosas gracias a ello. Es verdad que mi vida ha sido bastante dura, pero no me arrepiento de nada de lo que he vivido y no cambiaría nada de ella.

El viento me acaricia el rostro recordándome que la noche se va acercando y que debo volver a casa antes de que sea totalmente de noche. Me levanto con dificultad apoyándome en el bastón y vuelvo a casa caminando junto al río, el mismo río que me vio nacer, con el que crecí y en el que espero abandonar este maravilloso y, a la vez, desdichado mundo.

Una nochebuena inesperada

Abraham estaba en la cocina terminando de preparar la cena de Nochebuena. Era su noche favorita ya que era el día que más tiempo pasaban juntos su hija Sophia y él. Era la única noche de las fiestas navideñas que pasaban solos y ellos aprovechaban para disfrutarla al máximo.
Mientras Sophia terminaba de preparar la ensalada, Abraham empezó a poner la mesa. El trabajar de camarero le había dado la mala costumbre de organizar la mesa como lo hacía en su trabajo, lo que a veces le hacía ganarse una reprimenda por parte de su hija. Sin embargo, un día era un día y no podía haber nada mejor que cenar con clase.
Tras sentarse a la mesa, empezaron a hablar de cómo le había ido durante el día, se rieron sobre las cosas que les habían pasado en la última semana y no podían evitar recordar en silencio a la persona que se marchó diez años antes. Terminaron el primer plato cuando llamaron a la puerta de forma insistente.

– Papá, ve tú. Yo me llevaré esto a la cocina.

Abraham se dirigió a la entrada de la casa con un mal presentimiento. Su intuición nunca le fallaba pero en ese momento lo que se le pasaba por la cabeza no era nada bueno. Así que cuando abrió la puerta su intuición no podía tener más razón.- Hola – dijo una mujer mirándole con timidez.Abraham se quedó bloqueado sin saber qué decir. Ante sí tenía a su mujer y madre de Sophia, Olivia, la persona que no sólo le había hecho daño a él sino que había roto el corazón de su hija.

– ¿Qué haces aquí? – le preguntó Abraham con dolor en la mirada.

– Vaya recibimiento.

– Te he hecho una pregunta – le repitió con dureza.

– Quiero volver a la vida de mi hija.

– ¿Crees que acaso tienes derecho a volver a ella? Han pasado diez años y llevas una década sin querer saber nada de tu hija. ¿Piensas que va a querer verte?

– Eso sólo puede decirlo ella.
A regañadientes la dejó entrar. Le indicó que Sophia estaba en el salón, Abraham decidió que Olivia entrara sola en el salón y se enfrentara con sus propios ojos al daño que le había hecho a Sophia con su marcha.

– Hola, Sophia.

– ¿Qué haces tú aquí? – le preguntó Sophia.

– He venido para que volvamos a estar juntas de nuevo.

– Ni en tus sueños. ¿Tú de que vas, tía? ¿Acaso te crees que por ser navidad puedes volver y que te recibiremos con los brazos abiertos? ¡Tú flipas!

Sophia se levantó de la silla y se fue a la entrada a buscar a su padre dejando a su madre sola en el salón. Olivia no podía sentirse más desconsolada en ese momento, pero poco más podía hacer. Enfadada, Sophia le pidió a su padre que echara a su madre de casa, pero Abraham, al ver lo mucho que estaba nevando en la calle, sabía que no podía echarla como si fuera un perro. Por ello, convenció a Sophia para que Olivia se quedara a cenar a cambio de que no hablara ni se dirigiera a ella.
Olivia cumplió su promesa, no dijo ni una sola palabra, sólo observaba lo que decían tanto Abraham como Sophia. Disfrutaba de la complicidad que tenían y empezó a sentir envidia de ello. Al terminar de cenar, Sophia se marchó a su habitación dando tal portazo que retumbó toda la casa. Olivia miró a Abraham con ternura.

– Tiene carácter – observó Olivia de forma pensativa.

– Sí, en eso es idéntica a ti – admitió Abraham con un suspiro mientras tomaba un sorbo de su copa de vino blanco.

– A mí no me ha servido de nada, he acabado perdiendo a mi hija – dijo Olivia mirándose los dedos entrelazados.

– Livy, todos cometemos errores – le dijo Abraham intentando consolarla. En el fondo, aunque le hubiera hecho tanto daño, le daba pena ver a su mujer así. Él estaría destrozado si Sophia dejara de hablarle.

– Siento todo lo que he hecho, Abraham. Siento haberos hecho tanto daño. Hasta que no he venido aquí no me había dado cuenta del dolor que os he causado.

– No quiero mentirte ni decirte nada diferente de lo que pienso, pero es verdad, podrías haber hecho las cosas de otro modo. No pensaste en nadie más que en ti, hiciste la maleta sin mirar atrás.

– No puedes culparme por querer ser egoísta – dijo Olivia con lágrimas en los ojos.

– No te culpo por ser egoísta. Te culpo por no decírmelo, por irte sin darnos una explicación, ni a nuestra hija ni a mí.

– Yo…lo siento…de verdad, Abraham.

– No tiene sentido que te disculpes ahora, pero sabes que a Sophia le va a costar bastante perdonarte, ¿sabes?

– Creo que no lo hará, si ha heredado toda la personalidad nunca me perdonará. Pero no merecerá la pena.

– ¿Por qué?

– Porque voy a volver a irme, sé que he dicho que quería volver a la vida de mi hija, pero en realidad sólo quería saber cómo estabais y al ver que os va bien creo que ya puedo irme tranquila sabiendo que no podéis estar mejor.
Abraham no tuvo palabras para decirle lo que sentía porque sabía muy bien que si decía lo que se le estaba pasando por la cabeza iba a arrepentirse durante mucho tiempo, así que prefirió callarse. Olivia se levantó y Abraham la acompañó a la puerta para que se marchara.

– Hasta siempre, Olivia – le dijo Abraham sin sonreír.

– Hasta siempre, Abraham – le respondió Olivia de espaldas.

Con un suspiro Abraham cerró la puerta y se apoyó en ella. Dejó que las lágrimas rodaban por sus mejillas antes de ir a ver a su hija. Lo que había tenido delante en las últimas horas había sido sólo un espejismo del pasado, algo que no iba a volver.
Entró en la habitación de Sophia y se la encontró leyendo “El retrato de Dorian Gray”, su lectura navideña favorita. La miró y le pidió que bajase con él al salón.
Se sentaron junto a la chimenea y contemplaron el árbol mientras cantaban en un tono suave villancicos. No había sido la Nochebuena que esperaban, pero la habían terminado de la mejor forma posible, como cada año.