Una bruja poco peculiar

Montada sobre la escoba paseo sobre el firmamento, haciendo que mi sombra cubra la mitad de la luna. Con suavidad, inclino el palo y aterrizo sobre la superficie terrestre. Avanzo con seguridad hacia una casa verde. No soy la típica bruja que lleva un gorro terminado en pico, ni llevo puesto un vestido cuadrado oscuro, sino que soy un poco diferente: aparento ser una mujer joven y normal, vestida con unos vaqueros y una blusa blanca, con el pelo moreno y la tez más bien pálida. Puede parecer que soy una simple chica buena, pero nada tiene que ver con la realidad. Obviamente es la realidad que quiero transmitir, pero sólo para mi propio beneficio.

Doy un par de suaves golpes a la puerta y se abre al instante.

– ¿Puedo ayudarte en algo? – me pregunta un hombre alto con una mirada lasciva recorriéndome de los pies a la cabeza.

– El coche me ha dejado tirada puedo usar tu teléfono para llamar a alguien para que me recoja.

– Claro, pasa.

Tras pasar y cerrar la puerta le miré directamente a los ojos y no dejé que apartara la mirada hasta pasados unos minutos. Entonces comencé a besarle apasionadamente, hasta casi dejarle sin respiración. Le tiré al suelo y le ordené que me bajara los pantalones, lo que hizo arrodillado mientras no apartaba la mirada de mis ojos. Le hice desnudarse, me coloqué sobre él y empecé a cabalgarle. Era yo la que en todo momento controlaba que era lo que pasaba, él estaba hipnotizado, no tenía voluntad, así que yo tenía todo el control.

En cuanto llegué al orgasmo y, sin esperar a que lo hiciera él, levanté ambos brazos hacia arriba, cayeron un par de rayos sobre la casa y el hombre se convirtió en una manada de murciélagos que salieron volando por todos lados. Estallé en unas sonoras carcajadas, cogí el móvil que se estaba sonando y dije una sola frase:

– Ya está hecho