Un pasado indecente

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La brisa del mar le agitó el pelo haciendo que se le despeinara. Justamente aquella mañana había ido a la peluquería para hacerse un nuevo peinado. Pero eso ya no tenía importancia porque había ido allí para algo más urgente.

La nota decía que tenía que reunirse con el chantajista al atardecer del tercer aniversario de la muerte de su padre. Sin embargo, en aquel papel arrugado no se especificaba la la razón del encuentro. Ella estaba muerta de miedo, pero la curiosidad de la incertidumbre era más fuerte que el miedo que sintiera. Llevaba una hora esperando, apoyada en la barandilla del puente observando el movimiento del agua. Otra persona ya se habría ido, se habría dado por vencida y habría pensado que alguien se había estado riendo de ella.

Ella era distinta. No se rendía ante la adversidad. Pensaba quedarse hasta que alguien se presentara y le explicara que era lo que estaba pasando. Sentía las piernas muy pesadas, así que optó por sentarse en el suelo para que sus pies descansaran. Media hora después, un hombre se paró ante ella y se quedó mirándola.

–  Sabía que te quedarías esperando – le dijo el hombre con satisfacción.

Ella se sorprendió al verlo y lo reconoció sin problema. Su ex.

–  Como que no ibas a ser tú – ella miró al suelo enfadada y entendiendo el contenido de la nota más que nunca.

–  ¿Quién conoce tus secretos mejor que yo?

–  En eso te doy la razón.

Él se sentó junto a ella y la miró a los ojos fijamente. Ella se sintió incómoda y nerviosa.

–  ¿Qué quieres de mí?

–  Dinero

–  ¿Cuánto?

–  Quinientos mil

–  ¿Para cuándo?

–  Mañana al mediodía

–  Está bien – aceptó ella seriamente.

–  ¿Tan importante es para ti tu reputación?

–  ¿Tan importante es para ti el dinero?

“Touché” dijo él. Se levantó y se marchó sin decir nada más. Conforme se alejaba caminando, ella lo fulminó con la mirada. Se equivocó al confiar en él. Se equivocó al creer que era una buena persona y que haría cualquier cosa por ella. Más bien era capaz de hacerle cualquier cosa a ella. No iba a permitir que por un descuido suyo, la reputación y la memoria de su padre quedarán marcadas para siempre. No se lo merecía.

Al día siguiente se encontró con él. Le colocó la bolsa con el dinero en las manos y le clavó un cuchillo en el estómago. Volvió a coger la bolsa y se marchó sin dirigir la vista atrás.

Son mis cuadros

Sentada en uno de estos maravillosos sillones de terciopelo, observo los tesoros que se acumulan a mi alrededor. Joyas, cuadros, ilustraciones… Pero aunque son tesoros, no siento ningún apego por ellos, no los considero nada para mi aunque pueda permitírmelos. En realidad no pienso gastarme un céntimo, solo he venido aquí por una razón: hace dos días me llegó una carta de Giorgio en la que me decía que tenía que ir a la subasta de monte piedad, debía sentarme en el cuarto asiento de la sexta fila y quedarme sentada observando las joyas subastadas hasta que le viera aparecer.
La última vez que vine aquí estaba desesperada, no tenía nada más que las ediciones ilustradas que heredé de mi abuelo y, aunque me dolía desprenderme de ellas, tenía que sobrevivir. Las llevé a monte piedad y con lo que me dieron pude tener lo suficiente para vivir y empezar un proyecto que, con la ayuda adecuada, pude sacar adelante y me ha permitido vestir de gala como lo hago hoy. Pero cuando quise recuperar los libros de mi abuelo alguien ya lo había comprado…Giorgio. Fui a verle para proponerle una oferta para comprárselos pero se negó, le rogué incluso, y sin embargo no sirvió para nada.
De eso hace ya 6 meses. Me da un poco de mala espina que, a estas alturas, haya accedido pero tengo que intentarlo. La subasta empieza fuerte, collares, anillos, oro, plata, cuadros…veo pasar de todo ante mis ojos, aunque nada de ello me importa, solo pienso en recuperar lo que es mio. Noto un movimiento a mi izquierda y, sin girar la cabeza, me levanto y me dirijo hacia el vestíbulo. Noto como me sigue con una distancia prudencial hasta que llego a un despacho pequeña en la que entro.
– Me alegro de que hayas venido – dice Giorgio entrando en el despacho.
– ¿Has traído lo que me debes? – digo con un tono serio que denota las pocas ganas que      tengo de verle.
– ¿Por qué estás tan seria? Tendrías que estar contenta de verme, después de tanto tiempo.
– Dame lo que es mío y déjame en paz.
– Sólo te lo daré a cambio de una cosa.
– Basta de juegos. No pienso darte nada.
– Quiero que te cases conmigo
– Y yo quiero un chalet al lado de la playa y no lo tengo.
– Te estoy hablando en serio, Jo
– Y yo también, Giorgio
– Pensé que querías tus cuadros.
– Exacto
– Pues ya sabes lo que tienes que hacer
– No pienso ceder a tus chantajes
– Entonces nunca recuperarás los cuadros.
Apreté los labios frustrada y vi que solo tenía una opción.
– Está bien, lo haré
Le dije que antes de casarnos tendría que ver su casa, aproveche el momento en que fue al baño para atrancar la puerta y buscar los libros. Los encontré en el sótano, bajo su despacho, rápidamente los cogí todos y me los llevé.