Masajes escondidos

Me asomé por la ventana y vi a Óscar apoyado en la moto. Me miró con sus descarados ojos azules retándome a dar el siguiente paso.

-¿Subes tú o bajo yo? -le pregunté.

No me respondió. Se apartó de la moto y entró en el portal. Fui hacia la puerta y la abrí justo cuando él ya había llegado al tercer piso. Nos quedamos observándonos  unos segundos. El deseo fluía entre nosotros aunque no lo quisiera reconocer. Ninguno de los dos se atrevió a besar al otro, aunque era lo que queríamos hacer. 

-¿Por qué has venido? -le pregunté.
-Porque quiero seguir jugando -al contestarme su voz sonaba ronca delatando sus deseos.

No dije nada. Caminé por el pasillo hasta entrar en la habitación de mis padres. Su cama era mucho más cómoda que la mía. Óscar cerró la puerta tras de sí y colocó su cuerpo pegado a mi espalda. Acercó su nariz a mi cuello e inspiró mi aroma, provocándome un dulce cosquilleo.

-Desnúdate y túmbate en la cama. Boca abajo. -me ordenó.

Yo obedecí, pero con lentitud, observando las reacciones que provocaba en el cuerpo de Óscar la visión de mi cuerpo desnudo. Su respiración se estaba volviendo agitada y, en su entrepierna, estaba creciendo un duro bulto que me hacía salivar.

Una vez me quedé completamente desnuda, me tumbé en la cama y esperé. Él se acercó a mí. Se sentó en la cama y comenzó a masajearme; los hombros, el cuello, la parte alta de la espalda, los riñones, la zona lumbar… Llegó a mi trasero y, cuando pensé que no seguiría avanzando, me demostró lo equivocada que estaba. Empezó a masajearme los glúteos con los pulgares dibujando pequeños arcos que me iban calentando poco a poco.

-Date la vuelta -volvió a ordenarme.

Lo hice, pero muerta de vergüenza, sin atreverme a levantar la vista. De nuevo, masajeó mis hombros, se detuvo bastante tiempo en mis pechos hasta conseguir que se pusieran duros. Me mordí el labio, en mi entrepierna estaba comenzando a tener un punzante dolor que necesitaba aliviar y no hacía más que desear que recorriera con su lengua mis abultados montículos.

Haciendo caso omiso de mis mudos deseos, masajeó mi estómago y se detuvo en mi dolorida entrepierna. Creí que al fin haría algo para aliviarla pero sólo se apartó y me observó traviesamente. Me incorporé sobre los antebrazos y le miré desafiante. Abrí las piernas y me metí dos dedos sacando un poco de mi dolorida humedad y la llevé hasta mi clítoris. Óscar tenía las pupilas dilatadas y su aliento salía con tal fuerza de su boca que podía sentirlo sobre mí.

-¿Qué estás haciendo? -me preguntó.

-Me has dejado muy caliente. Necesito aliviarme. -le respondí con descaro.

Se quedó observando como masajeaba mi clítoris usando sólo un dedo y, estaba tan excitada, que llegué al orgasmo en apenas cinco minutos. Mi cuerpo se convulsionó y entre las olas de placer pude ver cómo Óscar se pasaba la lengua por el labio inferior.

-¿Mejor? -preguntó acercándose a mí.
-Sí -puse las manos a ambos lados de su cara y lo atraje hacia mí para besarlo. Apoyó las manos en el colchón para evitar caerse y continuamos besándonos.

-Ahora es tu turno -dije tras separar mis labios de los suyos.
-Eso no es lo que había planeado.
-Pero yo sí.

Desnudó su escultural cuerpo y se deleitó en los efectos que causaba en mi desnudo cuerpo. Se tumbó boca abajo, igual que lo había hecho yo. Dibujé amplios círculos en cada centímetro de su espalda y escuché como suspiraba de placer.

-Tus manos son muy suaves -mencionó en un tono ronco.

Sonreí, seguí masajeando la parte baja de su espalda y, al igual que él, me entretuve en sus glúteos. Sus suspiros de placer se volvieron más intensos cuando recorrí su columna vertebral con la punta de mi lengua. Le pedí que se diera la vuelta, pero no seguí masajeándolo. Me dirigí directamente a su duro y abultado miembro, cosa que Óscar no se esperaba. Lo envolví con una mano y lo masajee despacio y con cuidado.

-Mmm…vas a volverme loco.
-Esa es la idea -respondí descaradamente.

Los movimientos descendentes y ascendentes que hacía mi mano me tenían muy concentrada. Los gemidos de placer que emitía Óscar me estaban volviendo a excitar y el tacto de la piel de su miembro me encantaba. Aumenté el ritmo, los jadeos de él inundaban la habitación hasta que se corrió en mi mano.

Caminando a cuatro patas sobre la cama, me acerqué a él para que lamiera la mano con la que lo había masturbado. Volvimos a besarnos cuando oí el ruido de la puerta de casa abriéndose y la voz de mi madre llamándome.

Con las persianas bajadas

Entro en la casa de Constantin leyendo por décima vez el mensaje que me envió un par de horas antes.

A las ocho en mi casa. Tengo una sorpresa.

Nunca me han gustado las sorpresas y menos viniendo de Constantin. Tiene un gusto pésimo para dar sorpresas. Pero me decidí a hacerle caso y allí estaba, cerrando la puerta de su casa con una mezcla de curiosidad y mosqueo en el cuerpo. Apenas conozco a este relamido francés, pero confieso que tiene algo que me vuelve loca. No sé si será su pelo rizado que siempre está intentando dominar, sus ojos grises o quizá el hecho de que me ponen muchísimo los hombres vestidos con traje. El hecho es que me atrae tanto que, en cuanto me separo de él, cuento los minutos para volver a tocarle.

Apenas hay luz en el apartamento. Es verdad que casi ha anochecido, pero me estoy poniendo nerviosa por el hecho de que la luz de las bombillas es tan tenue. Vuelvo a recibir un nuevo mensaje en el móvil.

Entra en mi habitación.

Sonrío por dos razones: la primera, es que se ha dado cuenta de que ya he llegado al apartamento y, la segunda, es que el juego ya ha comenzado. Su habitación está cerrada y eso me corta la respiración. No sé qué demonios estará haciendo dentro. Me acerco lentamente a la puerta y giro el pomo disfrutando de ese momento de incertidumbre.

Al abrir la puerta apenas entra la luz en la habitación cuando Constantin me susurra con su ronco acento francés:

-Cierra la puerta.

Le obedezco sin dudar pero sin tener ninguna prisa. Todo forma parte de su juego. Las persianas están bajadas y no entra nada de claridad en la habitación. No puedo distinguir si tengo los ojos abiertos o cerrados. Todo está igual de oscuro.

Con la yema del dedo índice comienza a recorrer mi cuello y consigue que un placentero escalofrío recorra mi cuerpo. Acerca su nariz y aspira el olor de mi cabello, el que me he lavado antes de salir de casa. De forma brusca, me gira y me coloca de espaldas a la pared. Aunque no puedo verle los ojos, sé que me está observando con deseo. Sé que está deseando poseerme…y yo también.

Me sujeta las muñecas contra la pared, a ambos lados de mi cabeza, apretándolas entre sus manos, y yo no puedo evitar jadear con excitación. La oscuridad, el silencio, mi piel en contacto con la suya. Es esa combinación la que hace que empiece a sentir una dulce humedad. Le suplico que me bese, que no aguanto más; pero él me dice que aún no es el momento, que tengo que esperar un poco más. Se agacha hasta que su vista queda a la altura de mi entrepierna. Estoy deseando que se acerque, que me baje los pantalones y limpie toda mi humedad con su lengua…pero no lo hace.

Siento que estoy desesperada, el cuerpo me duele de la tensión a la que estoy sometiendo a mis músculos para no lanzarme sobre él. Se vuelve a poner de pie, acerca su rostro al mío pero con la única parte del cuerpo que me toca es con su entrepierna. La presiona contra la mía y siento que quiero llorar de puro deseo.

-¡Dios! Constantin, por favor. No me tortures más.

-Está bien, Laura. Dime qué quieres que te haga.

Que pronuncie mi nombre con ese deseo me lleva al borde del abismo y soy totalmente cruda cuando le respondo a su petición.

-Quiero que me bajes los pantalones.

Él obedece llevándose mis bragas consigo. Como si fuera mi esclavo.

-Túmbate en el suelo. Bocarriba.

Vuelve a hacer lo que le ordeno. No doy ninguna orden más. Me siento sobre él, introduciendo su miembro en mi interior que, con el flujo de la excitación, entra fácilmente. El resto ya es historia.