La casa en mitad del lago

Aparté las ramas con hojas amarillas y pude vislumbrar un pequeño lago en cuyo centro estaba situada una caseta de madera. Ésta estaba oscura y maltrecha, como si fuera a derrumbarse en cualquier momento: tenía muchos tablones despegados de la estructura y el puente que te permitía acceder a la caseta estaba muy hundido, tanto que parecía que al caminar ibas a caerte al agua de un momento a otro.

Con curiosidad, me acerqué al pequeño puente y caminé por él con todo el cuidado posible. Los tablones no paraban de chirriar bajo el paso de mis pies y, aunque sabía que si me caía sólo iba a ser agua lo que me encontraría, no podía evitar sentirme asustado ante una inminente caída. Por fin, llegué a la puerta de la caseta y llamé dando un par de golpes en la puerta para saber si había alguien. Estaba tan fascinado con lo que me había encontrado que ni siquiera se me había pasado por la cabeza que era lo que iba a hacer si alguien vivía en aquella caseta y me preguntaba que quería. Pero tuve suerte, porque nadie respondió a mi llamada.

La puerta no tenía cerradura así que pude abrirla sin ningún esfuerzo. Cualquiera en mi situación se habría imaginado que la caseta estaba llena de telarañas e insectos por todos lados, pero no era así ni de lejos. Todo estaba limpio, quizá demasiado, había muebles cubiertos por sábanas negras en lugar de blancas, y se empezó a oír un extraño viento que no había oído cuando estaba fuera. Mi instinto empezó a avisarme para que saliera corriendo de aquel lugar, pero lo ignoré por completo.

De repente, vi que algo salía de entre las sombras, no lograba reconocer qué era, pero estaba seguro que no había visto algo igual en mi vida. Sin embargo, no me asusté, quería saber qué había en aquella caseta, aunque ello supusiera mi perdición. Me acerqué a la extraña criatura y, con la luz que entraba por la puerta abierta, pude distinguir sus rasgos. Era una criatura babosa, con dientes afilados, sin ojos, ni brazos ni piernas, se asemejaba a una mezcla de serpiente y babosa. En cuanto pude verle bien quise salir corriendo, pero el miedo me había dejado petrificado y la cosa había entendido mi quietud como signo de que podía atacarme.

La puerta se cerró de golpe, consiguiendo que saliera de mi tormentoso ensueño y que mi instinto de supervivencia me dominara. Era asqueroso como esa cosa abría la boca llena de dientes y ver como chorreaba la baba de su boca como si de gelatina se tratase. Empezaron a darme arcadas y corrí hacia la puerta para abrirla, pero era como si alguien la tuviera sujeta desde fuera y no me dejaba salir. Empecé a asustarme tanto hasta el punto de que casi no podía ni pensar. Intenté ganar tiempo escondiéndome tras uno de los muebles y miré a mí alrededor buscando algo con lo que poder defenderme o salir de aquella caseta. A unos metros de mí distinguí un martillo tirado en el suelo, y sin pensar me dispuse a cogerlo. Sabía que no tenía ninguna oportunidad con esa cosa, así que cogí impulso para golpear los tablones con todas mis fuerzas hasta que conseguí hacer un agujero lo suficientemente grande como para poder escapar de aquel lugar.

Salté por el hueco y en cuanto aterricé en el agua noté como ésta me intentaba arrastrar hacia abajo. Luché por mantenerme en la parte de arriba y nadé con las pocas fuerzas que me quedaban para llegar hasta los árboles del bosque. En cuanto estuve bien agarrado a los árboles dejé que mi corazón se calmara mientras observaba como la caseta se hundía en el agua con la cosa chillando en su interior.

Bajo el rosado árbol

Sentada en el frío banco, siento como mis doloridos huesos se resienten por el húmedo temporal. Me pesan las arrugas de mi rostro y las pieles se desprenden de mi cuerpo debido a el paso de los años. Las rosadas hojas se caen de los árboles, al igual que mis cabellos se vuelven grises y mis ojos pierden su brillo.

A lo largo de mi vida he visto demasiadas cosas, algunas han sido maravillosas, y sin embargo otras han sido terribles, tanto que me cuesta reproducirlas en mi memoria. He creado una familia maravillosa, que el día que tenga que abandonarla me va a doler más a mí que a ellos. He luchado desde que tengo uso de razón y he conseguido grandes cosas gracias a ello. Es verdad que mi vida ha sido bastante dura, pero no me arrepiento de nada de lo que he vivido y no cambiaría nada de ella.

El viento me acaricia el rostro recordándome que la noche se va acercando y que debo volver a casa antes de que sea totalmente de noche. Me levanto con dificultad apoyándome en el bastón y vuelvo a casa caminando junto al río, el mismo río que me vio nacer, con el que crecí y en el que espero abandonar este maravilloso y, a la vez, desdichado mundo.