El reloj de arena

Miró el reloj de arena observando como el tiempo se le acababa. La arena caía hacia abajo sin detenerse, sin esperar a qué Diana le alcanzara el ritmo. Hace algunos años no le importaba que le tiempo se le escurriera entre los dedos, ni siquiera se paraba a pensar en la hora que era, y había que verla ahora, temerosa de cada segundo que pasaba sin aprovecharlo.

No pudo evitar recordar los momentos en los que la fama la sonreía. ¡Cómo se arrepentía de no haber disfrutado plenamente esos momentos! Era una lástima que todo hubiera pasado y ya nadie la recodara. Ese instante en el que salía al escenario y la gente la aplaudía incluso antes de que abriera la boca, las flores, los vitoreos y la gente que venía a buscarla al camerino para abrazarla.

Las lágrimas corrían por sus mejillas ante los recuerdos que ya no podría volver a revivir y la gente que ya se había ido de su lado, como pronto también se iría ella. Dirigió la vista hacia la estantería que tenía llena de fotografías de todos los premios que había ganado, los actos benéficos que había hecho y, sin embargo, si había alguna noticia sobre ella de ahora en adelante sería sobre su muerte, a la cual tendría que enfrentarse sola sin remedio alguno.

Cayó el último grano de arena. Llegó el momento de enfrentarse a su final. Tenía que ser valiente, después de todo no podía ser tan malo si nadie volvía para quejarse, pensó con negro humor. Era lo único que le quedaba en esos momentos, el humor negro y agrio. Se tomó la tila con arsénico y poco a poco empezó a sentir que su cuerpo se relajaba y su alma la abandonaba sin sentir ningún tipo de dolor.

Había dejado este mundo sola, pero lo había hecho con la conciencia muy tranquila.

De noche en la arena

Dejé que la arena mojada besara mis pies y que el agua que dejaba las olas del mar me mojara la piel. El viento no paraba de mecer mi pelo y la luna llena iluminaba mi cuerpo, pero apenas era capaz de ver algo más allá.

Empecé a recordar la última vez que estuve en aquella playa. Los besos, las caricias, los orgasmos, los gemidos…Todo parecía tan idílico, tan bonito, no quería que ese momento se acabara nunca. Pero ese momento se acabó, y llegó el test de embarazo, un test que salió positivo y empezaron los gritos y las peleas, las discusiones y la imperiosa necesidad de echarle la culpa al otro.

Llegó el momento del parto y todo fue a peor hasta que llegó un día en el que recogió sus cosas y se marchó dejándonos a nuestra hija y a mí solos.  No me sentía preparado para afrontar sólo el momento de ser padre, pero también tenía la sensación de que no tenía que sentirme preparado, simplemente tenía que hacerlo.

En ese momento, volví a la realidad. Mi hija estaba jugando en la arena haciendo un castillo con uno de sus cubos. Sin tener una madre a su lado, se había convertido en una niña bondadosa y generosa con los demás, que se preocupaba por mí antes que por sí misma. A pesar de todo, creo que la mejor decisión que tomé fue la de enamorarme en esta playa, el lugar donde empezó todo.

Unos extraños crujidos

Observo como las olas del mar bailan un lento vals sobre la arena mojada. Sin embargo, mis pies desclazos notan la arena seca, suave y cálida, calentada por el sol de la mañana. En este momento es de noche, el azul del mar es más oscuro, y el marrón de la arena más intenso. Si tuviera el pelo más largo lo ondearía el viento, pero solo me seca los ojos y me hace pestañear con más frecuencia. No sé cómo he llegado aquí, en el lugar dónde vivo la playa está a cientos de kilómetros, ni siquiera recuerdo lo último que hice, por  más que me esfuerzo no lo consigo. A mi espalda oigo algunos crujidos, mis sentidos se intensifican y me entra un pequeño escalofrío, y sin embargo mi cuerpo se queda paralizado y por más que intento mover aunque sean mis dedos no puedo hacerlo. Vuelvo a oír los crujidos, esta vez con más intensidad, se van acercando cada vez más. Reuno la suficiente voluntad para girarme, y es en este momento cuando me arrepiento de hacerlo porque lo que veo me deja más paralizado todavía. Ante mis ojos aparece una criatura extraña: parece un humano pero empiezan a crecerle las uñas desmesuradamente, comienza a aparecerle pelo en los lugares donde hay piel, le lanza un aullido al cielo nocturno y los crujidos que había oído antes provienen de sus huesos…sus huesos se están rompiendo, todos y cada uno de ellos. Su mandíbula se alarga hasta formar un gran hocico, se coloca a cuatro patas y toma posición preparado para atacarme entonces…me despierto.

Me despierto en mi cama sentándome en ella y respirando agitadamente. Todo ha sido un sueño y lo recuerdo perfectamente, pero consigo calmarme aliviado de que todo haya sido una pesadilla, aunque horrible, solo una insignificante pesadilla. Todavía faltan un par de horas para que suene el despertador, por lo que me levanto y voy a la cocina para beber un vaso de agua fresca. Pero oigo tras de mi un gruñido y cuando me doy la vuelta un poco atemorizado veo a mi perro sentado sobre sus patas traseras y meneándo la cola enérgicamente. Aliviado, y sintiéndome un poco tonto, le acaricio la cabeza y me sigue hasta la cama.