Una lúgubre ciudad

La ciudad permanece en un mustío color grisáceo. Los bares son todos de color marrón, sin que haya apenas gente en su interior. Voy paseando entre las calles de esta triste ciudad, en la que la gente, al anochecer, se esconde en sus casas y no se oyen los gritos felices de los niños. Estamos en navidad, pero no hay ni una sola luz y tampoco ningún árbol de pino que lo indique.

Entro en un pequeño restaurante, si es que aún se puede llamar así, y pido un capuccino para tomar en el local. Vislumbro una pequeña sonrisa en el rostro del camarero, pero no estoy del todo segura ya que se marcha antes de que pueda fijarme mejor. Mirando a mi alrededor, veo a una joven pareja que no habla entre ella, tienen la mirada fija en lo que están tomando, una moviendo su chocolate caliente y el otro jugando con el gofre que se ha pedido. Es una pena que esta ciudad, con lo bonita y romántica que es de día, sea tan triste de noche.

El camarero me trae el capuccino y me lo bebo lentamente, disfrutando del calor que desprende la taza e intentando imaginarme que vuelvo a estar en mi ciudad natal, donde la navidad inunda todos los rincones y a nadie deja indiferente esta época del año. Sin embargo, cuando termino de tomármelo y abro los ojos, finalizan mis recuerdos y me encuentro de nuevo en este lúgubre y frío lugar. Le pago al camarero junto con una pequeña propina y me siento en un banco que hay en el exterior. Saco de mi diminuta mochila mi cuaderno de dibujo y un lápiz empezando a dibujar el escenario que tengo ante mis ojos tal y cómo lo percibo. Espero poder marcharme de aquí pronto.