La campesina y el sobre

La campesina metió el sobre en el buzón y salió corriendo despavorida antes de que alguien tuviera tiempo de verla. Una vez llegó a su cabaña, cerró la puerta y se apoyó en ella con un suspiro. Al fin había cumplido con su cometido y podría ser libre  de una vez por todas. El contenido del sobre sólo lo sabía la campesina, ni siquiera la persona que le había obligado a mandar ese sobre sabía lo que contenía. Ya sólo le quedaba esperar cómo se desarrollarían los acontecimientos.

Esperó un día, dos días y al tercer día tuvo noticias. Un paquete llegó a las puertas de su cabaña. Ansiosa lo cogió con cuidado de que no la viera nadie, y se metió en la cabaña. Le temblaban las manos, pero la curiosidad era más poderosa que su miedo. Dentro había una nota en la que ponía “Has cumplido con tu cometido. Aquí tienes lo que prometí. Ya no tendrás más noticias de mí.”.

Debajo de la nota había una bolsa de tela cerrada con un pequeño cordel. Al abrirlo estaba todo lleno de monedas de oro, tal cantidad de monedas de oro que no era capaz de contarlas. ¡Iba a poder irse de aquel maldito pueblo para empezar una nueva vida! De pronto, alguien llamó a la puerta. Rápidamente, metió las monedas y la nota en la caja y lo escondió debajo de la mesa.

– Aurora, ¿sabes lo que ha pasado? – le preguntó alterada Manuela, su anciana vecina.

– No, ¿qué ha ocurrido?

– El padre de Martita ha muerto

– ¿Cómo ha sido?

– Alguien le mandó una carta diciéndole que su hija estaba embarazada y le dio un ataque al corazón.

– ¿Y es verdad eso?

– No, Martita es una santa. Creo que alguien ha debido de enviarle esa carta sabiendo su enfermedad del corazón para matarlo.

Aceptación

Camino despacio, dejando que mis pies desnudos se humedezcan con el rocío de la hierba, mientras mis pensamientos vagan y apenas me dejan respirar. Levanto levemente la cabeza, cierro los ojos y respiro profundamente. Intento bloquear mi cerebro para no pensar en nada más que en respirar y en sentir el calor del sol en mis brazos.

Detrás de mi oigo unos pasos tras de mi, abro los ojos levemente sin darme la vuelta, no necesito volverme para saber quién:

– ¿Estás lista? – me pregunta cuidadosamente

– No, pero vamos a ponernos a ello – digo volviéndome abrazada a mi misma.

– Si no quieres hacerlo solo tienes que decírmelo, Maca – dice Marta con un tono muy suave.

– Marta, necesito hacerlo, tengo que empezar a apreciarme, y solo puedo hacerlo si me ayudas a verme como lo hacen los demás.

Solo estaba vestida con una blusa suelta que cubría mi voluminoso y rechoncho cuerpo y se ondeaba al ritmo del viento al igual que mi pelo corto rojizo. Me encontraba en uno de esos momentos en los que no tenía fuerzas nada más que para estar metida bajo las sábanas y derramar tantas lágrimas como me permitieran mis ojos. Sin embargo, esto no podía seguir así, por lo que le pedí a Marta ayuda, y tuvo la idea de hacerme una sesión de fotos que me hiciera ver como soy realmente, como me ve la cámara.

Me voy colocando en las posiciones que me sugiere, desde estar tumbada en la hierba con los brazos extendidos hasta estar de pie con los codos hacia arriba. No sé como voy saliendo, prefiero no pensarlo, solo quiero ver todo el resultado. Al terminar me dice que cierre los ojos y me quede tumbada, comienzo de nuevo a respirar profundamente, es como si me hubiera quitado un gran peso de encima. Cuando termina de pasar las fotos al ordenador me avisa, me levanto del suelo y me dirijo a la caseta.

Al ver las fotos me quedo alucinada. Ha captado una esencia de mi que nunca habría visto, ni siquiera imaginado. Sin embargo, observo mis estrías, esas odiosas líneas moradas y blancas que tanto aborrezco. A pesar de lo bonita que me veo las imperfecciones siguen ahí, nunca me desharé de ellas.

En ese momento veo una foto en la que estoy tumbada con los ojos cerrados, después de haber terminado de hacer las fotos. Es en la que mejor estoy, da igual las estrías o celulitis que tenga, forman parte de esa preciosa esencia que desprendo.

– ¿Qué tal? – me pregunta Marta con una sonrisa en el rostro.

– Me encanta – digo con un brillo especial en los ojos a punto de desbordarse.

La visita

El verde de la hierba brilla con menos intensidad que de costumbre. El cielo tiene un color apagado. como si fuera a echarse a llorar de un momento a otro. En ese momento, veo aparecer una silueta que no desentona nada con el gris del paisaje. No puedo distinguir quién o qué es, no puedo oír ni un solo sonido de los que hace al andar pero puedo ver como mueve la boca intentando producir algún sonido. Quedándome petrificada observo como se va acercando lentamente, paso a paso, hasta que distingo su rostro…no tiene rostro. Dónde deberían estar sus ojos y su boca no hay nada, solo un oscuro hueco. El resto de su cuerpo está cubierto por una capa roja como la sangre. Acerca sus huesudas manos con sus largas uñas de casi cinco centímetros de largo a mi cuello y me lo aprieta hasta que la vida abandona mi cuerpo y se desploma inerte contra el suelo.