Un viaje inesperado

El ruido de la gente que está a punto de coger un avión inunda mi cabeza. Enseño el pasaporte para poder acceder al camino que me llevará al avión, el cual parece un laberinto sacado de el libro de «El Resplandor». La gente no para de hablar y de abrazarse, algunas personas llegan incluso a llorar. Sin embargo, yo no tengo a nadie que me llore, que me abrace, ni tengo nadie por quien llorar. Debe de ser verdad el dicho ese de que venimos solos al mundo, y de él nos iremos solos.

En mi caso siempre ha sido así, creo que nunca he tenido a nadie a mi lado. A veces no puedes echar de menos lo que nunca has tenido, así que el ver a tanta gente con tantos sentimientos a flor de piel no me causaba ningún sentimiento. En ocasiones pienso que nunca sentiré nada, ni por nada ni por nadie. Subo al avión, me siento en el asiento que me indica la azafata, junto a la  ventana, y saco una libreta en la que escribo lo que he hecho en los últimos días. Es algo que se me ha quedado como una costumbre, no me gusta que se me olviden las cosas que me pasan o las que voy haciendo, bastante que no recuerso nada de mi infancia, algo que me tortura continuamente.

Puede decirse que nací en un orfanato porque no tengo un recuerdo de mi infancia más allá de las cuatro paredes en las que estaba encerrada, en mi cabeza se repiten continuamente las situaciones por las que me hacían pasar: los golpes, los insultos, los días que me hacían pasar encerradas  sin comer ni beber. Pero todo esto ya se ha acabado por fin, ha llegado mi mayoría de edad y con ella mi libertad. Tenía algo de dinero ahorrado y lo primero  en lo que pensé cuando la cumplí era que quería alejarme, poner todos los kilómetros posibles entre ese orfanato y yo, no quería volver a entrar en él.

Un hombre mayor se sienta a mi lado mientras coloca una  sonrisa amable en su  rostro. Quiero devolverle la misma sonrisa, pero lo que para lo que alguien sería algo instintivo, para no lo era, así que no se la devolví.

Miré por la ventana y un horizonte de nubes me hizo sonreír levemente. El hombre que se había sentado a mi lado me dice que lo que más le gusta de viajar en avión es poder ver las esponjosas nubes tan de cerca, yo le respondo que es la primera vez que veo nubes. Él se queda sorprendido y comenzamos a establecer una conversación que va desde de dónde somos hasta nuestras aficiones. Al bajar del avión lo hacemos juntos y me pregunta a dónde me dirijo. Le contesto que no tengo ningún sitio al que ir, así que me ofrece ir a su casa.

Cualquiera podría desconfiar de un desconocido, pero en mi caso, tras todo por lo que había pasado solo podía pensar en «¿Qué es lo peor que me podría pasar?». Así que acepto, y descubro que no  he tomado mejor decisión en mi vida, y este maravilloso hombre y su mujer se convierten en los padres que nunca tuve y siempre  había soñado.

Ahora sí que tenía a alguien que me llorara y abrazara.

Una llamada que lo cambió todo

El teléfono comenzó a sonar de madrugada. Sólo oí tres palabras: ven al banco. El resto de lo que el interlocutor me dijo no logré identificarlo, mi cerebro se quedó en un shock total y absoluto. Desorientada me vestí, y no tardé ni cinco minutos en llegar al banco y ponerme en la cola. Una mujer no tardó en colocarse tras de mí, me rozó la cintura y salió por la puerta. Yo la seguí rápidamente, aunque a una distancia prudencial, hasta que llegamos a un pequeño barrio oscuro y alejado.

– Hay algo que debes saber. Has enfadado a gente peligrosa y tienes que desaparecer. Debes vivir en secreto.

Me contó que el día anterior, mientras paseaba a mi perro Caspita, había habido un asesinato justo cuando me agaché y que el asesino pensaba que yo le había visto la cara. Me extendió un billete de avión con dirección a Noruega y un pasaporte y otros papeles falsos. Le pregunté quién era y por qué me ayudaba, a lo que me respondió que ella era la mujer del asesino. Tragué saliva con un miedo terrible en la mirada, sin embargo ella me aseguró que no quería hacerme ningún daño, solo pretendía ayudarme. No muy convencida seguí todas y cada una de sus instrucciones al pie de la letra y aquí estoy, en un avión en dirección a uno de los países más fríos del mundo, con un abrigo con el que casi no se me veía la cara y sin saber lo que está por venir.