El hombre afortunado

Lisa se encontraba caminando con tal alegría entre la tarde nevada de aquel frío diciembre que parecía que fuera saltando. Al fin había encontrado trabajo después de tantas entrevistas y era su época favorita del año: Navidad. Adoraba recorrer las calles iluminadas por las luces de brillantes colores y el olor a castañas asadas que le hacía salivar.

De repente, su alegría se paralizó unos instantes. Sentado en un banco había un hombre sucio y harapiento que sostenía en la mano un plato con unas pocas monedas. Lisa no pudo evitar acercarse a él cuando la observó con una apenada mirada. El hombre pensaba que le daría algo de dinero, como hacía el resto de personas invadidas por la generosidad navideña. Sin embargo, Lisa le cogió de la mano y le pidió que la acompañara a su casa. Pensaba darle un techo y toda la comida que le apeteciera. El hombre la obedeció y se encaminaron juntos mientras le daba las gracias por su hospitalidad.

Pero, Lisa no quería que se las diera. Sabía lo que era pasar hambre y frío en la calle. En su día, a ella le hubiera gustado que alguien hubiera hecho lo mismo por ella.

Esa noche

La noche está levemente iluminada por las farolas en cada extremo de la calle. Mis pies caminan sobre la acera sin prisas. La brisa nocturna me acaricia el rostro y percibo un suave olor a mar y arena. Sin embargo, me encuentro muy alejada de la playa como para poder olerla, por lo que mi imaginación debe de estar haciendo de las suyas.

Sigo caminando con tranquilidad cuando oigo a mi espalda unos pasos apresurados y siento como una pequeña mano me rodea temblorosamente la muñeca con fuerza como si estuviera muerta de miedo. Comienzo a asustarme un poco, miro confundida a la persona que me ha agarrado, pero me tranquilizo un poco al ver que es una mujer.

-Tienes que ayudarme, por favor.

-¿Qué te ocurre? – le preguntó con el ceño fruncido.

-Hay un hombre que me está persiguiendo…

-No hace falta que me digas más. No te separes de mí, y camina despacio, que no note que sabemos que nos persigue.

Continuamos caminando despacio, intento que la chica se relaje hasta que encontremos la forma de perderle, sin embargo no lo consigo. La verdad es que yo en su lugar también estaría igual, ni siquiera sé que hacer para que nos deje tranquilas.

De pronto, caigo en lo que podemos hacer y en no haberlo pensado antes me hace sentir como una auténtica idiota. Pero no le digo a mi acompañante hacia dónde nos dirigimos, no quiero asustarla. Recuerdo levemente el camino hacia comisaría, dónde trabaja mi exnovia, pero no creo que le moleste verme aparecer por allí.

Percibo como el hombre se acerca cada vez más a nosotras, en ese momento soy yo la que se comienza a asustar, sin embargo, no quiero que esta chica vea lo asustada que estoy o entraremos las dos en pánico y entonces sí que estaremos jodidas. Llegamos al camino de piedras que hay detrás de la comisaría, parece que el tiempo pasa muy lentamente, lo que hace que me ponga muy nerviosa. A unos pocos metros veo el logotipo de la comisaría y poco a poco consigo calmarme. Por el rabillo del ojo veo como el hombre camina más despacio y retrocede lentamente para salir corriendo en la dirección contraria.

-Parece que ya estás a salvo – le digo al detenernos con una sonrisa de oreja a oreja.

-Muchas gracias. No sé cómo puedo agradecértelo – me dice con la mirada iluminada.

-No es nada. Cualquiera habría hecho lo mismo. Voy a llamar un taxi para que te lleve a casa.

-No hace falta – dice con un tono nervioso en la voz.

-No sé cómo tienes aún el valor de decir eso. Iré contigo, estoy cansada y mañana tengo que madrugar.

-Pero mañana es domingo.

-Aún así tengo que madrugar.

Esperamos al taxi al que acababa de llamar y al empezar a entablar conversación nos damos cuenta de que tenemos muchas cosas en común. Cuando ella se baja, creo que ninguna de las dos quiere separarse, pero en algún momento tenemos que hacerlo.

A veces de los peores momentos se sacan las mejores cosas.