El cadáver

Sonó un disparo y asesinó a sangre fría. Todo se quedó en el silencio más absoluto. La sangre manaba de la herida de bala como el agua de un río. El suelo se teñía de rojo y los ojos de la víctima observaban a su asesino. Unos ojos negros que ya no tenían ni un gramo de vida en su interior.

Fran tiró la pistola al suelo, sobre el charco de sangre. Sacudió sus manos y asomó la cabeza por la ventana de la habitación. La ciudad permanecía en calma. Nada se había alterado. Volvió a observar el cadáver del que una vez fue su hermano, pero en ese momento era un traidor. Un asqueroso marica.

Aunque siempre sospechó que había algo que no funcionaba como debía en su hermano, jamás hubiera pensado que sería homosexual. Para él era impensable. Cuando se lo contó creyó que Fran lo comprendería, que lo ayudaría. Y eso era lo que había hecho. Acabar con su vida era lo mejor que podía hacer por él.

Fulminó con la mirada el inerte y desnudo cuerpo, y caminó hacia la puerta. Sólo se tenían el uno al otro desde que sus padres murieron, pero era mejor estar sólo que acompañado de un monstruo.

En un barco pesquero

El mar se encontraba furioso y agitaba el barco pesquero con rabia. Como si intentara vengarse de los pasajeros que iban en él. Ray y Carl intentaban que la vela del barco se mantuviera recta para evitar que el barco volcara, pero sus fuerzas se estaban agotando sin que pudieran hacer nada para evitarlo. El viento era cada vez más fuerte y bramaba con una mayor furia.

Ray le dijo a Carl que soltara la vela, que no les quedaban fuerzas para seguir luchando contra el viento.

-¡Y un cuerno! -contestó Carl con rabia. No estaba dispuesto a rendirse, no cuando tenían la libertad al alcance de los dedos.

La cárcel había sido un duro trago para ellos. Había sido una irónica casualidad que, después de matar juntos a una mujer, acabaran en la misma celda. Desde ese momento, fueron conscientes de que la única manera de salir de prisión era trazando un plan de escape. Carl nunca había desconfiado de Ray. Siempre le había dicho la verdad. Cada día, desde el momento en que se conocieron. Por eso, sabía que, cuando le prometió que saldrían juntos de aquel lugar, Ray haría todo lo que estaba en su mano por cumplirlo.

Unas nubes cubrieron el cielo y la lluvia comenzó a inundar el barco. Ray sentía que los ánimos lo abandonaban y la ansiedad lo inundaba. Finalmente, Carl dejó de luchar contra la vela y se sentó en el suelo. Dejó que el agua de la lluvia lo empapara y miró a los ojos a Ray. Pudo apreciar la derrota en su mirada. Quiso decirle que sentía haberle fallado, pero aún le quedaba un atisbo de esperanza.

Se agarraron a los bordes del barco y esperaron a que la tormenta pasara, pero duró tanto tiempo que acabaran cediendo al cansancio y se durmieron. Al despertarse, pudieron darse cuenta de que ya había amanecido.

-Vamos a remar -ordenó Ray.

Lo hicieron hasta que los callos de sus manos comenzaron a sangrar y el dolor les obligó a tener que descansar, Refrescaron sus palmas en el helada agua y aprovecharon para observar lo que les rodeaba.

De pronto, avistaron a lo lejos una orilla de lo que parecía ser una pequeña isla. Se olvidaron de sus doloridas manos y siguieron remando. Llegaron hasta el borde de la playa y, cuando pisaron la arena, sintieron en las plantas de los pies un dolor tan intenso como si estuvieran caminando sobre cristales rotos.

Cayeron de rodillas, inmovilizados por el dolor, cuando se mostró ante sus ojos la imagen de la mujer que había asesinado.

La persona de la cerilla

Me quedé parada delante de la librería. Vi el último libro de Stephen King entre la humareda de novelas que lo rodeaban. Sentí un pequeño escalofrío que me recorría toda la columna, desde la base hasta las cervicales. Empujé la anaranjada puerta para entrar en la librería.

Todas las estanterías estaban vacías, parecía que un vendaval había pasado y no había parado hasta conseguir arrasar con todo lo que había encontrado a su paso. No paré de recorrer pasillo tras pasillo, pero no encontraba nada distinto, estaba todo vacío y sin una señal de vida. Volví al escaparate y también habían desaparecido los libros que había visto desde el exterior. No lograba entender absolutamente nada. Posó su mano derecha sobre el mostrador, donde debía estar el dependiente de la librería, y se esforzó en concentrarse.

Por su mente pasaron una serie de imágenes, cada una peor que la anterior. Veía que había fuego por todas partes, alguien tenía una cerilla en la mano y estaba quemando los libros, un hombre y una mujer intentaban detenerlos pero debía tener algún poder fantástico, ya que no conseguían pararlo. La cabeza comenzaba a dolerme por el esfuerzo, las imágenes eran demasiado fuertes para mi cuerpo y mi mente. Los libros se convirtieron en cenizas y cada persona que entraba en la librería esa la persona de la cerilla se encargaba de matarla. Abrí los ojos de golpe asustada. Mi respiración se había agitado y sólo me dejaba pensar en que tenía que salir de allí antes de que la persona de la cerilla volviera. Al intentar abrir la puerta una corriente me recorrió el brazo. No podía salir de la librería. Estaba atrapada.

La persona de la cerilla estaba en la librería con ella.

La cabaña de las hadas

Martina siguió caminando hasta que logró salir del bosque. De pronto se encontró ante su vista con una gran cabaña que parecía sacada de un cuento de princesas Disney: la puerta era de madera en forma de círculo, el techo estaba cubierto de hierba y en lo más alto se encontraba una gran chimenea.

La curiosidad pudo con ella y, como si de Hansel y Gretel se tratara, se acercó a la cabaña con silenciosa lentitud. El suelo estaba cubierto de insectos, desde abejas hasta hormigas recolectoras.

De la chimenea salía un extraño humo verde que hacía que todo lo que veía conjuntara de una manera misteriosa. Acercó el oído a la puerta para intentar saber si había alguien pero no oía absolutamente nada. Miró a través de una de las ventanas para asegurarse de que la casa estaba vacía, lo que pudo confirmar tras observar la estancia durante unos pocos segundos.

Empujó la puerta con suavidad y ésta venció a su mínima presión. Martina no sentía nada del miedo que había experimentado cuando estaba en el bosque intentando salir de los frondosos árboles que la agobiaban. El salón de la cabaña, al contrario que su exterior, parecía sacado de una película de terror antigua. El techo y el suelo estaban cubiertos de telarañas, todos los objetos se habían llenado de polvo y el olor a cerrado impregnaba cada rincón del lugar.

Martina sentía que los ácaros no la dejaban respirar. Se estaba planteando salir de allí corriendo hasta que oyó un llanto, un llanto breve y muy fuerte. Venía de una habitación contigua al salón. Se dirigió hacia la habitación y allí se encontró con un niño de unos cinco años sólo, de pie en el centro de la estancia.

– Hola, pequeño. ¿Cómo te llamas? – le preguntó Martina agachándose para estar a su altura .

– David- le respondió el niño con una mirada tímida.

– ¿Estás sólo, David?

David negó con la cabeza. Le dijo que le siguiera y fue hasta la parte de atrás de la cama. En el suelo estaba el cadáver descompuesto y putrefacto de una mujer.

– Estoy con mi madre.

A Martina empezó a costarle respirar por momentos, se estaba mareando ante la visión del cadáver. De pronto, sintió que algo le atravesaba el estómago. David le había clavado un cuchillo en el estómago y se estaba desangrando. Cayó de rodillas al suelo y en menos de dos minutos ya se había desmayado.

Cuando volvió a despertarse se encontraba atada de pies y manos junto al cadáver. Al levantar la vista observó que David tenía una sierra mecánica en la mano y se aproximaba a ella poniéndola en marcha.

Falsas acusaciones

No tenía coartada, estaba perdido. Sus dedos rodeaban los barrotes de la celda del calabozo hasta hacer que la sangre dejara de recorrer sus manos de la presión. Los policías no paraban de recorrer el pasillo del calabozo de arriba abajo sin detenerse ni un solo segundo. Le daban ganas de gritar que lo sacaran de ahí de una vez, que no había hecho nada, que él no había asesinado a su hijastra. Pero no podía demostrarlo, no podía demostrar que había estado sólo en casa toda la tarde mientras su hijastra era asesinada. Le dijo que iba al cine con unas amigas, parece que era mentira, sus amigas han negado que hubieran quedado juntas.

Se alejó de los barrotes y se sentó con las piernas cruzadas en el suelo y la espalda apoyada en la pared. Las lágrimas comenzaron a recorrer su rostro y todo su cuerpo empezó a experimentar temblores. Lloraba por la hija a la que había perdido, porque era eso…su hija. Era lo único que le quedaba de su difunta esposa, al morir ésta había pasado a tener su custodia. Todo este tiempo se habían tenido el uno al otro y en ese momento la policía sospechaba que él había intentado abusar de ella y al resistirse la había matado. Eso era lo que él pensaba que sospechaba la policía, por eso le tenían allí, en cualquier otro caso no le tendrían encerrado en aquel asqueroso y mugriento lugar. Presentía que le tendrían allí durante mucho tiempo.

De repente, la puerta se abrió para dejar entrar a un policía que le miraba con una extraña sonrisa en la cara. Él le observaba con los ojos inundados de lágrimas, seguro que querían interrogarle de nuevo, estaba cansado de las preguntas que no podía responder por mucho que la policía estuviera convencida de que él era el asesino. El policía se acercó a él y, sin que el acusado pudiera preverlo, le dio un patata en el estómago, y otra en las piernas, y otra en el pecho, y otra en la cabeza, y otra…No paró de golpearle hasta que perdió el conocimiento y le susurró “He disfrutado tanto dándote esta paliza como rebanándole el cuello a tu hijita”.

 

El pozo

Alfonso llegó al plató como cada mañana, pero no había nadie. Retrocedió hacia el pasillo por el que había venido y también estaba vacío. Decidió volver a su camerino, no pensaba quedarse como un presentador novato en la mitad del plató esperando a que su niñera fuera a buscarle. Cuando estaba a punto de trapasar la puerta de su camerino escuchó unos leves quejidos que provenían del pasillo que había a su derecha.

Sin poder evitarlo, se dirigió hacia el oscuro pasillo, fue avanzando entre las puertas de los camerinos de las estrellas invitadas al programa del día, hasta que se detuvo delante de una de las puertas en la que los quejidos se oían con mayor intensidad. Abrió la puerta y se quedó fascinado y a la vez horrorizado por lo que había allí dentro.

En el centro de la habitación había un gran pozo del que provenían todos los quejidos, pensaba que eran quejidos animales, pero eran humanos. Al acercarse vio a tres mujeres y a dos hombres. Todos estaban cubiertos de sangre y ninguno parecía estar respirando. Alfonso se alejó unos metros del siniestro pozo invadido por el miedo y sin saber que hacer.

Un hombre, con las manos cubiertas de un par de guantes ensangrentados, salió de una especie de cuarto cuya puerta era una cortina. Alfonso se quedó totalmente bloqueado, el hombre le vio y colocó en su rostro una sonrisa siniestra. Con un cuchillo oxidado en la mano, se acercó a Alfonso. Éste se suplicó y rogó para que le perdonara la vida, pero no sirvió de nada porque le clavó el cuchillo en el cuello.

El hombre empezó a reírse y, agarrándolo de la camisa, lo echó al pozo como si fuera el contenido de un cubo de basura. Entonces susurró con una gran carcajada: “un asesino menos en la calle”.

Una llamada que lo cambió todo

El teléfono comenzó a sonar de madrugada. Sólo oí tres palabras: ven al banco. El resto de lo que el interlocutor me dijo no logré identificarlo, mi cerebro se quedó en un shock total y absoluto. Desorientada me vestí, y no tardé ni cinco minutos en llegar al banco y ponerme en la cola. Una mujer no tardó en colocarse tras de mí, me rozó la cintura y salió por la puerta. Yo la seguí rápidamente, aunque a una distancia prudencial, hasta que llegamos a un pequeño barrio oscuro y alejado.

– Hay algo que debes saber. Has enfadado a gente peligrosa y tienes que desaparecer. Debes vivir en secreto.

Me contó que el día anterior, mientras paseaba a mi perro Caspita, había habido un asesinato justo cuando me agaché y que el asesino pensaba que yo le había visto la cara. Me extendió un billete de avión con dirección a Noruega y un pasaporte y otros papeles falsos. Le pregunté quién era y por qué me ayudaba, a lo que me respondió que ella era la mujer del asesino. Tragué saliva con un miedo terrible en la mirada, sin embargo ella me aseguró que no quería hacerme ningún daño, solo pretendía ayudarme. No muy convencida seguí todas y cada una de sus instrucciones al pie de la letra y aquí estoy, en un avión en dirección a uno de los países más fríos del mundo, con un abrigo con el que casi no se me veía la cara y sin saber lo que está por venir.