Una bruja poco peculiar

Montada sobre la escoba paseo sobre el firmamento, haciendo que mi sombra cubra la mitad de la luna. Con suavidad, inclino el palo y aterrizo sobre la superficie terrestre. Avanzo con seguridad hacia una casa verde. No soy la típica bruja que lleva un gorro terminado en pico, ni llevo puesto un vestido cuadrado oscuro, sino que soy un poco diferente: aparento ser una mujer joven y normal, vestida con unos vaqueros y una blusa blanca, con el pelo moreno y la tez más bien pálida. Puede parecer que soy una simple chica buena, pero nada tiene que ver con la realidad. Obviamente es la realidad que quiero transmitir, pero sólo para mi propio beneficio.

Doy un par de suaves golpes a la puerta y se abre al instante.

– ¿Puedo ayudarte en algo? – me pregunta un hombre alto con una mirada lasciva recorriéndome de los pies a la cabeza.

– El coche me ha dejado tirada puedo usar tu teléfono para llamar a alguien para que me recoja.

– Claro, pasa.

Tras pasar y cerrar la puerta le miré directamente a los ojos y no dejé que apartara la mirada hasta pasados unos minutos. Entonces comencé a besarle apasionadamente, hasta casi dejarle sin respiración. Le tiré al suelo y le ordené que me bajara los pantalones, lo que hizo arrodillado mientras no apartaba la mirada de mis ojos. Le hice desnudarse, me coloqué sobre él y empecé a cabalgarle. Era yo la que en todo momento controlaba que era lo que pasaba, él estaba hipnotizado, no tenía voluntad, así que yo tenía todo el control.

En cuanto llegué al orgasmo y, sin esperar a que lo hiciera él, levanté ambos brazos hacia arriba, cayeron un par de rayos sobre la casa y el hombre se convirtió en una manada de murciélagos que salieron volando por todos lados. Estallé en unas sonoras carcajadas, cogí el móvil que se estaba sonando y dije una sola frase:

– Ya está hecho

 

Fue la lluvia

Entré en la primera tienda que encontré para resguardarme de la lluvia. Al salir del taller me esperaba una gran manta de lluvia, así que corrí lo más rápido que pude, pero me empapé de la cabeza hasta los pies, así que me metí en aquella tienda de discos.

Al levantar la vista lo primero que vi fueron las estanterías repletas de discos de bandas sonoras del cine español. Con los pies encharcados comencé a caminar entre las estanterías. Mis zapatos sonaban igual que los maullidos que un pequeño gato recién nacido. Noté que alguien me observaba a mis espaldas, así que me giré rápidamente y, al hacerlo, me di de bruces con un hombre que me sujetó las muñecas al chocarme contra él:

– Parece que fuera llueve – dijo con sorna en la mirada.

– Si, un poco

Al decir esto, ambos rompimos a reír exageradamente.

– Espero que no te ofendas, pero te ríes como las brujas – le dije pendiente de su reacción mientras me seguía rienda pero esta vez de él.

– Al menos yo no estoy hecho una sopa. Vas a coger una pulmonía

Tal vez fue la lluvia, o quizás el cansancio que me hizo delirar, pero empecé a quitarme toda la ropa hasta quedarme desnuda, y entonces coloqué uno de mis brazos en mi cadera y me quedé mirándolo fijamente. Se acercó a mi, puso su mano sobre mi hombro izquierdo, acariciándolo y se aproximó a mis labios. Cuando su boca rozó la mía, me aparté y fui corriendo entre las estanterías hasta despistarle. Me llamó para que volviera con él, me dirigí hacia donde estaba, le hice una seña para que se acercara a mi y cuando estaba a un metro de mi cuerpo, abrí la puerta que estaba a mi derecha y desaparecí. Resultó que la bruja era yo.