En un barco pesquero

El mar se encontraba furioso y agitaba el barco pesquero con rabia. Como si intentara vengarse de los pasajeros que iban en él. Ray y Carl intentaban que la vela del barco se mantuviera recta para evitar que el barco volcara, pero sus fuerzas se estaban agotando sin que pudieran hacer nada para evitarlo. El viento era cada vez más fuerte y bramaba con una mayor furia.

Ray le dijo a Carl que soltara la vela, que no les quedaban fuerzas para seguir luchando contra el viento.

-¡Y un cuerno! -contestó Carl con rabia. No estaba dispuesto a rendirse, no cuando tenían la libertad al alcance de los dedos.

La cárcel había sido un duro trago para ellos. Había sido una irónica casualidad que, después de matar juntos a una mujer, acabaran en la misma celda. Desde ese momento, fueron conscientes de que la única manera de salir de prisión era trazando un plan de escape. Carl nunca había desconfiado de Ray. Siempre le había dicho la verdad. Cada día, desde el momento en que se conocieron. Por eso, sabía que, cuando le prometió que saldrían juntos de aquel lugar, Ray haría todo lo que estaba en su mano por cumplirlo.

Unas nubes cubrieron el cielo y la lluvia comenzó a inundar el barco. Ray sentía que los ánimos lo abandonaban y la ansiedad lo inundaba. Finalmente, Carl dejó de luchar contra la vela y se sentó en el suelo. Dejó que el agua de la lluvia lo empapara y miró a los ojos a Ray. Pudo apreciar la derrota en su mirada. Quiso decirle que sentía haberle fallado, pero aún le quedaba un atisbo de esperanza.

Se agarraron a los bordes del barco y esperaron a que la tormenta pasara, pero duró tanto tiempo que acabaran cediendo al cansancio y se durmieron. Al despertarse, pudieron darse cuenta de que ya había amanecido.

-Vamos a remar -ordenó Ray.

Lo hicieron hasta que los callos de sus manos comenzaron a sangrar y el dolor les obligó a tener que descansar, Refrescaron sus palmas en el helada agua y aprovecharon para observar lo que les rodeaba.

De pronto, avistaron a lo lejos una orilla de lo que parecía ser una pequeña isla. Se olvidaron de sus doloridas manos y siguieron remando. Llegaron hasta el borde de la playa y, cuando pisaron la arena, sintieron en las plantas de los pies un dolor tan intenso como si estuvieran caminando sobre cristales rotos.

Cayeron de rodillas, inmovilizados por el dolor, cuando se mostró ante sus ojos la imagen de la mujer que había asesinado.

La isla y la cueva

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El barco iba dando tumbos intentando esquivar las olas del mar, pero apenas podía conseguirlo con éxito. Mateo izaba la vela una y otra vez, pero el barco era tan grande que, para él sólo, era complicado hacer frente a aquella marea asalvajada.

De pronto, Mateo vio que a unos kilómetros de él había tierra. No estaba seguro de si se trataba de una isla o un país entero pero por fin iba a poder pisar tierra firme después de tantos meses navegando por el océano sin rumbo.

Al llegar a la arena, soltó el ancla y saltó del barco. Mateo estaba casi seguro de que aquel lugar era una isla pero no podía saber si se encontraba habitada o no y qué clase de personas habría allí. Caminó adentrándose en una cueva que había junto a un espeso bosque. Hacía mucho frío dentro y se escuchaba cómo caía el agua por las paredes de la cueva.

Habían crecido flores en las esquinas en las que se encontraba el suelo con las paredes. Aquellas flores era diminutas y estaban llenas de colores violetas, azules y rosas. Mateo tocó sus pétalos y, al llevarse la mano a la nariz, percibió un olor dulce parecido al de la canela y la vainilla.

Siguió adentrándose en la cueva y encontró una pequeña laguna que cubría todo el fondo de la cueva. Al acercarse, Mateo vio su reflejo en el agua azulada. De repente, un hombre salió a la superficie. Un hombre que en lugar de tener piernas tenía una cola de pez.

El hombre le indicó a Mateo que se metiera en el agua con él. Lo hizo sin cuestionarse para qué quería aquel ser que se metiera en el agua. Tampoco se quitó la ropa. El hombre se acercó mucho a Mateo, pero éste no se alejó ni se quejó. Aunque hubiera querido hacerlo no podía.

Comenzaron a aparecer más hombres-pez. Se arremolinaron alrededor de Mateo y le miraron con ojos brillantes pasándose la lengua recorriendo sus labios inferiores. Se acercaron a Mateo lentamente y comenzaron a morderle, arrancando su carne, y se la comieron como si de un delicioso manjar se tratase siguieron comiéndose a Mateo hasta lograr acabar con su vida. El esqueleto de Mateo aún se encuentra hundido en el fondo de la laguna de la cueva.