El cadáver

Sonó un disparo y asesinó a sangre fría. Todo se quedó en el silencio más absoluto. La sangre manaba de la herida de bala como el agua de un río. El suelo se teñía de rojo y los ojos de la víctima observaban a su asesino. Unos ojos negros que ya no tenían ni un gramo de vida en su interior.

Fran tiró la pistola al suelo, sobre el charco de sangre. Sacudió sus manos y asomó la cabeza por la ventana de la habitación. La ciudad permanecía en calma. Nada se había alterado. Volvió a observar el cadáver del que una vez fue su hermano, pero en ese momento era un traidor. Un asqueroso marica.

Aunque siempre sospechó que había algo que no funcionaba como debía en su hermano, jamás hubiera pensado que sería homosexual. Para él era impensable. Cuando se lo contó creyó que Fran lo comprendería, que lo ayudaría. Y eso era lo que había hecho. Acabar con su vida era lo mejor que podía hacer por él.

Fulminó con la mirada el inerte y desnudo cuerpo, y caminó hacia la puerta. Sólo se tenían el uno al otro desde que sus padres murieron, pero era mejor estar sólo que acompañado de un monstruo.

Las casualidades no existen

No tenía coartada. Simplemente no la tenía y ni me esforzaba por tenerla. Todo había sucedido tan rápido como los minutos que tarda un león en comerse a su presa.

Me acosté con él. Simple y llanamente. Sin excusas, sin razones y sin lamentos. ¿Me arrepiento? No. ¿Lo volvería a hacer? Sí. Fueron unas horas maravillosas que guardaré siempre en mi memoria al igual que lo haré con los acontecimientos que se sucedieron con posterioridad.

Nadie nos pilló, nadie nos chantajeó. Pero, aún ahora, con tres días del calendario encerrada en los calabozos a mis espaldas, no entiendo como ha podido acabar todo tan dramáticamente. Volví a casa, tranquila y sin ningún arrepentimiento, cuando al entrar en mi habitación me encontré a mi mujer con el cuello rajado y un cuchillo lleno de sangre junto a ella.

Dos segundos después, cinco policías entraron en la habitación apuntándome con las pistolas y acusándome de haber acabado con la vida de mi mujer. Lo que hizo que el alma se me cayera a los pies no era que mi mujer había sido asesinada, sino que uno de los policías que me apuntaba con la pistola era con el que hacía una hora me había estado acostando. Sin mirarle a los ojos, me puso las esposas y me metió en el coche camino de la comisaría.

Mi abogado dice que el cuchillo estaba lleno de mis huellas dactilares, que mi mujer murió diez minutos antes de que yo entrara en mi casa y que yo no tenía coartada. Le digo que sí la tengo, que estuve toda la tarde con uno de los policías que me detuvo, pero él no confirma mi coartada, dice que miento.

Me han tendido una trampa, pero no sé con qué intención. Sólo sé que de ahora en adelante me esperan veinte años de cárcel y van a hacer todo lo posible para que los cumpla. De vez en cuando veo al policía pasar por delante de mi celda y me sonríe como si él lo hubiera planeado todo. No descarto que haya sido así. Las casualidades no existen y que yo esté aquí encerrada no es una ninguna casualidad.

Falsas acusaciones

No tenía coartada, estaba perdido. Sus dedos rodeaban los barrotes de la celda del calabozo hasta hacer que la sangre dejara de recorrer sus manos de la presión. Los policías no paraban de recorrer el pasillo del calabozo de arriba abajo sin detenerse ni un solo segundo. Le daban ganas de gritar que lo sacaran de ahí de una vez, que no había hecho nada, que él no había asesinado a su hijastra. Pero no podía demostrarlo, no podía demostrar que había estado sólo en casa toda la tarde mientras su hijastra era asesinada. Le dijo que iba al cine con unas amigas, parece que era mentira, sus amigas han negado que hubieran quedado juntas.

Se alejó de los barrotes y se sentó con las piernas cruzadas en el suelo y la espalda apoyada en la pared. Las lágrimas comenzaron a recorrer su rostro y todo su cuerpo empezó a experimentar temblores. Lloraba por la hija a la que había perdido, porque era eso…su hija. Era lo único que le quedaba de su difunta esposa, al morir ésta había pasado a tener su custodia. Todo este tiempo se habían tenido el uno al otro y en ese momento la policía sospechaba que él había intentado abusar de ella y al resistirse la había matado. Eso era lo que él pensaba que sospechaba la policía, por eso le tenían allí, en cualquier otro caso no le tendrían encerrado en aquel asqueroso y mugriento lugar. Presentía que le tendrían allí durante mucho tiempo.

De repente, la puerta se abrió para dejar entrar a un policía que le miraba con una extraña sonrisa en la cara. Él le observaba con los ojos inundados de lágrimas, seguro que querían interrogarle de nuevo, estaba cansado de las preguntas que no podía responder por mucho que la policía estuviera convencida de que él era el asesino. El policía se acercó a él y, sin que el acusado pudiera preverlo, le dio un patata en el estómago, y otra en las piernas, y otra en el pecho, y otra en la cabeza, y otra…No paró de golpearle hasta que perdió el conocimiento y le susurró «He disfrutado tanto dándote esta paliza como rebanándole el cuello a tu hijita».

 

El pozo

Alfonso llegó al plató como cada mañana, pero no había nadie. Retrocedió hacia el pasillo por el que había venido y también estaba vacío. Decidió volver a su camerino, no pensaba quedarse como un presentador novato en la mitad del plató esperando a que su niñera fuera a buscarle. Cuando estaba a punto de trapasar la puerta de su camerino escuchó unos leves quejidos que provenían del pasillo que había a su derecha.

Sin poder evitarlo, se dirigió hacia el oscuro pasillo, fue avanzando entre las puertas de los camerinos de las estrellas invitadas al programa del día, hasta que se detuvo delante de una de las puertas en la que los quejidos se oían con mayor intensidad. Abrió la puerta y se quedó fascinado y a la vez horrorizado por lo que había allí dentro.

En el centro de la habitación había un gran pozo del que provenían todos los quejidos, pensaba que eran quejidos animales, pero eran humanos. Al acercarse vio a tres mujeres y a dos hombres. Todos estaban cubiertos de sangre y ninguno parecía estar respirando. Alfonso se alejó unos metros del siniestro pozo invadido por el miedo y sin saber que hacer.

Un hombre, con las manos cubiertas de un par de guantes ensangrentados, salió de una especie de cuarto cuya puerta era una cortina. Alfonso se quedó totalmente bloqueado, el hombre le vio y colocó en su rostro una sonrisa siniestra. Con un cuchillo oxidado en la mano, se acercó a Alfonso. Éste se suplicó y rogó para que le perdonara la vida, pero no sirvió de nada porque le clavó el cuchillo en el cuello.

El hombre empezó a reírse y, agarrándolo de la camisa, lo echó al pozo como si fuera el contenido de un cubo de basura. Entonces susurró con una gran carcajada: «un asesino menos en la calle».

Instinto asesino

La humedad se acumula en los cristales de las ventanas, mientras el bebé llora desconsoladamente. No para de berrear, sus mejillas se tiñen de un rojo intenso por el esfuerzo al mismo tiempo que observa la escena que se sucede a su alrededor sin que pueda hacer nada para remediarlo. Un intruso ha entrado en la casa, le ha hecho observar a la diminuta criatura como le clavaba un cuchillo en el estómago a su padre y ahora está arrancándole el cuero cabelludo a su madre para después hacerle lo mismo que a su padre. Entonces se acerca a él y, mientras le hace al pequeño lo mismo que a sus padres, lo reconoce. El intruso es su propio hermano.